jueves, septiembre 3 2026

El lápiz negro, por Ricardo Héctor Mazzoccone

Aquí va una pieza magistral del género negro, de Ricardo H. Mazzoccone. Un cuento estructurado en varias secuencias temporales que plantea y resuelve un intriga que había quedado abierta. El final nos envuelve en un bucle muy interesante. Un cuento excelente donde la intriga gobierna.

El lápiz negro

Fue en una mañana húmeda y pesada que lo hallaron.

Era muy temprano y el comisario llegó de muy mal humor.

—¿Quién la encontró?—Vociferó.

—Los agentes López y Calvo, señor. Anoche.

—¿Y cómo carajos hicieron para verla cuando en tantos años nunca nadie la vio? Jamás escuché sobre una moto con un carrito y un ataúd abandonado. ¡Mirá el estado en que está todo!

—Es un punto alejado, señor.

—Hoy mismo quiero saber quién está en ese ataúd y quién es o era el dueño de la moto. ¡HOY! Quiero saber si alguien vio este vehículo antes y por qué no lo denunció. Que vengan a mi oficina López y Calvo en una hora y que no se les ocurra llegar un minuto tarde.

El comisario Benítez, se retiró a toda prisa. Todos se asombraron por la reacción intempestiva del comisario. Él no era así…

 

Mil novecientos sesenta y tres.

 

Los hermanos jugaban al policía y al ladrón en el patio de su casa. Utilizaban las sábanas blancas que había lavado y tendido su madre, para esconderse.

En un momento, Jorge corrió hacia el sótano y allí se quedó detrás de unos trastos viejos.

Ricardo lo buscó pero no lo halló. Luego de un buen rato le avisó a su madre. Entre los dos comenzaron a buscarlo, gritando su nombre, recorriendo cada rincón de la propiedad. Ante los gritos se sumaron los vecinos.

Al caer la tarde, Elba llamó a su esposo, el subcomisario Ariel Benítez a la comisaría.

—Jorge desapareció, vení lo más rápido posible.

Éste dejó todo, le pidió a dos agentes que lo acompañaran y salieron a toda prisa.

Al llegar, abrazó a su angustiada esposa.

—¿Que pasó? ¿Dónde estaba la última vez que lo vieron?

—Estaba jugando con el hermano.

—¿Dónde está?

—En su cuarto, destrozado.

—Tranquila, mi amor, lo encontraremos—dijo y corrió hacia donde estaba su hijo mayor.

El pequeño apenas lo vio, lloró.

—Perdí a mi hermano, papá; estábamos jugando hasta que se escondió y no lo encontré más. Te juro que no le hice nada.

—Lo sé, lo sé y vos no lo perdiste. Lo hallaremos, te lo prometo.

El niño no podía detener su llanto.

Ariel organizó un rastrillaje por toda la zona, con policías y vecinos que se ofrecieron voluntariamente. El calor, los mosquitos, las sombras y la humedad no hacían mella en el afán por encontrar a Jorge. Al alba del siguiente día, los voluntarios, rendidos, regresaron a sus casas. Los policías continuaron…

 

Presente

 

La oficina del comisario era un horno de madera y tabaco. López y Calvo permanecían de pie, con las gorras en la mano.

—¿Qué los llevó a desviarse del camino principal a las dos de la mañana? López carraspeó y Calvo habló.

—Un reflejo, señor. Como de un espejo roto bajo la luna. Pero cuando nos acercamos, era el cromo del parachoques. De inmediato informamos.

—Pero tan lejos no es. ¿Cómo es que años estuvo sin ser vista por nadie? Es cierto lo que dicen; la mejor forma de ocultar algo es colocarlo en un lugar evidente.

Los suboficiales se quedaron en silencio.

—La vegetación la ocultó, señor—dijo tímidamente Calvo.

—Vayan, inspeccionen cada centímetro de terreno, busquen en el agua, en los árboles, algo tenemos que hallar. Más tarde enviaré a los forenses.

López y Calvo salieron de aquella oficina asfixiante.

Se ubicaron en sus escritorios por unos minutos para organizarse mientras el sonido de una máquina de escribir de fondo les taladraba el cerebro. El sudor de ambos bajo la luz de una bombilla amarillenta los obligaba a salir a la calle.

Regresaron al lugar y con cuidado se acercaron a la misma.

El olor era nauseabundo, vomitivo. La madera del féretro estaba tan podrida por la humedad y el paso del tiempo que tocarla era deshacerla. Toda clase de plagas e insectos habían anidado allí. El olor rancio y terroso de los fierros oxidados mareaba.

Muy de cerca, casi que no se podía respirar por los plásticos y gomas podridos.

Hicieron una búsqueda exhaustiva, minuciosa. Cuando estaban por rendirse, López encontró algo debajo de la alfombra casi desintegrada: era lo que quedaba de un lápiz negro. En la parte de atrás tenía tallado un nombre. Estaba muy borroso y sucio. Calvo lo tomó con sus guantes y lo guardó en la bolsa. Agudizó la vista y leyó: “Ortiz”.

 

Mil novecientos sesenta y tres.

 

Los días pasaron y de Jorge, nada. Arrestaron a varios malvivientes e indigentes que siempre merodeaban por la zona.

Después de un año, dejaron de buscarlo. “Desaparecido” fue su carátula.

La pareja quedó devastada y se divorciaron. Ricardo se quedó con su madre.

 

Presente…

 

Fue al día siguiente que Calvo le llevó la prueba al comisario. Este, al verla, se dejó caer en un sillón.

Se quedó hasta la noche sentado, recordando, sin poder moverse.

Cuando llegó a su casa, tomó la botella de whisky y se hundió en el sillón. Recordó al comisario Ortiz, utilizando siempre un lápiz negro para escribir en su libreta.

—¡ORTIZ! ¡ORTIZ! ¡ORTIZ! Y el tonto de su hijo se llamaba Damián Ortiz. ¿Fuiste vos?—gritó al aire.

Se durmió vestido, con la botella vacía en la mano para despertarse con el sol en la cara. Se dio una ducha, se cambió de ropas y se fue a la comisaría.

Pidió un café doble y se desparramó en su butaca.

Los agentes y administrativos caminaban de un lado a otro, nerviosos.

Fue López el que golpeó y entró a su oficina.

—Buen día, Benitez. Tengo el informe del forense. No hay dudas.

Ricardo le arrebató el informe de las manos.

Comenzó a llorar y llorar sin dejar de repetir el nombre de su hermano.

Le preguntó si habían detectado las huellas de su cuerpo.

—Si, Ortiz Damián.

Decidido, tomó la escopeta y salió como una tromba de la comisaría. En pocos minutos llegó a la casa del viejo comisario del pueblo que aún vivía.

—Viejo, hijo de mil putas, asesino. Salí, carajo que te voy a matar a vos y a tu hijo.

El anciano salió con una pistola en la mano.

—Calmate, Ricardo, por favor, no hace falta esto, pasaron cuarenta años ya. Hemos vivido un infierno…—pero fue interrumpido.

—¿Cómo me podés decir algo así, Ortiz? Mataste a mi hermano y mis padres se suicidaron. Quedé solo siendo adolescente. ¡Eso fue un infierno, hijo de puta!

—Ricardo, mi hijo no quiso matarlo, sabés que tiene un retraso mental. Estaba en tu sótano, Jorge al verlo se asustó y el mío lo trató de calmar asiéndolo del cuello. Era muy fuerte y lo apretó demasiado tiempo. Yo no podía permitir que fuera preso o a un psiquiátrico de por vida.

—¡Pero que lástima me da, Ortiz!…Pero matar a alguien si lo podías permitir, mierda. Sos la deshonra, la basura más grande que conocí en mi vida. Tu hijo mató a mi hermano y callaste, lo ocultaste. Mirá, Ortiz, tal Dios te perdone, yo no—dijo ciego de ira.

Le vació el cargador de la pistola en su frágil cuerpo.

Se acercó a su cuerpo y le arrojó el informe. Allí se quedó un rato, pensando.

Vacilante caminó hacia el lugar donde el sol se esconde cada tarde.

Nunca más lo vieron.

 

Rich/26

 

 


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