miércoles, mayo 27 2026

Gárgolas por Vanesa Zamora Acosta

—Hay veces que me quedo mirando a esas personas y me imagino siendo uno de ellos —le dice Peter a Ralph, con la barbilla apoyada en la piedra fría.

—¡Ay no, calla! No sabes lo que dices, Peter.

Esa gente está loca, muy mal de la cabeza. Yo ni por todo el mármol del mundo me cambiaba por ellos. Solo buscan poder y más poder, sin importar nada ni nadie que se les cruce por su camino. Serían capaces hasta de sacrificar a su propia madre. Se matan entre ellos, sin importar cuántos inocentes caen: niños, abuelos, animales…–le contesta su amigo Ralph.

Peter y Ralph son dos gárgolas francesas que llevan siglos encaramadas en lo alto de una catedral, viendo pasar la historia como quien ve llover: sin poder mojarse, pero calándose por dentro. Han visto guerras, celebraciones, promesas rotas y abrazos que duraban menos que un suspiro.

—Ya… —murmura Pete—, pero también he visto a algunos parar a ayudar, compartir lo poco que tienen, abrazarse como si el mundo no estuviera ardiendo.

Ralph resopla, haciendo temblar el musgo que le crece en el hombro.

—Excepciones. Chispas en medio de un incendio.

Abajo, la plaza bulle. Pantallas que brillan más que las estrellas, gente que corre sin saber muy bien hacia dónde, voces que opinan de todo sin escuchar nada. Un ruido constante, como si el silencio diera miedo.

—A veces pienso —insiste Pete— que no están locos… solo están perdidos. Como cuando nosotros despertamos por primera vez y no entendíamos por qué estábamos hechas de piedra.

Ralph no responde. Se queda mirando la ciudad, pensativa. Poco a poco, la noche cae. Las luces se encienden, las calles se vacían, y el ruido se apaga. Entonces, como cada noche, algo cambia.

Las alas de piedra se aflojan. Los dedos se mueven. El cuello cruje.

—Venga —dice Ralph, estirándose—, que llegamos tarde.

Bajan de la catedral y vuelan bajo, sin hacer ruido, hasta una vieja cantera de mármol a las afueras. Allí ya hay más gárgolas: familias enteras reunidas, hablando, riendo, como cualquier otra. Han preparado una gran mesa con bloques de piedra. Mármol blanco surcado de vetas oscuras, gris como cielos encapotados, rojizo como si alguna vez hubiera ardido.

Fragmentos traídos de muchos lugares, algunos antiguos, otros más recientes… todos con algo que contar, aunque nadie lo diga en voz alta. Pete se sienta junto a los suyos y arranca un pequeño trozo. Lo observa un instante antes de llevárselo a la boca.

—Este sabe distinto —murmura.

Ralph asiente despacio.

—Cada piedra guarda lo que ha visto.

Por un momento, ninguna de las dos habla. A su alrededor, las demás gárgolas comen en silencio o conversan en voz baja. No hay risas estruendosas esa noche, solo una calma extraña, como si incluso la piedra recordara demasiado.

—Arriba todo parece lejano —dice Peter al cabo—. Pero no lo es, ¿verdad?

Ralph niega suavemente.

—Nunca lo ha sido.

P baja la mirada hacia el mármol entre sus manos, siguiendo con el dedo una veta oscura.

—A veces pienso que los humanos rompen el mundo… y luego intentan reconstruirlo con las mismas grietas.

Ralph la mira, sin dureza esta vez.

—Y aun así… algunos siguen intentando que no se derrumbe del todo.

Pete esboza una leve sonrisa.

—Puede que estén perdidos…

—Pero no todos quieren perderse —termina Ralph.

Y mientras la ciudad duerme sin enterarse de nada, ellas mastican piedra cargada de memoria, de lugares lejanos que ya no lo parecen tanto.

Al amanecer, regresan a su sitio, inmóviles otra vez. Pero ya no miran a los humanos con envidia…
sino con una mezcla de curiosidad… y una tristeza tranquila.

@Vanessa Zamora.

@Imagen Pinterest


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