Llegamos como llega la luna a las concavidades de la playa,
ignorantes de nuestra propia piel,
ansiosos del contacto de la brisa.
Soñamos con mareas de otro mundo,
mientras nos arrastra la cadencia de este lado.
Discurre el tiempo entre nuestras falanges
y vemos irse aquella brisa,
ahora convertida en vendaval
(antes de que la luna se llenara).
Pronto seremos vapor de agua
con suerte, se nos llevarán las nubes.
Ojalá llovamos sobre aquella arena.
Volvamos a ser charco
donde la luna no sabe que se refleja.
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