Carlos Romero había terminado el curso de detective por correspondencia.
Con los pocos ahorros que había podido juntar alquiló un pequeño apartamento en una zona marginal de su localidad. No le daba para más.
Llevó una mesa y dos sillas de su propia casa a la improvisada oficina y pintó con todo el cuidado que pudo un cartel en la puerta “AGENCIA DE DETECTIVES” aunque era él sólo, pero así sonaba más profesional.
Puso un aviso en el periódico y, con el último dinero que le quedaba compró un teléfono de línea Y fue a la compañía telefónica para pedir la conexión.
Le dijeron que en unas 24 horas lo conectaban.
El primer día abrió muy temprano, pero llegó la noche y nadie apareció.
Algo desilusionado concurrió el segundo día, esperando tener más suerte.
A media tarde, cuando ya se estaba desesperando, sintió golpes en la puerta.
Se apresuró a tomar el teléfono todavía desconectado y dijo a la vez:
―¡Pase, está abierto!
El visitante entró. Se Trataba de un hombre de mediana edad.
Carlos le hizo una seña para que se sentara en la única silla libre e inició una conversación falsa en el teléfono para impresionar a su visitante:
―Sí, señor embajador. No se preocupe, su caso está casi solucionado.
Miro de reojo al visitante esperando ver su asombro, pero lo que vio fue una sonrisa irónica, casi divertida, en el rostro del extraño.
De todas formas, continuó:
―¡Por supuesto señor embajador! Mi personal ya descubrió al culpable. Todo está arreglado.
Colgó el teléfono y se dirigió al visitante.
―Disculpe la espera. Es que estamos muy ocupados resolviendo casos. ¿En qué lo puedo ayudar?
Es simple ―dijo el otro, ampliando su sonrisa―. Soy de la compañía telefónica. Me mandaron a conectarle el teléfono.
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