El cielo se deshace
en clavos fríos.
Llevamos días
bajo el martilleo constante
de un cristal gris.
La noche no duerme;
se desliza, vertical,
por el lomo de la calle.
Es una aguja líquida
intentando borrar
nuestro rastro en el barro.
El frío es un hilo
que se enhebra
en la médula.
Siento el peso
del aire empapado,
una sábana de plomo
que se pega a las sábanas
de mi propia cama.
Mis huesos son madera
hinchada por la espera,
crujiendo en el silencio
de este cuarto náufrago.
La humedad no moja:
muerde,
coloniza el músculo,
y convierte el insomnio
en un pantano espeso.
Pero de pronto,
el aire se rompe.
Llega el petricor,
ese perfume de tierra
viva y degollada,
que inunda mis pulmones
como una marea de oxígeno.
Ya no hay muros.
Mis pies olvidan el frío
y se vuelven raíces
que bailan, ebrias,
al compás del látigo
de las nubes sobre el polvo.
Bajo la lluvia soy libre,
un animal de campo
celebrando el naufragio
en el centro exacto
de mi dormitorio.
@Carmen Salas
@Imagen Pinterest
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