En esta novela desarrollo una trama social, policial y de amor en la España de los años cincuenta. Las complejidades del entramado en que algunos personajes se ven envueltos se lleva por delante las vidas de algunos de ellos. También hay espacios de esperanza y futuro. Feliciano F. González
La cacería
El cementerio no cierra nunca la cancela de acceso. Parece una enorme barriga hambrienta esperando
su constante alimento. Casi anochecía cuando el furgón con los dos guardias aparcó al borde mismo
de la cancela. Ese paraje es solitario, como olvidado, son escasas las visitas, la gente prefiere no
merodear por allí para evitar malentendidos que puedan comprometerlos. Una vez concluido el
entierro, lo prudente es no visitar a los propios muertos si no es en el día de Todos los Santos,
festividad donde las emociones pueden pasar más desapercibidas y la intensa afluencia de huérfanos,
viudas, viudos y otros familiares disipa la identificación del duelo y la sospecha de que se pudiera tratar
de una conspiración. Envueltos en unas mantas, han aupado los cuerpos a un carromato manual que
los enterradores utilizan para ese tipo de traslados. Es un artilugio de madera gastada, de bordes ya
redondeados por el uso, teñida de un color pardo oscuro humedecido, en que la sangre es barniz y
agente purificador a su vez. Dos grandes mangos dirigen las ruedas de caucho macizas, marcando giros
milagrosos entres los bordes de las tumbas. El estrecho camino hacia la fosa común es la avenida más
amplia del recinto, la más transitada. Se cubrieron el rostro con unos pañuelos, dejando al aire solo
los ojos, es esa una tarea rápida pero que no puede hacerse a ciegas. Retiraron dos de la serie de
tablones extendidos en un espacio separado del cementerio y, por el hueco abierto de dos metros de
profundidad, dejaron precipitarse los tres cadáveres, tal cual iban ataviados, reteniendo solamente
un revólver que se cayó de la cintura de unos de ellos al voltearlo. El enterrador era el encargado de
arrojar unas cuantas paladas de cal viva en la fosa y volver a colocar los tablones en su posición.
-Con Dios -dice sin mirarlo de frente.
Los dos guardias se despidieron y el enterrador no contestó.
-Joder, qué día llevamos.
-Hacía días que no veníamos por aquí, ya me había hecho ilusiones de que no volveríamos.
-Y lo que nos queda por delante. Al menos sólo atendemos lo que viene de nuestro mando, que no
hace mucho parecíamos la puta de cualquier matarife, y para eso están los empleados del cementerio,
¡cojones!
-Para mí que la cosa está más tranquila, ya no deben quedar maquis descarriados por ahí y, si te dicen
que los hay mienten, que no pocas veces hacen pasar a cualquier paisano por maqui para llevárselo
por delante con todas las de la ley.
-La gente está enferma de envidia y de rencor.
-Y que lo digas. Pero no sólo son maquis los que dan tarea. Lo verdugos cobran por hacer su tarea y,
cuanto más, mejor para ellos. Pero el resultado es que somos nosotros quienes no pocas veces
hacemos de mulilleros.
-Déjalo ya, que me estoy agarrando un cabreo de órdago.
-Pues a otra cosa. ¿Echamos un pitillo?
-Va, pero fuera de este lugar, me puede envenenar abrir más los pulmones aquí dentro.
-Tarde o temprano nos traerán por aquí.
Los dos se encaminan al humilde patio central, donde dos cipreses viejos acogen un recinto de nichos con lápidas.
-Es respirar este aire espeso lo que puede conmigo. ¡Menuda calada le has dado al pitillo!
-Había gana, y no hay otro bálsamo mejor.
-Tanto tabaco nos acabará quemando por dentro.
-Pues hágase.
-Amén, compañero.
El motor del furgón, familiar en el vecindario, se ha alejado lentamente, sin que nadie curioseara por
la ventana, permitiendo que un bello anochecer abrigue la paz del pueblo y sus gentes.
(Capítulo 18, extracto. Herejes sin Pecado, Aliar Ediciones. Fotografía de Aliar Ediciones)
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