miércoles, julio 22 2026

EN LA PLAYA DE LOS AHOGADOS by Daniel Cuñarro

     La última persona que vio a Jeremy con vida fue Amanda, una joven que regresaba a casa después de correr. Aseguró que caminaba hacia la playa donde murió, solo, sin el gato. Llevaba la mochila azul y el saco de dormir.

     —No había nadie más —dijo Amanda a los investigadores—. Nos saludamos por educación.

     El padre de Jeremy quiso conocerla. Su madre no: se aisló del mundo, sepultada bajo los escombros del universo que acababa de derrumbarse. También el tío Mars se citó con Amanda. La abrazó como si pretendiera alcanzar a Jeremy a través de ese gesto. Todos lloraron, incluso Amanda.

     Encontraron el cuerpo de Jeremy tendido en la arena, a dos metros del saco de dormir, en dirección al mar. Había organizado la mochila para usarla como almohada: colocó los jerséis en la parte superior y la comida debajo. El móvil seguía encendido, medio enterrado a sus pies. Decidió montar el vivac a veinte pasos del límite de la marea, al abrigo de un farallón que lo habría resguardado del viento. No avisó a nadie acerca de sus planes. Según su hermana Lisa, era habitual en Jeremy comportarse así. Le gustaban la soledad, la aventura y la libertad de hacer cuanto quisiera. Un día podía estar tranquilo en casa y, una hora después, viajar a la montaña o a la costa. A menudo, Lisa intentaba convencerlo de que avisara sobre los montes que pretendía subir. Pensaba que hacerlo sin compañía resultaba arriesgado.

     La Playa de los Ahogados no es un lugar turístico ni popular. Nadie sabe cómo Jeremy la descubrió. ¿Casualidad? El análisis de su teléfono móvil no reveló ninguna búsqueda por internet. Tampoco encontraron llamadas ni mensajes sospechosos que hicieran pensar en un encuentro con alguien. Solo había de su familia. Y ninguno de ellos había oído nombrar la Playa de los Ahogados que, escondida en una cala, solo es accesible a través de aulagas y matojos. Lejos de caminos y carreteras principales, se convierte en verano en refugio para los jóvenes de la zona, que llegan en piraguas o tablas de paddel surf.

     Los niños que hallaron el cadáver —Pauline y Héctor— viven en Maire, un pueblo pesquero a tres kilómetros de la playa. Confesaron que solían buscar madera de deriva para tallarla y venderla en ferias locales.

     —No tocamos nada —dijo Pauline. Héctor, pálido y tembloroso, solo lloraba—. Al principio pensamos que dormía, pero luego vimos la sangre.

     Sangre derramada que corría en dirección al mar. Lisa se enfrentó a ella a través de las fotografías. No pudo evitar mirarlas: necesitaba saber. Jeremy tenía los pies orientados hacia el farallón y la cabeza hacia las olas. Le dispararon en el rostro, a quemarropa. El tiro le volatizó media cara. Peinaron la arena a su alrededor; solo encontraron las huellas del gato y el teléfono móvil. Los niños —Pauline en realidad— aseguraron que el animal estaba tumbado sobre el pecho de Jeremy.

     —Era blanco y gris como el invierno —dijo Pauline. Lisa pudo comprobarlo en las fotografías. La policía tuvo que apartar al animal a la fuerza, porque no quería abandonar el cadáver. Se lo llevaron convencidos de que pertenecía a Jeremy y que la familia querría conservarlo. Sin embargo, nadie sabía que Jeremy tuviera un gato.

     Lisa decidió adoptarlo. Convenció a su esposo —Daryl— para quedárselo. Le gustaba imaginar que apareció en la vida de Jeremy la tarde anterior a su muerte, que llegó buscando comida y él se la ofreció. Jeremy amaba a los animales y es lógico suponer que la compartieran. Pensar que se hicieron compañía resulta hermoso. Lisa no lo bautizó; se limitó a llamarlo gato. Desde que vive con ellos ha engordado, y su padre lo visita a menudo. Su madre nunca. Tampoco el tío Mars; ni siquiera soporta oír hablar de él. Por eso, dos meses y tres semanas después de la muerte de Jeremy, a Lisa la sorprende una llamada del tío Mars.

     —¡Está aquí! —dice—. ¡Tu gato está en mi casa! —El temblor de su voz, los chillidos que puntúan cada palabra, contagian a Lisa el miedo.

     —¿Cómo que…? —El tío Mars cuelga sin añadir nada más. A Lisa le resulta imposible creer que el gato haya ido hasta allí. Viven en barrios diferentes, a tres kilómetros de distancia. Telefonea al tío Mars sin obtener respuesta. Preocupada, decide visitarlo. Como Daryl está trabajando, no puede comprobar si el gato se encuentra en casa. Pero ¿cómo no iba a estarlo?

     Cuando Lisa llega al apartamento del tío Mars, encuentra la puerta.

     —¿Tío? —llama mientras entra. Le contesta un maullido que reconoce de inmediato. El gato está sentado en el sofá con la cabeza erguida y la cola agitándose en el aire. El tío Mars se ha caído y permanece encajado entre la mesa y el sofá. Hay sangre en las paredes y en el techo; su camisa y sus vaqueros están empapados. Más tarde, la policía confirmará que murió desangrado: alguien le desgarró la vena yugular de un mordisco. Pero el tamaño de esas fauces excede a las del gato. Ahora, enfrentada al cuerpo del tío Mars, Lisa huye de la casa. Baja los primeros escalones y el gato aparece allí. Lisa se detiene. Empieza a llorar y se cubre la boca con las manos temblorosas. Ese instante le permite reaccionar: llama a emergencias, facilita sus datos y describe la situación. No quiere regresar al salón. Pero le piden que lo haga y obedece. El gato da vueltas alrededor de una pistola caída en la alfombra, junto al cuerpo del tío Mars. Antes, Lisa no la había visto. Y aquello que las pruebas forenses confirmarán después, ella lo intuye en ese momento: fue el arma que mató a Jeremy.

     Nadie descubrió qué llevó al tío Mars a asesinar a su sobrino. La prensa y los especuladores insinuaron que se trató de un crimen pasional. Otros hablaron de locura.

     Las huellas encontradas en el arma coincidían con las del tío Mars. El calibre de la bala que destrozó la cara de Jeremy era el mismo. Se hallaron en las botas del tío Mars restos de arena de la Playa de los Ahogados.

     Lisa fue la única familiar que acudió al entierro. No lo hizo para despedirse del tío Mars, sino para asegurarse de que desaparecía. Desde ese día, el gato se llama Jeremy y Lisa lo quiere más que nunca.


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