En un atardecer solitario, ellos estaban sentados en la cama del blanco dormitorio, frente a la ventana que da al cielo.
Un rato antes, el cuerpo de Flor, paraíso perdido, fue adorado por Raúl, sutil labriego en el arte del
amor.
─Florencia, quiero que esta noche sea inolvidable. Es nuestro trigésimo aniversario de bodas. Una vida juntos. ¡Quien lo hubiera dicho! ¿No? Nuestros padres no apostaban un centavo por nosotros.
─Es verdad, papá te odiaba. ¡Te llevabas a su nena! Por suerte con el tiempo te aceptó, pero le costó—bromeó y lanzó una carcajada.
─Lo sé, Flor, pero ¿Sabés qué? No cambio un segundo de estos treinta años por nada del mundo.
Me hiciste feliz, me hiciste un hombre de bien, me hiciste padre de dos genios como Ale y Tomás.
Trabajé mucho pero siempre lo hice por nosotros. Recuerdo que lloraba cuando los chicos eran
pequeños y no les podía comprar el juguete que querían. Ahora son mayores, profesionales, están en pareja y son felices. ¿Qué más podemos pedir mi amor?
─ admitió con un nudo en la garganta.
─Que lo que nos queda de vida sea mucho y podamos disfrutar cada momento— respondió una Florencia emocionada.
Los esposos se besaron largamente.
─Bueno, dale, ponete más linda de lo que sos, que tengo reservación en un restaurante elegante de
la Recoleta. Después iremos a un bar de Puerto Madero a tomar algo y ¿Por qué no?, podemos ir a bailar.
─ ¡Ay, no Raúl, estamos viejos para esas cosas!
─No seas tonta, Flor, estás preciosa, cada día más.
─No exageres por favor, tengo sesenta y un años, no soy una adolescente.
─Sos más linda que una chica de veinte. Dale, ponete lo mejor que tengas. Yo voy con camisa y saco. Y te prometo que cambio las zapatillas por los zapatos.
Rieron y comenzaron a prepararse para la cita.
Mientras se bañaba, Flor recordaba cada instante de su vida con Raúl. La primera vez que lo vio en
la facultad, como la invitó a salir, el primer beso, la primera vez en el amor, el casamiento, su cara
al ver a sus hijos saliendo de su vientre. Su tristeza cada vez que recordaba su infancia. Su alegría cuando jugaba con los niños.
─ ¡Por Dios, como amo a ese hombre! ─ repitió en voz baja, bajo la ducha.
Raúl, mientras tanto, pensaba en lo afortunado que había sido. Jamás pensó que Florencia le diría que sí. Era la más linda de la facultad. Con el tiempo descubrió que su alma era una piedra preciosa, una mujer única.
─Esta noche debe ser mágica. Quiero que se sienta la mujer más feliz del mundo.
Luego de un rato, estaban listos.
A Flor, el vestido negro ajustado le calzaba como un guante. Lucía glamorosa con la cabellera
entrecana, suelta y los labios con un rojo furioso que desafiaba al tiempo.Raúl se había puesto zapatos. Flor rio y valoró el esfuerzo pues sabía del odio que les tenía. Los perfumes embelesaban a las aves escondidas en los árboles y llegaban hasta la luna que mostraba su lado más romántico.
Enamorados, se miraron y no dejaron de hacerlo por un tiempo indecible. Luego ella le tomó el brazo y salieron. La noche era espléndida. La temperatura era primaveral, la brisa era suave y las estrellas se reflejaban en los charcos de agua. Subieron al auto y partieron, escuchando canciones de Piazzolla.
Era como si un pedazo de cielo hubiera bajado para quedarse dentro del vehículo que avanzaba
atravesando el tiempo, en un viaje sin fin.
Al llegar, dejaron que el valet parking se encargara del coche y entraron al cálido y lujoso restaurante.La música suave, los aromas perfectos, la elegancia, la armonía le daban el marco ideal al amor de Florencia y Raúl. Una exquisita comida, un vino especial y un angelical postre, elevaron el espíritu de ambos hasta las nubes. Rieron, conversaron, se miraron, se besaron, se emocionaron.
Al salir del lugar, caminaron bajo el hechizo de la luna, tomados de la mano.
Todo era perfecto. El amor caminaba junto a ellos, los abrazaba, los acariciaba, los envolvía en
nubes. La noche dejaba caer gotas de miel. Les trajeron el auto, partieron hacia el bar y al llegar estacionaron sobre una de las calles que da al río. Allí, con las estrellas reflejándose en la oscura y serena superficie, se regalaron las más preciosas perlas de amor, eternas, antiguas, arcaicas: palabras, secretos, poesía de amor y eternidades. Sintieron que eran la primera mujer y el primer hombre sobre la tierra, únicos. Al rato entraron a un bar, se acercaron a la barra y pidieron whisky. Se veían jóvenes otra vez.
De pronto, un joven se acercó a Florencia y le dijo a Raúl:
—¿Me permite bailar un ratito con ella?
—A mí no me preguntes, el “si” lo tiene Flor─ respondió cómplice.
—¡No, no, muchas gracias, pero no! ─ dijo la mujer y miró a Raúl.
Este la miró, le guiñó el ojo y rio con ganas.
─Bueno, una canción sola— pidió algo tímida.
Le dio un beso en la boca a su esposo y fue a la pista de baile, con aquel osado joven. Unos minutos más tarde, Flor estaba tirada encima de Raúl, eufórica y tentada de la risa. En un momento salieron a la terraza buscando algo de paz para sus oídos y a fumar un cigarrillo, con sus vasos de whisky en la mano. Se quedaron mirando el río.
—¿Es verdad esto? A veces tengo miedo que sea un sueño. Es tan perfecto…Te amo tanto Raúl que
me aterra pensar que estoy soñando y que me voy a despertar.
—Mi amor, esto es real, está sucediendo. Las puertas del cielo se abrieron para nosotros. Algo bueno habremos hecho. Todo nuestro recorrido juntos me enseñó que puedo vivir en una casa humilde, puedo no tener auto ni irme de vacaciones, no tener plata para comer todos los días, pero lo que NO puedo es vivir sin vos a mi lado.
Florencia, con lágrimas en los ojos, lo besó y no dejó de hacerlo…
—Mamá, mamá, te quedaste dormida. ¿Estás bien?
Florencia reaccionó con lentitud.
—Estaba con tu padre, ¿Dónde está, adonde se fue? ─preguntó balbuceando.
Los hermanos se miraron.
Fue Ale que dijo susurrando.
─Esto es por los sedantes que le dio el médico─ Tomás asintió con la mirada.
─Mamá, ya llegamos a la costa. Vamos a cumplir con su último deseo. Ponete bien por favor.
Florencia de pronto recordó todo y supo donde estaba Raúl y que hacía en su pueblo natal. Fue entonces que se salió del auto con la pequeña vasija en sus manos. Madre e hijos caminaron por la playa hasta el espigón más largo de la playa. Mientras lo hacían, el alma de Florencia se inundaba con la canción de Piazzolla, Adiós Nonino. Era la preferida de su amado esposo. A medida que se acercaban al mar, la alegría comenzaba a inundar aquellos tres corazones malheridos.
Florencia recordó aquella noche, la de su trigésimo aniversario y dijo:
─No puedo despedirme, no quiero despedirme con lágrimas. Me hizo tan, pero tan feliz en esta vida que solo puedo reír con ganas, al recordarlo. No merece ser recordado con tristeza ─ dijo riendo y llorando al mismo tiempo.
Luego de un rato de vientos y serenidad, dijo.
─Y ahora sí, suelto estas cenizas para que se dispersen en el mar. Dejo una rosa blanca para que no me olvides. Sé que serás feliz acá pues no amabas otro lugar que no fuera este. Solo te pido que no te vayas lejos porque quiero encontrarte, apenas llegue mi momento. Los chicos ya saben lo que deben hacer. Aquí mismo me dejarán, para estar con vos. Hasta luego amor…
Las cenizas volaron sobre las olas para perderse en la lejanía del tiempo.
Raúl regresaba a su primer hogar…
Florencia no lloró pues su alma se llenó con la libertad de su esposo…
@Richard
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