Marquiños tiene una doble vida. Once meses de serio y riguroso inspector fiscal, un mes de aventurero.
Viaja casi siempre al mismo pueblo costero donde ya le conocen, desde la panadera hasta el barrendero. Un mes de descanso y desconexión. De playa y libro.
Los veraneantes desfilan por la arena. Los pudientes en pareja y con sombreros. Los aborígenes con neveras azules y niños pequeños. Muchos niños vociferantes.
Marquiños respira profundamente el aire marino y mira, imperturbable, al horizonte. Según el libro que esté leyendo, el mar será de la polinesia, el océano Ártico o las costas del Índico.
Todos los mares son el mismo mar. Todas las costas son esta costa.
Lleva más de veinte años viniendo a este pueblecito, al que ha visto evolucionar. De pequeño y atrasado refugio de pescadores, con media docena de destartaladas chabolas; a moderno enjambre de resorts y hoteles de cuatro estrellas. Primero vinieron los hippies, los pasotas y los perroflautas. Luego las familias madrileñas con nevera y sombrilla de terraza de bar. Se puso de moda en los reels de Instagram, y acudieron de todas partes. Construyeron sobre las dunas salvajes. Echaron de la playa a las barcas chalupas varadas durante la bajamar, y las recluyeron en el nuevo puerto pesquero. Puerto moderno, industrial y sucio.
Pero Marquiños sigue igual que aquel primer año que descubrió este su paraíso. Ha tenido que ir desplazándose, evitando las aglomeraciones de los fines de semana, los chiringuitos tropicales, las hordas de guiris y los complejos urbanísticos turísticos. De duna en duna buscando la cada vez más difícil intimidad. Con su toalla, su sombrero de paja y su inseparable libro.
El verano es el momento de leer literatura y Marquiños se ha pertrechado de un buen cargamento en la Feria del Libro, aprovechando el descuento y la generosa oferta de títulos.
Baja a la playa cada mañana, monta su pequeño campamento y mete los pies en el agua. Luego, deja su libro sobre la toalla y se marcha a pasear por la arena mojada, entre las extremidades de las olas. Sabe que nadie le va a robar el libro, a nadie le interesa. Si, al menos fuera un Kindle o una tablet… Pero ¿A quién le importa un libro de papel? No vaya a ser que se lo lean y se culturicen.
Marquiños pasea saboreando el sonido de las ola y el olor del agua salada. De vez en cuando recoge una concha del suelo y se la guarda en el bolsillo del bañador.
Pero el mejor momento es cuando vuelve a la toalla y se sienta a leer el siguiente capítulo del libro en curso. La paz y la suave brisa del mar le transportan a latitudes lejanas, a tiempos pretéritos, en compañía de piratas y héroes desconocidos. Doble viaje: físico y literario.
Terminan las vacaciones y ya de vuelta a la rutina, los compañeros de la oficina se preguntan dónde habrá estado don Marcos para estar tan moreno. En Tailandia, en Costa Rica, en Bali, en Mombasa, en Mikonos… Efectivamente, ha estado en todos esos sitios.
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