¿Alguna vez te ha pasado que sabes que una conversación no va a salir bien desde el minuto tres? A mí me pasó. El tema de la conversación era laboral. Me había estado preparando para esa reunión durante semanas. Ya saben datos, hechos, estadísticas y un speech convincente o al menos eso creía, pero al entrar a esa oficina supe que nada saldría según lo previsto. Bastaron unos segundos para saber que esa conversación sería muy difícil.
Sin embargo, tomé la decisión de tenerla porque —si soy completamente sincera— desde ese minuto tres, pude haber decidido salir de esa oficina, pero decidí quedarme. Quería tener una oportunidad y darle una oportunidad a la otra persona.
Quizá se pregunten, ¿cómo es que desde el tercer minuto lo supe? Lo primero fue que la persona se comportó como si no supiera el motivo de mi visita. Previamente, me había asegurado de que por lo menos unas cuatro personas lo tuvieran bien informado del para qué había solicitado esa reunión. De esas cuatro personas sólo una era la vía oficial. Las otras tres —si bien no tenían que decirle— estoy segura de que lo hicieron, porque bien es sabido que, en lo laboral, si quieres que te guarde alguien un secreto, no le digas nada.
En realidad, no quería que mi visita tomara desprevenido a mi jefe. Quería que tuviera tiempo de pensar lo que respondería, de encontrar otras alternativas si su respuesta era negativa y —quizá un poco en mi ingenuidad— también quería estar abierta a que me propusiera cosas que no había pensado, distintas a mi objetivo original. Nada de esto pasó sólo fingió que desconocía las razones por las que estaba ahí.
La segunda, actitud que me hizo comprender que esa plática no llegaría a buen puerto, fue que realmente era un monólogo. Nunca hubo realmente una conversación. Jamás hubo apertura para la comprensión, al contrario, no escuchaba lo que decía. Se limitaba a exponer sus puntos de vista, pero no había ni una pizca de intención de comprender mi punto de vista.
La conversación subió un poco de tono. Cada uno de mis argumentos los descalificaba, ya sea con insultos hacia mi persona o con minusvaloración de mi trabajo. La verdad estaba siendo tan desagradable que deje de escucharlo y sólo quería salir corriendo. Quería llorar, pero no pensaba darle el gusto de hacerlo en su presencia.
Poco antes de salir por la puerta —cuando estábamos ya parados para despedirnos— me dijo un par de cosas. Me ofreció una solución muy alejada de lo que pretendía —pienso que para curarse en salud— y me dijo que no era necesario que le contara nuestra conversación a la vía oficial, por la que pedí la reunión —tal vez para no perder su imagen ante nadie—.
Nunca me habían tratado así. Todo era surrealista. Pero después, pensé las cosas en frío. Quizá lo que quería era probar mi lealtad. Se me hacía tan irracional la forma en que me trató, que busqué alguna otra posibilidad que le diera sentido a la experiencia que acababa de tener. Aunque las cosas eran transparentes como el agua, la realidad es que no quise ver lo que realmente había pasado. Pasaron tres meses antes de que aceptara la realidad.
Lo que realmente esta conversación me dejó —más allá del mal momento— fue una claridad incómoda: no todas las conversaciones son diálogos, aunque aparenten serlo. Con el tiempo he ido entendiendo que hay señales muy claras —casi evidentes— de que el diálogo no está ocurriendo, aunque en ese momento uno se resista a aceptarlo.
La primera señal es la simulación. Cuando alguien finge no saber de qué estás hablando, no está desinformado: está evitando posicionarse. Es una forma elegante —o no tanto— de ganar tiempo, de descolocar al otro, de quitarle piso a la conversación desde el inicio. Ahí no hay apertura, hay estrategia.
La segunda es el monólogo disfrazado de intercambio. Hablar por turnos no es dialogar. Puedes estar frente a alguien durante una hora y no haber tenido una sola conversación real. Cuando la otra persona no responde a lo que dices, sino que repite lo que ya pensaba antes de escucharte, el diálogo dejó de existir. Sólo hay exposición unilateral.
La tercera —quizá la más evidente y la más incómoda—es la descalificación. Cuando los argumentos se responden con ataques personales, cuando tu trabajo o tu intención son minimizados, la conversación cambia de nivel. Ya no se trata de entender, sino de imponerse. Y en ese terreno, el diálogo no sólo es difícil: es imposible.
La cuarta es el cierre anticipado. Cuando la otra persona ya decidió el resultado desde antes de escucharte, todo lo demás es un simple trámite. Tus datos, tu preparación, tu esfuerzo… todo se vuelve irrelevante. No porque no tenga valor, sino porque no hay disposición de considerarlos.
La quinta —quizá la señal más silenciosa de todas— dejar de escuchar. No porque no quieras, sino porque algo en el ambiente te lo impide. Cuando te sientes atacada, invalidada o simplemente ignorada, el cuerpo se protege. Y en ese momento, aunque sigas ahí físicamente, la conversación ya terminó. Porque cuando quien quiere dialogar deja de querer hacerlo, es que todo está perdido.
Reconocer estas señales no siempre sirve para cambiar el rumbo de la conversación. Esa es, quizá la parte más difícil de aceptar. Porque nos enseñaron que, si nos explicamos mejor, si somos más claras, si llevamos más argumentos, entonces el otro eventualmente entenderá. Pero no. El diálogo no depende solo de una persona. Y cuando de un lado no hay disposición, no hay nada que lo haga posible.
Entonces la pregunta deja de ser: ¿Cómo le hago para que me entienda? Y se convierte en: ¿Qué hago cuando entiendo que aquí no hay diálogo posible?
A veces la respuesta es quedarse. Quedarse no por ingenuidad, sino por determinación. Porque hay temas que valen la pena intentar hasta sus últimas consecuencias. Otras veces porque la relación lo merece, unas más porque hay una mínima rendija de apertura.
Pero otras —aunque cueste decirlo y decidirse— la respuesta es irse. No por el fracaso, sino como un acto de dignidad. Porque quedarse en una conversación donde eres descalificada, reducida y no eres escuchada, no es valentía: es desgaste. Irse es también una forma de comunicar. Es decir: esto no es un diálogo y no voy a fingir que lo es.
Durante mucho tiempo pensé que esa conversación había sido un fracaso. Hoy lo veo distinto. No puede fracasar algo que nunca se dio. Simplemente estaba en un espacio donde el diálogo nunca estuvo sobre la mesa. Y entender eso —aunque llegó muy tarde— fue el verdadero aprendizaje.
Ciudad de México, 27 de abril de 2026.
- Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
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