Herejes sin pecado: crónica de la exclusión y la lucha de clases
Corrían los años cincuenta en España mientras el franquismo estaba asentado fuertemente. Era un tiempo de fuertes contrastes: mientras la propaganda vendía la imagen de una nación en recuperación, las desigualdades sociales se clavaban en la carne de los más débiles. Es en este contexto que Feliciano F. González nos entrega Herejes sin pecado, una novela que no solo cuenta la historia de una familia expulsada de su hogar, sino que también nos enfrenta al eterno conflicto entre privilegio y miseria.
Al leer esta obra, resulta inevitable pensar en los grandes narradores que han diseccionado la realidad social a través de la literatura. Benito Pérez Galdós, en su ciclo de novelas contemporáneas, ya había mostrado cómo la estructura de clases definía la vida de los españoles del siglo XIX. Su «Misericordia», en particular, retrata con una crudeza descarnada la supervivencia en los márgenes de la sociedad, un tono que resuena en la historia de los Pasianos en Herejes sin pecado.
Más cerca de la época que retrata González, la obra de Camilo José Cela, con su obra «La colmena» (1951), dibujó una España asfixiante, donde la vida de los pobres se consumía en el anonimato mientras los poderosos tejían su red de impunidad. González adopta una estrategia similar, con un estilo coral que refleja la colmena social en la que ricos y pobres coexisten, separados por un abismo que parece infranqueable.
Pero Herejes sin pecado no se limita a denunciar. Como hiciera Juan Goytisolo en «Señas de identidad», la novela también pone en cuestión la estabilidad del orden establecido. La expulsión de los Pasianos no es solo una injusticia concreta, sino el símbolo de un sistema que se niega a aceptar a quienes no encajan en su estructura.
Al igual que en «Los Santos Inocentes» de Miguel Delibes, los «Herejes» son aquellos que desafían las normas, aquellos cuyo pecado es ser pobre. La novela nos muestra esa sociedad que no acepta nada más que como amenaza al humilde, denigrándole, restándole su dignidad.
Feliciano González ha construido una obra que no solo nos transporta a una época de profundas injusticias, sino que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto esas heridas han cicatrizado en la actualidad. Como ocurre con toda gran literatura social, Herejes sin pecado no es solo una novela del pasado, sino un espejo que nos interpela desde el presente.
Autoras y autores con formación jurídica, como Franz Kafka o Harper Lee, han utilizado su conocimiento del derecho para construir ficciones en las que la burocracia, la exclusión y la lucha por la justicia son centrales. González, al situar su historia en un contexto de marginalización y abuso de poder, podría estar haciendo algo similar: no solo narrando una historia, sino también revelando los mecanismos sociales que perpetúan la desigualdad.
Es la frase que encabeza el texto de Anatole France en «La isla de los pingüinos» y encapsula la ironía de un sistema legal que se presenta como imparcial, pero que en la práctica castiga más duramente a los desposeídos. En el caso de Herejes sin pecado, la expulsión de la familia Pasiano no es solo una cuestión de injusticia social, sino también una muestra de cómo las normas y las estructuras de poder pueden disfrazar la marginación de legalidad.
Herejes sin pecado es más que una novela histórica; es un reflejo del presente porque aborda conflictos humanos universales que siguen vigentes. ¿Cómo lo hace? Cuestiona el fanatismo y la intolerancia: La historia de los herejes resuena en una sociedad donde aún se persigue, cancela o margina a quienes piensan diferente. Esos dilemas que siempre quedan entre la autoridad y la moral, esa lucha por la identidad personal dentro de la opresión, algo que siempre debe ser importante, defender nuestras convicciones es una reflexión importante al leer esta novela. Es siempre cuestionable la versión de los hechos y nos surge de nuevo esa pregunta ¿Realmente hemos cambiado?
En el presente, sigue ocurriendo, que quienes piensan diferente suelen ser tachados de herejes, rebeldes o subversivos, aunque con el tiempo muchas de sus ideas terminan transformando el mundo.
En Herejes sin pecado, el miedo se refleja en varias formas que van más allá del temor físico inmediato que se refleja en los personajes y en la propia trama. Es a veces, también en la realidad, una fuerza que anima a luchar, a sobrevivir.
Terminas la lectura de esta novela, con inquietud y quedando una reflexión intensa como ejercicio casi obligatorio.
Terminaría esta reseña con una cita del libro «El hombre rebelde» del escritor Albert Camus «El esclavo comienza por exigir justicia y termina por querer reinar.» Esta frase resuena con Herejes sin pecado porque sugiere que la lucha contra la injusticia no se detiene en la mera resistencia: puede transformarse en una búsqueda de cambio radical.
¿Hasta dónde están dispuestos a llegar los marginados cuando la sociedad los expulsa?
¿Se conformarán con la resignación o encontrarán la manera de devolver el golpe?
Biografía:

San Lorenzo del Escorial, 1963, doctor en Derecho, ha dedicado su profesión a los recursos humanos
en empresas en España, Reino Unido y Suiza, donde reside en la actualidad. Es autor de las novelas
El Motín (2021) y Herejes sin Pecado (2024), y del libro de poemas Clamor de Cristales Rotos (2023).
Ha recibido el primer premio de poesía y tercero de relatos del Certamen Miguel Hernández de Leganés 2024. Ha sido seleccionado en la antología del certamen Relatos48 2024 de la Editorial Exlibris. Ha publicado poemas y relatos en revistas literarias (Amalgama de Letras, Piel de Letras) y en redes sociales. Es miembro del grupo Poético Poetas en El Retiro, del colectivo literario Piel de Letras, y participado en las antologías poéticas Cita Poética en el Retiro (Madrid, 2024) y Poetas por el Diálogo (Córdoba, 2024).
Editorial: Aliar 2015 ediciones, S.L.
I S B N: 978-8410155220
Puntos de venta:
@María José Luque Fernández
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