viernes, julio 31 2026

La inmersión por Vanesa Zamora Acosta

No sabía bucear y, a pesar de ello, se empecinó en que debía ser él, diera con la caja de Pandora y encontrar el anhelado tesoro del que todos estaban hablando. Incluso había salido en los informativos y prensa. Ya lo sabía. Se fabricaría un traje para ir de expedición por el fondo del mar. Sería como un astronauta o como Arenita, la amiga ardilla de Bob Esponja y Patricio.

–Germán, ¿estás seguro que ese chisme va a funcionar? con media cara de preocupación y media cara de emoción.

– espero que sí, cariño, y, si funciona lo patento y nos forramos– contestó Germán a su esposa con mirada y expresión avaras y codiciosas .

El traje,en realidad, parecía más un amasijo de piezas recicladas que otra cosa: bombonas viejas, tubos de plástico, una escafandra de segunda mano y cinta aislante sujetándolo todo como si fuera fe en estado puro. Elena lo miraba con ese gesto entre ternura y miedo que solo tienen quienes ven venir el desastre y no saben cómo evitarlo.

–Amor… esto no es un juego. ¿Y si pasa algo ahí abajo?

–¿Qué va a pasar? –respondió él, encogiéndose de hombros–. La gente exagera. Además, ¿te imaginas? Salgo con el tesoro, nos hacemos ricos, se acabaron las deudas…

Elena bajó la mirada. Las deudas. Siempre las deudas. Siempre ese brillo en los ojos de Germán cuando hablaba de dinero, como si fuera la única salida, la única forma de arreglarlo todo.

–No todo se arregla con dinero… –murmuró ella.

–Claro que sí –replicó él, casi molesto–. El dinero lo cambia todo.

Pero ya no escuchaba razones. Estaba ocupado ajustando tornillos, soñando con entrevistas y titulares. El día de la inmersión amaneció gris. El mar no estaba en calma, pero Germán lo tomó como un desafío.

–Es ahora o nunca –dijo.

–O nunca… –repitió Elena en voz baja.

Entró en el agua. El traje crujió. Dio un paso, luego otro, hasta desaparecer. Silencio.

Después, burbujas. Demasiadas.

Elena sintió un nudo en el estómago.

–Germán… vuelve…

Pero Germán no escuchaba. O quizá ya era tarde. Porque la avaricia no entiende de límites ni de prudencia, y cuando empuja, arrastra. Y en ese empuje, a veces, uno se pierde sin haber encontrado nunca nada.

@Vanessa Zamora.

@Imagen Pinterest


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