jueves, julio 23 2026

Relatos falaces: Los últimos by Félix Molina

El relato que sigue forma una oscura tetralogía con otros ya aparecidos en esta serie: Los primeros, Mirilla y Tomo y obligo, unidos todos por una temática muy querida por el autor…

 

No será una fiesta más. Ya les he dicho que vengan, que será el premio a un curso ampliamente laureado. Que estén los dos. Hablaremos sin prisas del futuro, embriagados del presente. No importa que lleguen al final. Que lleguen.

Hemos seleccionado a lo mejor de la promoción, pero tienen que estar ellos. Son los elegidos. Se han preparado, junto a la explanada de nuestra casa de dos plantas, dos mesas anchas y largas que formarán una L, y allí estaremos todos. Vamos a vernos las caras.

La tarde avanza, y van llegando. Le digo a Mary si están ellos, pero me dice, con voz como robada a sí misma, aún no. Nos demoramos en conversaciones, en disertaciones. Es necesario todo esto si todo esto lleva a lo necesario, a lo urgente, a lo vital.

Desde el comienzo de todo formamos este cuerpo anhelante y ahora esperamos, entretenidos por lo intrascendente de nuestras investigaciones. No importará desvelar el secreto cuando sea conveniente, pero antes llega esta formalidad de lo académico, la luz de la sabiduría al servicio del poder. Se cruzan nuestras copas varias veces. Entre canapé y canapé festejamos. Nos deslizamos con nuestro deseo por los jardines anochecidos, ansiosos pero tranquilizados por la espera. De vez en cuando lo consulto a Mary.

—¿Han llegado?

—Aún no.


Cuando llegan, callamos. Se detiene hasta la orquesta, formada por algunos de nosotros, los que tenemos algún rudimento del oboe o del saxo. Tardan muy poco los dos en unirse a nuestra charla. De repente, una brisa fría nos empuja a todos al interior de la casa, donde el salón nos acoge con más copas. Yo hago un brindis.

—Por los frutos de vuestros nuevos trabajos, Peter y Rigoberta. Sois la sangre nueva que alumbra a nuestra comunidad.  ¡Por el saber y la vida que renováis con vuestro esfuerzo!

Están abrumados, pero responden con mínimos gestos oscilantes de la cabeza. Luego intercambian con cada uno de los grupos que se forman palabras de agradecimiento. Es el momento: están allí sus tutores, el resto de profesores que los alentaron, los compañeros más veteranos, todos unidos por una sutilísima gasa, como la de las cortinas, en una jerarquía admitida y deseada.

Cenaréis aquí, es lo mínimo, les dice Mary. La luz se va tornando cenicienta en el salón, los grupos se dispersan en las habitaciones de los alrededores, aunque sus murmullos se enlazan en el centro. Ellos están con nosotros, envueltos en un diálogo que los asume y los integra.

—Veo que traéis la copia de la tesis. No era necesario. Hoy no.

Bajan la vista, llenando nuestras copas unánimes de dulzura. Empiezan a desfilar por la alfombra los primeros que se marchan. No todos tienen este privilegio. Frente a la hoguera del reducido grupo, se animan a hablarnos.

—Nos sentimos muy reconocidos. No esperábamos el alcance de lo que iniciamos. Nuestro agradecimiento es poco…


Finalmente están el decano Anthony, los tutores Brenda y Jackson, nosotros dos y ellos. El decano es un hombre muy mayor, demasiado, y nos abandona tras tomar aire y un zumo con un comprimido. Brenda se excusa, por tener una reunión en la mañana que seguirá a esta madrugada. Jackson sigue con nosotros podando el árbol de una plática densa entre los cinco. Mary es quien advierte que ellos empiezan a cansarse y sugiere a Jackson la retirada.

—Se nos hizo tarde. Queda muy retirado esto del centro, no sé si será posible que pasemos aquí la noche —sugiere esta vez Rigoberta.

—No habrá problema alguno, querida —tercia Mary, tan encantadora como siempre. Como otras veces.

Yo le comento a Mary que esperaré en el salón, apurando un último trago.

Ella los acompaña a la planta superior, mientras me siguen con una mirada cansada y satisfecha. De repente dejo de verlos, y es ahí cuando me excito.

—Esta será vuestra habitación por esta noche. Espero que descanséis, a pesar de tanta agitación.

Unos minutos y se apaga la luz desvanecida a los pies del cuarto de invitados.

Es entonces cuando Mary me hace una seña y yo empiezo a subir las escaleras.


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