Toño el cazador (El pan nuestro de cada día) by Domingo Alberto Martínez

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El pan nuestro de cada día ha sido editado por la editorial Prames, una obra compuesta por seis relatos de carácter rural, todos ellos premiados en diferentes certámenes, junto con dos textos narrativos a modo de prólogo y epílogo respectivamente. Pertenecen al autor Domingo Alberto Martínez, colaborador de Masticadores, hoy y mañana publicaremos dos relatos de este libro que nos ha enviado el autor.

Puedes comprar la obra en https://libreriaprames.com/narrativa/3380-el-pan-nuestro-de-cada-dia.html

Cruzamos el río y entramos en el pueblo. Viernes, 4 de octubre. Tiempo de Sanmigalada, cuando se sorteaban los lotes de tierra y rastrojo de los montes comunales y los rebaños buscaban refugio en los valles. Con los primeros fríos, los campos parecen querer protegerse, envolverse hasta las orejas en una almazuela de hojas doradas y rojas, amodorrarse como un gato casero al calor de la estufa. Basket, el grifón de tres años, coge los aires y se revuelve en la parte trasera del todoterreno. Va a ser su primera temporada al frente del equipo y lo sabe. Aunque todo vaya bien, voy a echar en falta a la Dina, después de tantos años. El chico ha visto los almendros por la ventanilla y enseguida las primeras casas, y también él se impacienta: que sí, que ya estamos llegando…

El pueblo se nota vacío. No han vuelto todavía los hijos y los nietos de quienes se fueron a las grandes ciudades, cerrando con llave unas casas en las que sus antepasados echaron raíces, crecieron y dieron sus frutos, hasta que con el tiempo empezaron a encorvarse y también ellos se marchitaron, así una generación tras otra, llevando unos apellidos que ahora nosotros paseamos por el asfalto con total indiferencia, quién sabe si porque las ciudades están llenas de Franciscos y Barreras y los nombres en sí no nos dicen nada, solo los vemos en las facturas y las listas de espera, revueltos con otros cien o mil o cien mil nombres iguales, mientras que en el pueblo a Francisco Barrera todos le ponían cara y circunstancias, ya fuera Paquito a secas, el bueno de Franchico o el tío Pacón, que gloria haya, de casa Luesia, el abuelo de la siña Pacomia, la de los Bardaleros, por mal nombre los Malcalzaos, la que casi se ahoga en el brazal de la Rasa; y quien dice el brazal de la Rasa dice el gallipuente de la Molinera o la mejana del Cantarranas, rincones estos que, por más que uno los busque con lupa en Google Maps, solo conocen las gentes del pueblo.

Una señora con gafas de buzo y delantal recuerdo de Albacete se asoma a la puerta cuando pasamos. Abre el hueco suficiente en la cortina para echar un vistazo, esas cortinas de canutillos que, a poca brisa que corra, suenan con una cadencia que invita a la siesta, y que por la noche no dejan que el hielo toque la entrada, ayudando a mantener la casa caliente. Ahora son todas de plástico y colorines, pero cuando yo era pequeño aún recuerdo alguna de sarmientos de vid e incluso con paisajes pintados. La señora con gafulas a lo Jacques Cousteau y delantal recuerdo de Albacete otea el horizonte como el último vigía de una atalaya abandonada, lo mismo que hacemos nosotros con los estados de WhatsApp o las historias de Facebook. Nada nuevo bajo el sol, que diría aquel. Puede que esté esperando a sus hijos o al tropel de sus nietos, o simplemente lo haga por curiosidad. En el pueblo las novedades (descontando la furgoneta de la panadera y el camión de los congelados) pasan de higos a brevas.

Saludo con la mano y giro hacia los lavaderos, mientras canturreo entre dientes aquella canción de mis años mozos:

«Yo no conozco a tu mare ni a tu pare, pero a tu tío sí,

seguro que es familia mía. —Y me preguntaba otra vez—:

¿Y tú de quién eres?».

Aparco en oblicuo frente a la puerta, sin esmerarme demasiado, de tal forma que, como venga otro coche y quiera girar hacia el centro de interpretación, va a tener que tocar el claxon, lo cual nos dará la oportunidad de salir a saludarnos y preguntar por parientes más o menos allegados y amigos. Y luego ya, si acaso, lo dejamos pasar sin otro peaje que una última broma y un bis de carcajadas, de esas que abundan menos en las ciudades, donde los semáforos no son tan amables, ni los guardias municipales ni los conductores de los autobuses, y hasta los jubilados muerden.

Basket corre en círculos alrededor del chico y ladra. Yo me dirijo hacia la cocina a través del corral. En las vigas de la cuadra siguen los nidos de barro tal y como los dejamos. Hay alguno nuevo, de esta primavera, pero la mayoría son de la pasada o la otra. De las que no queda ni rastro es de las golondrinas. El frío las habrá empujado hacia otras latitudes, como el aislamiento y la falta de expectativas empujaron a los jóvenes del pueblo al apeadero de Renfe o los autocares de la redolada, hace sesenta o setenta años. Otras especies han ocupado su espacio. Los gorriones, por ejemplo, se han empadronado en las tejas quemadas por el sol, hinchadas de musgo, que a buen seguro lleven más cien años ahí plantadas, montando guardia en el tejado. También el petirrojo que da saltitos de un tronco a otro, con el aplomo del que ha hecho de la pila de leña su hogar. Me recibe con un chip-chip metálico y seco, que suena a desafío, como el que abre la puerta a un vendedor de seguros y le suelta: ¿y tú quién eres y qué narices quieres? La mancha royisca del babero le temblequea al piar.

Mientras tanto, el chico se ha puesto la gorra de cazador con orejeras y ha cogido la Motoretta amarilla que fue regalo de comunión de su madre, y que hasta finales de agosto le venía grande; con el reclamo para tordos sopla como una locomotora, haciéndole los coros al perro. Tendré que darle un repaso a la bicicleta, rascar el óxido y quitar el polvo y las telarañas del cuadro, engrasar la cadena, porque como el pobre se me descalabre, al siguiente que se carga su madre es a mí. De momento lo dejo a su aire, tiempo habrá para organizarnos y encender la chimenea, más entretenida que la tele, dónde va a parar. Entonces me sentaré al chico en las rodillas y le explicaré: primero la leña fina y seca, así, floja, con las hojas de periódico para que prenda bien y el tiro abierto; a continuación, la leña más gruesa. Cuida los dedos, no te des un quemazo. Empezamos con el chopo, que vaya ardiendo, y por la noche esa carrasca que tanto nos hizo sudar para sacarla del barranco, traerla a casa y cortarla a medida, y que últimamente se ha convertido en el cortijo del petirrojo. Espero que no le moleste perder una parte de sus posesiones.

Pero eso, mejor luego. En el pueblo, las prisas se quedan en el taquillón de la entrada, con el reloj y las llaves. Las horas se alargan. A uno le da tiempo hasta para sentarse en el poyo del corral y echar una ojeada a los cuentos de Alberto, que cualquier día de estos se deja caer por aquí. Por el bar, seguro, el muy cuco. Menudo pájaro está hecho.

Respiro hondo. La mañana tiene una claridad cristalina. El sol en la cara, el libro abierto en el regazo. La caricia estimulante del frío, que te arranca la mugre de los pulmones como un sacacorchos. «Ya está aquí el otoño», sonrío.

Nota: Imagen Domingo Alberto Martínez con su nueva obra ‘El pan nuestro de cada día’, publicada por la editorial Prames

 


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