La natalidad no desciende porque la gente no quiera hijos; desciende porque la sociedad ha encarecido y complicado hasta el extremo el tenerlos.
Rosa: Últimamente no dejo de plantearme ser madre.
Silvia: Yo también. Pero cuanto más lo pienso, más me agobio, a pesar de que cada dos por tres me sueltan la frasecita: “se te está pasando el arroz”.
Rosa: Es que todo se ha vuelto muy complicado. Pienso que no sé si seré buena madre, si podré llegar a cumplir con todo: trabajo, crianza, familia, y sin hablar de los gastos que trae consigo un bebé.
Silvia: Parece que nunca es el momento adecuado. Los alquileres por las nubes y los sueldos, a pesar de que trabajamos los dos, no dan para mucho. Luego está lo de compaginar el trabajo con la vida familiar. No sé si sería capaz.
Rosa: El mes pasado, se me retrasó la regla y, puede ser que no me creas, pero entré en pánico.
Silvia: ¡Estás embarazada!
Rosa: No, fue una falsa alarma. Cuando se nos pasó el susto, Pedro y yo nos estuvimos planteando cómo afectaría la llegada de un hijo a nuestras vidas, qué tendríamos que asumir, cómo repercutirá en nuestra vida profesional y de pareja. Lo que más nos preocupa es que después de las bajas parentales, cuando nos incorporemos los dos al trabajo, cómo gestionar el cuidado del bebé, tendríamos que llevarlo a una guardería con pocos meses, porque no contamos con ayuda de abuelos y contratar a una persona en casa para que cuide al niño no nos lo podemos permitir.
Silvia: Por eso muchas parejas llegamos a la conclusión de que no compensa. Nosotros ya lo tenemos prácticamente asumido.
Esta conversación la escuché entre dos mujeres jóvenes, (los nombres son ficticios), no hace mucho, cuando viajaba en tren hacia Madrid para ver a mis nietos.
España ha pasado de ser un país con más de 450.000 nacimientos anuales hace dos décadas a rondar los 318.000 en 2024. La baja tasa de fecundidad (1,1 hijos por mujer), unida a la maternidad más tardía y al envejecimiento de la población, ha conducido a España a tener una de las tasas de natalidad más bajas de Europa.
A esta sequía el Papa Francisco lo llamó “invierno demográfico”: Las casas son prohibitivamente caras, los alquileres están por las nubes y los salarios son insuficientes.”
Durante siglos, el nacimiento de los hijos fue el curso natural de la vida. Llegaban sin cuestionarse si con los recursos familiares se podía alimentar a una boca más. Las generaciones anteriores criaron hijos en circunstancias materiales mucho más difíciles, pero bajo una presión social menor. Hoy disponemos de más recursos, más conocimientos y más tecnología, pero también soportamos expectativas más altas.
Hubo un tiempo que se vinculó el descenso de la natalidad a la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral. Sin embargo, los estudios demográficos actuales señalan que la baja natalidad responde a una combinación de factores económicos, sociales e institucionales, más que al empleo femenino en sí mismo.
Millones de parejas examinan la posibilidad de tener hijos como quien analiza una inversión de gran envergadura. Se calculan los costes, se sopesa el tiempo que habrá que dedicarse la crianza, los sacrificios que tendrán que realizar y las alteraciones, que con la llegada del bebé, sufrirán en su futuro personal y profesional. Hoy día, una gran mayoría de parejas piensan que no compensa. No es que la sociedad haya dejado de apreciar la infancia, paradójicamente sucede lo contrario.
La maternidad está tan sobrevalorada que nunca se ha exigido tanto a los padres ni se ha invertido tanto en cada niño. Tener un hijo ya no implica únicamente alimentarlo, educarlo y acompañarlo hasta la edad adulta. Desde el momento en el que se inicia la gestación, se acumulan una larga lista de gestos, gastos y obligaciones que en las generaciones anteriores no se concebían. A los tradicionales bautizos o celebraciones familiares se han sumado los «baby showers», las fiestas de revelación del sexo del bebé, las sesiones fotográficas profesionales del embarazo, los reportajes del recién nacido, las listas de regalos y una interminable oferta comercial dirigida a los futuros padres. Las redes sociales y la globalización cultural son las responsables de estos nuevos “modos” la gran mayoría importados principalmente de Estados Unidos, que han transformado la llegada de un bebé en un auténtico acontecimiento social.
Por otra parte, la industria de la maternidad y de la infancia también han metido mano en el asunto vislumbrando una gran oportunidad de consumo. Así, a los futuros padres se le bombardea sobre lo que es mejor e imprescindible para su hijo: el cochecito último modelo, la silla para el coche más segura, la cuna más sofisticada, bañeras de distintos modelos según tamaño y edad, juguetes de agua para hacer del baño un momento placentero, los juegos más estimulantes o el método educativo más avanzado.
El coste económico no es más que una parte de la ecuación. La sociedad actual exige una crianza intensiva. Se espera que los padres supervisen cada aspecto del desarrollo del niño, estimulen continuamente sus capacidades, controlen su alimentación, gestionen sus emociones, acompañen sus actividades y participen activamente en cada etapa educativa. Muchos especialistas han descrito este fenómeno como una forma de hiperpaternidad. El niño pasa a convertirse en el centro del universo alrededor del cual gira toda la familia. El resultado es que muchas personas, a pesar de desear ser madres o padres, contemplan la maternidad o la paternidad con cierto temor porque perciben que el precio a pagar cada vez es más alto: cambio absoluto de vida, de prioridades, menos libertad, menos tiempo para uno mismo y para la pareja, mayores dificultades económicas, enormes problemas a la hora de conciliar vida profesional y familiar. A mayores se suma la creciente incertidumbre sociopolítica sobre las condiciones en las que vivirán las futuras generaciones.
Una de las razones menos discutidas del descenso de la natalidad es precisamente que algo natural se ha hemos convertido en un proyecto extraordinariamente complejo. Tener un hijo ya no se presenta como una etapa más de la vida, sino como una misión que exige preparación constante, inversión permanente y dedicación total. Y cuando una sociedad transmite la idea de que ser padre o madre requiere rozar la perfección sin proporcionar suficientes ayudas para poder conciliar, cuando los empleos son precarios, el acceso a una vivienda digna casi imposible, no debería sorprender que muchas mujeres decidan no intentarlo.
Hay una expresión que resume el fenómeno: natalidad cero. No significa que hayan dejado de nacer niños, sino que una sociedad ha llegado al punto en que cada nueva generación es más pequeña que la anterior. Lo grave no es el dato demográfico en sí sino las razones por las que se produce.
Alva Myrdal, Socióloga sueca y Premio Nobel de la Paz dijo: «Una política de población debe basarse en el deseo voluntario de las personas de tener hijos, y esto solo se logra cuando la sociedad ofrece seguridad y bienestar.» Desafortunadamente, esa seguridad y bienestar, a pesar de los esfuerzos que supuestamente hacen los gobiernos, siguen siendo una asignatura pendiente. El reto actual no es resignarse al invierno demográfico, sino transformar las estructuras sociales para que la decisión de dar vida deje de ser un acto de valentía y vuelva a ser el reflejo natural de un mundo más prometedor.
Felicitas Rebaque
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