CARTAS MANCHADAS DE SANGRE by Esther Bajo

Estimated read time 7 min read

Hace algún tiempo leí en The Times of Malta una noticia que me llamó la atención Un hombre, John Edward DeMicoli, compró una estatua alemana antigua de porcelana en una subasta y cuando estaba limpiándola, se desprendió una tela que cubría la base, dejando un agujero por el que pudo sacar un fajo de papeles escritos en alemán y una cartilla que identificaba a un joven soldado llamado Friedrich Bauer. Se trataba de setenta cartas enviadas a sus padres, en Viena, durante los años 1941 y 1942, en los que él intentaba sobrevivir en la decisiva batalla de Stalingrado. No lo consiguió. Una de las cartas, fechada el 20 de noviembre de 1942, informa a los padres que su hijo ha caído en combate. En la misma carta se les informa que el cuerpo no puede ser repatriado a Viena para ser enterrado, ya que Hitler ordenó que los soldados fueran enterrados donde caían. Así, esa estatuilla se convirtió en una urna funeraria, en la que una madre y un padre rotos guardaron el secreto de la vida y muerte de su hijo, un enemigo de los vencedores; tan secreta que puede imaginarse que sus padres murieran sin haberle dicho a nadie lo que escondían en esa figura que alguien heredó o robó y pasó de mano en mano hasta terminar en una casa de subastas; tan anónima como la de los 85.000 soldados que murieron en esa batalla.

Las cartas sólo hablan del horror. “Las marchas fueron agonizantes para los hombres y los caballos bajo la lluvia constante y por las numerosas minas”, relata cómo vio morir a sus amigos, el deseo de todos de volver a casa… y todo ello a pesar de que “por respeto a mi madre, me abstengo de describir la batalla para no causarle más preocupación”. En una de las cartas justifica la batalla porque “Stalin había ocupado cruelmente Estonia, Letonia y Lituania”, pero insiste en que no tiene nada que ver con el partido nazi ni con nada relacionado con él.

No hay mucha diferencia con las cartas de los soldados de la I Guerra Mundial, de los que se han preservado tantos como para ocupar mil trescientas cajas en un almacén de Birmingham, Reino Unido. “Los que siguen en la línea del frente no escuchan más que el sonido de los proyectiles, los gemidos de los camaradas heridos, los relinchos de los caballos moribundos, el latido salvaje de su propio corazón (…). El campo de batalla no es más que un vasto cementerio”, escribe el soldado Gerhard Gürtler. Aun consciente de que “me fusilarán si alguien de importancia pilla esta misiva”, el soldado Lauri escribe a su mujer: “Todo el mundo está totalmente harto y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo. A nadie le importa un rábano si Alemania tiene Alsacia, Bélgica o Francia. Lo único que queremos todos es acabar con esto de una vez e irnos a casa”; continúa y termina despidiéndose así: “Dios te bendiga, cariño, y a todos los que amo y me aman, porque sin su amor y confianza, desfallecería”. También es estremecedora la carta de un “hijo desesperado por volver con vida” que le dice a su padre que le gustaría “que el Gobierno estuviera en el frente durante dos horas y viera lo que es esto. Perdóname, no quiero que nos hablen del honor, porque yo lo llamo carnicería”.

Me llama la atención una carta – “Nunca me quitaré esto de los ojos, será una pesadilla eterna. Si regreso a casa podré contártelo todo, ahora mismo no me salen las palabras para describir las cosas”- por lo mucho que recuerda a un reciente mensaje subido a X de un soldado israelí: “A mi psicóloga. Prepárate para unas 453 sesiones a la semana cuando vuelva”.

Imagen aportada por la autora

La censura, aunque férrea en el frente, lo ha sido y es mucho más para los prisioneros de guerra. En los últimos años han aparecido algunas cartas de la Guerra Civil española que nunca llegaron a su destino, en marcadillos, en algún cajón de un archivo militar o ésta que el diario ABC encontró en su archivo, de un maestro de Lorca, apresado pocos días después del golpe militar junto con los otros cuatro maestros de la escuela, dirigida a su madre y sus hermanos, a quienes advierte que “de llegar a sus manos estas líneas es que habré pasado a mejor vida, de manera que no hay motivo para lamentar mi suerte. Sólo les aconsejo que pidan por mí y luego tan contentos, que algún día nos veremos”. Muy famosa se hizo la de un brigadista estadounidense a la mujer con la que se había casado pocos días antes de volar a Valencia y que inspiró a Billy Wilder la película “Adelante, mi amor”.

Sólo nueve meses después de terminar la guerra había ya un millón de españoles en las cárceles, campos de concentración y batallones de trabajadores, todos los que, estando en edad militar, no eran o no podían demostrar ser “afectos al Glorioso Movimiento Nacional”; decenas de miles murieron de frío, enfermedad, palizas o hambre y seguramente todos intentaron comunicarse con su familia… no por carta, en este caso, sino con una de las “tarjetas patrióticas” que se les proporcionaban y que contenían vivas al dictador, a Hitler, a Mussolini o a la Virgen del Pilar, lo que suponía una humillación añadida a su penoso estado. En muchas pedían avales para evitar su fusilamiento y los propios presos incluían, a veces, mensajes de apoyo al nuevo régimen. Dado que todas pasaban por la censura, los mensajes, además de la petición de avales, hablaban de poco más que del frío y el hambre que pasaban. Un herrero, encarcelado por ser de la CNY, pedía a su familia un reloj y se despedía de ella con todo el cariño; fue fusilado poco después, en marzo de 1937.

Otros 650.000 españoles pasaron la frontera con Francia; algunos volvieron, muchos emigraron a Latinoamérica y otros se quedaron allí; de éstos, unos 14.000 terminaron en campos de exterminio nazi y de sus voces apenas quedan algunos descoloridos y diminutos papeles que introducían entre las costuras de la ropa que era enviada fuera.

Hoy ya no se escriben cartas -¡ojalá fueran las guerras las que hubieran pasado de moda!- y los soldados ya no están en trincheras, pero las víctimas a veces consiguen hacerse oír. No podemos olvidar el último poema de escritor y académico palestino Refaat Alareer, asesinado en un bombardeo en Gaza junto con sus cuatro hijos, su hermano y su hermana el pasado 1 de noviembre: “Si he de morir, / debes vivir / para contar mi historia, / para vender mis cosas, / para comprar un trozo de tela / y unas cuerdas / (que sea blanca con una cola larga) / para que un niño, en algún lugar de Gaza, / mientras al cielo miran sus ojos / esperando a su padre, que se fue en una llamarada / y no se despidió de nadie, / ni siquiera de su carne, / ni siquiera de sí mismo, / vea la cometa, mi cometa, la que tú hiciste, volando arriba / y piense por un momento que un ángel está ahí trayendo / de vuelta el amor. / Si he de morir, / deja que traiga esperanza, / deja que sea un cuento”.

Mientras hago mi cometa blanca, pienso en la forma en que Freud definió la guerra, como “una crueldad inútil” y “una insistente tendencia a la repetición”.

Esther Bajo


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours

Deja un comentario