—¿Cuán modesta ha de ser la vida de este terrón de azúcar, si su único destino es descomponerse en una hirviente taza de café y acabar siendo devorado por las garras de mi estómago? —le sugirió Aristóteles a Platón, su maestro, en una terraza de Betanzos, mientras mareaba su cuchara con júbilo entre los granos de tonos terrosos aún por disolver.
—¿Qué es el destino, si no nada más que un sinónimo de elección? — respondió el mentor, contraatacando con otra cuestión—. No obstante, ¿qué sentido tiene el hado para un terrón incapaz de tomar decisiones?
En ese momento, lo que quedaba del azúcar terminó camuflándose por completo con las gotas de café, quedando alienado a las decisiones de aquellos que sí pueden elegir.
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