Es muy fácil encontrar mujeres entre los treinta y los cuarenta años agotadas. Agotadas de verdad, agotadas constantemente, aunque no lo digan, aunque lo disimulen, aunque lleven el último modelito, entren en la perfumería, vayan bien peinadas, huelan bien, sonrían, sean amables, estén presentables, parezcan contentas y ejerzan, como se espera de ellas, de buenas madres, buenas cuidadoras, buenas trabajadoras y buenas compañeras.
Por fuera, muchas veces todo parece estar en orden. Por dentro, sin embargo, muchas llevan años sometidas a una doble jornada laboral. Una jornada retribuida, trabajando por cuenta propia o por cuenta ajena, en eso que socialmente reconocemos como “un trabajo”, y otra jornada no retribuida, silenciosa, doméstica, asumida casi por costumbre, que corresponde al hogar, a la crianza, a la intendencia familiar, a los cuidados y a toda esa maquinaria invisible que hace que una casa funcione.
Los datos también son importantes, porque no estamos hablando solo de impresiones personales ni de quejas dichas al aire. Los datos muestran que la corresponsabilidad, aunque ha avanzado, todavía no acaba de cumplirse. Nosotras, sí, nosotras, seguimos dedicando muchas más horas al trabajo de casa y al cuidado de la familia que nuestras parejas, incluso cuando también tenemos jornadas laborales largas, empleos exigentes o responsabilidades importantes fuera del hogar.
No hablo de que seamos más débiles. No va de eso. Hablo de que se nos pide muchísimo, de que se nos exige por todas partes, de que se espera que podamos con todo a la vez.
Se nos dijo que trabajar fuera de casa era una gran conquista. Y lo era, claro que lo era. Nos dio independencia económica, libertad, presencia pública, autonomía y posibilidades que antes muchas mujeres no tuvieron. Pero hay una cuestión que no hemos terminado de resolver: salimos de casa, sí, pero volvemos a casa, y al volver la jornada continúa.
Porque todavía se espera de nosotras que seamos eficientísimas secretarias del hogar. Que no olvidemos la reunión del colegio, la cita médica, el recibo pendiente, el regalo del cumpleaños, la ropa que falta, la nevera vacía, la llamada importante, la actividad extraescolar, el medicamento, la comida del día siguiente y la agenda de todos. Como si fuéramos superwoman.
Yo hace tiempo que me negué a ser superwoman. Lo digo claramente. Estoy bastante revolucionada en este tema. Pero también tengo que reconocer que, por una circunstancia u otra, por más que he intentado organizar turnos, repartir tareas y poner límites, muchas veces acabo cargando con la mayor parte de la responsabilidad de la logística de la casa. Y no es porque me entusiasme. No es porque me guste. No, no. Preferiría dedicar mi tiempo a otras cosas: a leer, a escribir, a descansar, a pasear, a pensar, a crear, a no hacer nada, a mirar por la ventana sin culpa, a tener un rato mío sin que nadie me pregunte qué hay de cena, dónde está algo o qué falta por comprar. Pero cada una maneja las cosas como puede.
El problema de todo esto no es solo el cansancio físico. El problema más profundo es la carga mental, esa ocupación constante del cerebro, esa imposibilidad de desconectar del todo, esa sensación de tener siempre una lista invisible funcionando por dentro.
Creo que pocas cosas molestan más que esa pregunta tan repetida: “¿Dónde está tal cosa?”. Y una responde: “En su sitio”. Entonces suelen venir dos posibles respuestas. La primera: “¿Y cuál es su sitio?”, cuando deberían saberlo. La segunda: “No está”. Y ahí es cuando algunas madres, un poco furibundas, contestan: “¿Cómo que no está? Ahora voy yo y lo encuentro”. Y efectivamente, la madre se levanta del sofá, va a buscarlo y lo encuentra. Entonces la otra persona se queda con esa cara un poco desencajada, como diciendo: “He metido la pata”.
Claro que es más cómodo que te hagan las cosas. Claro que es más cómodo preguntar que mirar. Claro que es más cómodo delegar la memoria, la búsqueda, la organización y la responsabilidad. Y también es muy difícil, muchas veces, no hacerlo una misma.
Pero creo de verdad, fervientemente, que hay que dar alas. A las parejas, si es el caso, y también a los hijos. Hay que darles independencia, permitirles aprender, dejar de construir esa dependencia peligrosa según la cual solo una sabe cocinar, solo una sabe lavar, solo una sabe encontrar las cosas, solo una sabe organizar y solo una sabe cuidar bien.
Porque cuando yo nací, tampoco sabía hacer nada. He aprendido lo que he querido aprender. No soy especialmente buena cocinera, no soy especialmente buena ama de casa y, sinceramente, eso no me preocupa en absoluto. No me preocupa nada. No quiero que el valor de una mujer se mida por lo impecable que está su casa, por lo bien que cocina, por lo ordenado que tiene un armario o por la rapidez con la que responde a las necesidades de todos.
No quiero que sigamos confundiendo amor con disponibilidad absoluta. No quiero que sigamos llamando “ayuda” a lo que debería ser responsabilidad compartida. Porque una pareja no “ayuda” en su propia casa: vive en ella. Un hijo no “ayuda” cuando aprende a recoger, buscar, cocinar o poner una lavadora: aprende a vivir. Y una mujer no debería cargar con toda la intendencia familiar solo porque durante siglos nos enseñaron que ese era nuestro lugar natural.
Nuestro lugar natural no es el agotamiento, ni la renuncia, ni ser secretarias, cuidadoras, trabajadoras, madres perfectas, mujeres presentables y gestoras emocionales de todo el mundo. La corresponsabilidad no consiste en que alguien “eche una mano”. Consiste en repartir de verdad: repartir tareas, memoria, horarios, cuidados, preocupaciones y también la incomodidad de hacerse cargo.
Las nuevas generaciones han avanzado mucho, y eso hay que reconocerlo. Muchos hombres jóvenes participan más, cuidan más, se implican más. También las leyes han empujado en esa dirección, con permisos de paternidad más amplios y con una mayor conciencia social sobre los cuidados. Pero todavía queda camino. Mucho camino.
Porque no basta con que un hombre cambie pañales si la madre sigue siendo quien sabe cuándo hay que comprarlos. No basta con que alguien haga la compra si otra persona ha tenido que pensar el menú, revisar la nevera y hacer la lista. No basta con decir “yo hago lo que me pidas” si la otra persona sigue siendo la jefa invisible de toda la organización doméstica. La igualdad no es obedecer instrucciones. La igualdad es asumir responsabilidad.
Y luego están las familias monoparentales. No todas están encabezadas por mujeres, es verdad. También hay hombres que crían solos, hombres que sostienen hogares, hombres que cuidan, hombres que se enfrentan a la soledad de educar, trabajar y sacar una familia adelante.
Pero los datos tienen peso. En España hay cerca de 1,9 millones de hogares monoparentales y alrededor del 80 % están encabezados por mujeres. Eso significa más de un millón y medio de madres sosteniendo solas a sus familias. No es una anécdota. No es un caso aislado. Es una realidad social enorme, cotidiana y muchas veces invisible.
Detrás de esa cifra hay madres que no tienen relevo. Madres que no pueden enfermar tranquilamente, que no pueden interrumpirse, que no pueden permitirse estar tristes durante demasiado tiempo, que no pueden dejar de trabajar porque, si ellas paran, el dinero no llega. Madres que hacen cuentas con la luz, con el alquiler, con la comida, con los libros, con los zapatos, con los recibos y con los imprevistos.
Y además, sobre muchas de ellas cae una sospecha terrible: si no llega el dinero, si la casa no está perfecta, si los hijos tienen dificultades, si la vida se desordena, enseguida se mira a la madre. No siempre se mira la precariedad, la falta de red, el precio de la vivienda, los salarios bajos, la ausencia de apoyo, el cansancio acumulado o la soledad. A veces se mira directamente a la mujer y se le pregunta, de forma abierta o silenciosa, si está siendo suficientemente competente.
Esa mirada duele. Porque no es lo mismo criar con red que criar sin red. No es lo mismo equivocarse teniendo apoyo que equivocarse estando sola. No es lo mismo tener un mal día cuando alguien puede coger el relevo que tener un mal día sabiendo que nadie va a venir a sustituirte.
Los datos sobre pobreza también hablan. Se ha señalado que la tasa de riesgo de pobreza en hogares monoparentales encabezados por mujeres es muy superior a la de los encabezados por hombres. La cifra es dura, pero lo que hay detrás es todavía más duro: muchas mujeres no solo cuidan solas, también empobrecen mientras cuidan.
Y como si todo esto fuera poco, a la mujer se le sigue exigiendo estar fantástica. Guapa, serena, delgada, joven, amable, deseable, presentable, con buena cara aunque no haya dormido, con una sonrisa aunque esté agotada.
Cada una decide cómo quiere mostrarse, claro. Cada una decide si quiere arreglarse, pintarse, ir a la peluquería, llevar el último modelito o salir con la cara lavada y el pelo recogido de cualquier manera. El problema no es la belleza elegida. El problema es la belleza exigida.
Porque cuando un hombre está agotado, a menudo se le reconoce el esfuerzo: “claro, trabaja mucho”, “tiene unas jornadas interminables”, “está muy cansado”, “lleva mucha responsabilidad”. Pero cuando una mujer está agotada y no tiene tiempo, ganas o ánimo para arreglarse, enseguida aparece otra mirada. Ya no es una persona trabajadora, responsable o cansada. Es una mujer que “se ha dejado”, que “está descuidada”, que “ya no se arregla”, que “ha perdido algo”.
La vara de medir no es la misma. Si trabaja mucho, abandona. Si trabaja poco, depende. Si se arregla mucho, es frívola. Si se arregla poco, se ha dejado. Si pide ayuda, exagera. Si se calla, nadie ve que sufre. Si se enfada, tiene mal carácter. Si aguanta, desaparece. Y así, poco a poco, se construye la culpa.
La culpa femenina no nace de un solo golpe. Se aprende gota a gota. Desde pequeñas. Sé buena, sé útil, sé amable, sé limpia, sé guapa, sé discreta, sé fuerte, sé madre, sé trabajadora, sé cuidadora, sé independiente, pero no demasiado. Cuida de todos, pero no te quejes. Llega a todo, pero no parezcas cansada.
Esta culpa también atraviesa la literatura. Cuántas mujeres no tuvieron siquiera aquella “habitación propia” de la que hablaba Virginia Woolf. Y no solo les faltó una habitación. Les faltó tiempo, dinero, silencio, reconocimiento y voz. Muchas escribieron con pseudónimo, escondidas, interrumpidas, dudando incluso de su derecho a escribir.
Porque también eso ocurre: una mujer se sienta a escribir y, mientras escribe, piensa si le está robando tiempo a alguien. Al hijo que duerme, a la comida que falta, a la lavadora pendiente, a la casa sin recoger, a la compra sin hacer, a la familia que espera.
Y ya el colmo de los colmos es escribir con el ordenador en la cocina, mientras se vigila la comida, se pone una lavadora, se vacía el lavaplatos y se responde a quien pregunta dónde está cualquier cosa. Como si crear, pensar o tener una voz propia fueran actividades permitidas solo si no estorban a la intendencia.
A muchas mujeres de cierta generación se nos enseñó que la entrega debía ser infinita. Que cuidar nos nacía. Que ser madres, enfermeras, cocineras, mediadoras, organizadoras y consuelo permanente era algo natural.
Pero no todo lo que se llama instinto es instinto. Muchas veces es aprendizaje, mandato, costumbre disfrazada de virtud. Y lo que se aprende también puede desaprenderse.
La sociedad no necesita madres perfectas. Necesita madres vivas. Mujeres vivas. Personas con derecho al ocio, al silencio, a la alegría, al cansancio, al deseo, a la belleza elegida y no impuesta. Personas con derecho a tener días bajos, días torpes, días sin fuerzas, días de no querer ni poder hacer nada sin sentirse culpables por ello.
No necesitamos más supermujeres. Necesitamos más corresponsabilidad. Necesitamos casas donde la carga no dependa siempre de la misma persona, parejas que no “ayuden”, sino que se hagan cargo, hijos e hijas que aprendan a vivir sin convertir a sus madres en sirvientas afectivas, empresas más humanas, políticas públicas centradas en los cuidados, salarios dignos, horarios compatibles con la vida y redes de apoyo reales.
Porque no basta con decir que las mujeres somos fuertes. No basta con decir que las madres lo damos todo. No basta con llamarnos heroínas, luchadoras o guerreras si después nos dejan solas con la compra, con los hijos, con los cuidados, con las facturas, con la culpa y con el cansancio.
No quiero mujeres obligadas a ser guerreras. No quiero que la resistencia sea el destino natural de ninguna mujer. No quiero que se nos admire por aguantar lo que debería estar repartido.
Quiero mujeres con derecho al descanso. Mujeres con derecho a dejar de luchar solas. Mujeres con derecho a no poder, a no llegar, a no sostenerlo todo, a no tener siempre buena cara, a no ser fuertes cada día. Mujeres que puedan vivir sin que su valor se mida por la cantidad de carga que soportan.
Y quiero una igualdad que no se quede en los discursos. Una igualdad que entre en las casas, en los horarios, en los salarios, en las empresas, en los permisos, en la crianza, en la vejez, en la enfermedad y en la vida diaria. Una igualdad que no signifique que las mujeres puedan hacerlo todo, sino que no tengan que hacerlo todo solas.
Una sociedad que se sostiene sobre el cansancio de sus mujeres está en deuda con ellas. Y esa deuda no se paga con flores, ni con elogios, ni con discursos bonitos un día al año. Se paga con igualdad real, con tiempo, con descanso, con respeto, con salarios dignos, con corresponsabilidad y con una verdadera redistribución de los cuidados. Porque las mujeres no valemos por todo lo que aguantamos, sino por todo lo que somos.
Por eso hablo del descanso de las guerreras. No porque quiera más guerreras, sino porque demasiadas mujeres han tenido que serlo sin haberlo elegido. Y porque ha llegado el momento de que puedan bajar la guardia, respirar, soltar peso y vivir de otra manera.
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