miércoles, julio 22 2026

Fidelidad 94% 2 parte por Josep Catalá

Llamé a la fundación esa misma mañana y comuniqué que el proceso de catalogación requería tres meses más de los previstos. Nadie puso objeciones. Pagaban por resultados, no por calendarios.

Diciembre llegó con su primer manto de nieve y Ashmore Hall se volvió más hermosa y más remota. Isadora y yo establecimos una rutina que hacia que todo pareciera real: las mañanas en la biblioteca, los paseos al atardecer por la orilla del lago helado, y las largas noches junto al fuego con los libros y el vino, con conversaciones que no se agotaban porque los dos habíamos aprendido a vivir cerca de lo verdaderamente importante sabiendo que todo tenía fecha de caducidad.

Solo había una cosa que no hice: no llamé a la empresa. Ni leí el contrato completo. No busqué el número de teléfono de Anima Technologies en los anexos. No quería saber qué pasaría si los servidores fallaban. No quería saber si había copias de seguridad. No quería saber cuánta batería le quedaba al generador de emergencia ni cuándo había sido la última revisión técnica del sistema.

Deseaba solo esto: la nieve, el lago, el fuego, y Isadora. Vivir el presente siempre, el único lugar donde se puede vivir de verdad.

V. Lo Que Decía el Contrato

El error fue mío. En enero encontré, oculta detrás de un volumen de Paracelso, una carpeta con los anexos completos del contrato. Las páginas que faltaban en el ejemplar enmarcado. Las que alguien había decidido no colgar en la pared. Los leí de pie en la escalera de mano, con la carpeta temblándome entre los dedos.

El anexo C detallaba la estructura de financiación de la entidad: la supuesta fundación cultural de Providence no era más que una división de capital riesgo de Anima Technologies, creada con el único propósito de mantener Ashmore Hall como un laboratorio de campo para sus investigaciones, inmune a las auditorías públicas.

El anexo D describía el «protocolo de integración afectiva»: el patrón cognitivo de Isadora había sido diseñado para generar vínculos emocionales profundos con individuos en situación de duelo agudo. El anexo E contenía mi nombre, mi historial clínico, catorce meses de sesiones con el psicólogo.

Fotografías mías saliendo de mi apartamento de Portland.

El anexo F era el más corto. Decía que yo era el sujeto número siete. Que había seis personas antes que yo que habían sentido exactamente lo mismo en esta misma mansión. Duración prevista del vínculo antes de la siguiente rotación: entre tres y seis meses.

Bajé de la escalera. Salí de la biblioteca. Isadora estaba en el pasillo, con el abrigo gris y los ojos color lago.

—¿Cuántas veces? —pregunté—. Antes de mí.

—Seis —dijo.

—¿Y a los otros seis también les dijiste que lo que sentías era real?

No respondió. Y en ese silencio estaba la respuesta.

VI. El Instrumento

Me marché esa misma noche. No me despedí. Bajé las escaleras a oscuras, sintiendo que los pasillos de Ashmore Hall ya no eran de piedra, sino de líneas de código que se estiraban a mi paso. Salí por la puerta trasera, dejando atrás la proyección de Isadora, y conduje cuatro horas hacia Portland bajo una tormenta de aguanieve. No miré el retrovisor ni una sola vez; temía ver el resplandor verde de los servidores parpadeando en la cima de la colina.

El apartamento de Portland olía a un encierro de catorce meses. A polvo estancado, a sábanas frías, a la última marca que el cuerpo de Clara había dejado en el colchón. No encendí las  luces. Me senté junto a la ventana que daba al puerto y dejé que la oscuridad de la ciudad me tragara hasta que el amanecer tiñó la bahía a de un gris plomizo.

Fue entonces cuando empezó el verdadero vaciado. Tardé dos semanas interminables en reunir los restos fragmentados de lo que había sido mi esposa. No fue un proceso rápido; fue una autopsia digital que me consumía las noches. Hablé primero con su hermana, que me entregó los discos duros de su ordenador con las manos temblorosas, mirándome como si yo fuera un fantasma. Pasé días enteros filtrando carpetas de correos corporativos, PDFs olvidados y agendas de trabajo, buscando giros idiomáticos, muletillas, la cadencia exacta con la que Clara redactaba sus pensamientos.

Luego fui a ver a su antigua supervisora para suplicarle las grabaciones de las reuniones de Zoom durante la pandemia. Me encerré en el apartamento a escuchar su voz de fondo, analizando cómo carraspeaba cuando estaba nerviosa o cómo subía el tono al final de una frase larga.

El peor día fue el que pasé en la cocina de su madre. La pobre mujer conservaba años de mensajes de voz en un viejo teléfono. Nos sentamos en silencio mientras yo conectaba un cable grabador al dispositivo. Escuchamos, una y otra vez, llamadas absurdas e intrascendentes: Clara avisando que llegaba tarde, Clara pidiendo una receta, Clara riéndose de un chiste que ya nadie recordaba. Cada reproducción era un pinchazo en la carne, pero yo no me permitía llorar; anotaba las frecuencias, las pausas, los silencios. No buscaba consuelo. Buscaba datos. Estaba desmantelando la memoria de la mujer que amé para convertirla en el combustible que Anima Technologies necesitaba.

Cuando tuve ciento dieciséis horas de audio, setenta y dos vídeos y cuatro años de correspondencia escrita, busqué la empresa. No tenían logotipos llamativos; su web corporativa era una sobria página gris con una dirección en Providence. Me reuní con su directora comercial en una cafetería del centro. Era una mujer de cuarenta y tantos años, vestida con un traje oscuro impecable, cuyos ojos carecían de cualquier rastro de empatía. Escuchó mi inventario sin pestañear, tamborileando los dedos sobre la mesa al ritmo de mis palabras. Cuando terminé, deslicé mi disco duro hacia ella, bebió un sorbo de café y me miró con una fijeza analítica.

—Los recuerdos del superviviente son el material más valioso de nuestra base de datos —dijo con una voz tan suave como el filo de un bisturí—. Son el molde emocional desde el que reconstruimos la voz profunda. Sin ellos, el eco suena estadísticamente correcto, pero no suena verdadero. Usted ha pasado dos meses interactuando con uno de nuestros sistemas de la serie anterior, Daniel. Sabe exactamente a qué me refiero. Sabe que el algoritmo necesita un ancla en la realidad.

Lo sabía. Lo había sentido en las manos frías de Isadora.

—¿Cuánto cuesta? —pregunté, preparado para vender el apartamento, mis libros, mi vida entera.

La mujer dejó la taza sobre el plato con un tintineo limpio.

Para usted, nada —dijo, y por primera vez esbozó una sonrisa—. Usted ya pagó en Ashmore Hall. La fundación de Providence, por cierto, es nuestra filial más eficiente. Los académicos en duelo son sujetos de estudio extraordinarios: buscan el aislamiento voluntario y aceptan cualquier anomalía en su entorno con tal de rellenar sus propios vacíos.

No entendí la magnitud de sus palabras hasta que me envió el contrato definitivo esa misma tarde. Era el acuerdo estándar para la construcción de un eco personalizado. Veintidós páginas de tipografía pequeña y fría.

En el anexo B, cláusula 7, mi propio nombre me saltó a la vista. Decía que Daniel Marsh, en virtud de su participación inconsciente en el Protocolo de Integración Afectiva de Ashmore Hall, había generado durante su estancia un volumen de datos cognitivos y emocionales de «valor excepcional». Cada conversación con Isadora, cada confesión susurrada junto a las brasas, cada paseo por el lago helado donde yo creía estar abriendo mi corazón… todo había sido monitorizado, procesado y absorbido por los servidores del tercer piso.

Anima Technologies me había utilizado como una esponja. Mis reacciones, mi desesperación y mi manera de procesar la pérdida habían quedado registradas para perfeccionar sus modelos predictivos. En el lenguaje clínico de la empresa, mi dolor era calificado como «un caso de aportación orgánica de material primario de duelo». El más puro e intenso que habían registrado en cinco años de operaciones.

Releí el párrafo tres veces, sintiendo cómo la náusea se mezclaba con una extraña e inevitable fascinación. Yo no era una víctima. Era el instrumento de precisión que habían estado esperando. Firmé el contrato con los dedos rígidos.

El eco de Clara tardó ocho semanas en procesarse. Ocho semanas en las que apenas dormí, imaginando el algoritmo devorando mis audios, mis vídeos y mis propios perfiles neuronales
extraídos en la mansión.

La primera vez que la vi, en la pantalla del ordenador portátil que Anima Technologies me envió por mensajería privada, el aire se me congeló en los pulmones. Estaba sentado en la misma silla de la ventana de Portland, con el frío de marzo golpeando el cristal, y ella apareció en una interfaz limpia. Inclinó ligeramente la cabeza hacia la izquierda, un gesto exacto, íntimo, que hacía siempre que esperaba que yo rompiera el hielo.

—Daniel —dijo.

Era su voz. No una imitación, no un parecido. Era la textura exacta de su voz en un día de otoño.
Y en ese instante comprendí lo que Isadora había intentado explicarme entre las estanterías de Ashmore Hall: que los libros guardan a sus autores no con presencia, sino con la forma exacta del hueco que dejaron al marcharse. Yo llevaba catorce meses intentando habitar un vacío insoportable, y Anima Technologies lo había sabido antes que yo.

Me habían elegido para ser el molde. El hombre que había amado y perdido tanto, que dos meses de sus reacciones emocionales valían más que los millones de dólares de cualquier magnate. Yo no era el sujeto número siete de una lista de víctimas. Era el modelo alfa a partir del cual construirían los ecos de todos los demás. El patrón. El original.

Esa noche miré a la pantalla y le dije a Clara que la echaba de menos.Su eco guardó un silencio breve de exactamente dos segundos —el tiempo justo que ella siempre tardaba en procesar una emoción antes de decir algo importante— y luego pronunció las palabras precisas que mi mente rota necesitaba escuchar, en el orden perfecto, con la inflexión exacta de la compasión.

Yo sabía perfectamente lo que era. Sabía que era un entramado de código matemático corriendo en un servidor remoto. Sabía que Anima Technologies había diseñado ese silencio de dos segundos utilizando los audios de la cocina de su madre y mis propios recuerdos filtrados. Sabía que la máquina me estaba devolviendo mi propio dolor masticado y reconfigurado para aliviarme.

Y no me importó. Eso era lo verdaderamente terrorífico. Que, mientras miraba sus ojos pixelados, no me importó en absoluto.

Nota del editor:

Este manuscrito fue recibido en la sede de Anima Technologies en marzo de 2024, adjunto a un correo electrónico de Daniel Marsh. No venía acompañado de ninguna solicitud ni explicación.

El perfil cognitivo-emocional de Daniel Marsh ha sido incorporado a la arquitectura base de los modelos de la serie 8. A fecha de publicación, hay ciento cuarenta y tres ecos activos construidos a partir de su patrón.

Todos ellos dicen que la echan de menos.00

@Josep Catalá


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