martes, septiembre 1 2026

Relatos falaces: Mirilla by Félix Molina

Estás ahí, sigues ahí porque yo no te abro. Llevas tu traje azul, tan bien compuesto, tu corbata y una insignia. Qué querrá decir eso que llevas en la solapa. Me gustaría indagarlo, pero no alcanzo a ver ni el distintivo. Caracoleas por el vestíbulo que guarda mi puerta y la del vecino. Esperas. Hay un ángulo donde te ocultas y solo acierto a oírte. ¿Apuntas algo en un cuaderno? Te vas.


Nuevamente no estoy para ti. Has llamado con saña al timbre hoy. Llevas una pequeña maleta que no percibí ayer. Mejor peinado, y el traje igual, sin una arruga. Te mueves con sigilo y compás, como el cazador que esperara a su presa. Tal cual. Acercas la oreja derecha a mi puerta. ¿Qué quieres oír? Hago pasos, acá, del otro lado. Quiero que sepas que me alejo, que no estoy dispuesta a abrirte. No creo que lo entiendas, pero tampoco me importa.


¿A qué viene quitarte la chaqueta? ¿Y si te abro y descubro tu descompostura? ¿Para qué todo el trabajo de estos días por unos minutos de desahogo? Estás nervioso. Lo adivino en los golpecitos acompasados en esa maleta tuya tan cargada, como de médico o de vendedor. ¿Qué quieres venderme? Ahora te miras la muñeca, interrogando a un reló abultado. ¿Cuánto estás dispuesto a esperar ahí, del otro lado de la puerta que jamás se abre? Creo que me has guiñado un ojo.


¿Cuánto tiempo ha pasado desde la primera vez? Ahora ya no llevas traje. Un suéter elegante, bien combinado con el pantalón oscuro. ¿Qué buscas con ese cambio de estilo? ¿Verdaderamente crees que voy a abrirte? Ni lo sueñes. Veo que has abandonado también la ridícula maleta, y el distintivo, que era uno con la solapa del traje. Hay veces ahora que finges visitar otras plantas para volver a esta de mi puerta. No sé si decir también de tu puerta, porque ya es tanto mía como tuya. En fin…


—¿Quién es? ¿Qué desea?

—…

—¿No pensará que voy a abrirle sin más?

—…


Te he abierto, es así, pero parecería apenas que no hay una puerta entre nosotros. Te he dejado entrar. Permaneces en silencio, te demoras quizá en la contemplación silenciosa de todo lo que te he ocultado, acá, de este lado. Hay cosas que acaso te decepcionan, otras te animan a seguir adelante. No debería haber abierto, pero ya solo te tengo a un paso, menos quizá, tu mirada poderosa acaba de entrar en un ángulo muerto, sobre mi barbilla, mientras te haces con mis hombros y mis brazos. Avanzas. Y me haces retroceder, hasta donde ya no me es posible ir más atrás, el diván que hace de frontera entre la entradita y un salón definitivo, allá donde no hago más que preguntarme ¿Por qué? ¿Por qué mi cuello? ¿Por qué mi sangre?


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