SUTILEZA (Mensaje en una botella) by Anabel García

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¿Había sido el nuevo trabajo? Puede, o al menos le había ayudado a poner distancia, y bastante sueño acumulado para no pensar. ¿Habían sido todas las cartas, los mensajes, las visitas y llamadas ignoradas? Difícil asegurarlo excepto que había sido, seguro, el bofetón que le había avisado de que por ahí no iba a conseguir nada.

¿O Había sido el consejo que le había dado aquel cliente borracho, desde el reflejo del espejo, con una corbata azul celeste llena de manchas y arrugas? Suzizeza. Susieza. Suezaza-i. Varias veces lo intentó, con distintas velocidades, vocales en lugar de las consonantes, y viceversa, hasta que logró entenderle. «Ah, quieres decir sutileza».

Ezo, ezoooooo… 

Daba igual que gatillazo hubiera encendido la bombilla de su tristeza o cuánto había tardado. Al final una combinación de todo, como los cócteles que preparaba los sábados para el grupo «Rueda Cubanita», había sucedido y le había dado lo más importante, ya tenía su leitmotiv.

Además, estaba más tranquilo, centrado, cansado con un cambio de horarios frecuente que lo mantenía activo, desorientado dentro un orden exquisito y dirigido a su nuevo plan vital, aunque no fuera del todo consciente. Sutileza. Todo con sutileza, como le había dicho el borracho, y por eso mismo, por lo sibilino, por lo pausado, él había tardado en darse cuenta.

Así que una vez reorganizado, una vez con su túnel reconstruido sólo quedaba tomárselo con calma, mientras alargaba más y más metros de penumbra, y eso lo estaba haciendo con lo que tenía a su alrededor.

La clave estaba en el método, si antes su persistencia y educación no habían sido muy útiles había que ir por otros derroteros más…sutiles ¿No era así como se lo habían aconsejado? Así que aprovechó la materia prima que le ofrecía el bar, al menos eso le iba a salir gratis. Su nuevo modo de comunicación sería a través de bonitos pergaminos enrollados dentro de botellas. Como en las películas, como en los libros y canciones que los nombraban. Así que entre turno y turno escribió con su mejor letra lo que tanto había querido decirles y las fue metiendo dentro del vidrio, uno detrás de otro, en fila india.

Llenó el suelo de su casa diminuta, el lavabo, la ducha, las estanterías con ellas. Acabo conviviendo con un brillo oscuro, verde esmerilado que actuaban como ojitos pequeños que le animaban, y le guiñaban destellos, hasta que decidió que había preparado los suficientes.

Alquiló una furgoneta y metió las botellas con sus mensajes. Condujo hasta llegar a lo alto de la explanada del campito, donde se juntaban, por lo menos así era ante.  Y fue bueno, agradable comprobar que algunas costumbres no habían cambiado y allí los tenía como cuándo aún él era bienvenido, uno de ellos.

Sacó las botellas, las colocó sobre la hierba mientras los oía reírse. Sintió un calor remolonear en el estómago, igual al que provocaban los chupitos pegajosos que sorbía de vez en cuando para no dormirse en el turno de tarde. Y con las luces encendidas de la furgo, directas hacia sus caretos, llamó su atención. Ellos se dieron la vuelta y él, desde esa altura que daba su posición, amagó un saludo:

Un mensaje directo, sorpresivo, contundente…Uno que entendieron bien. Mientras lanzaba las botellas contra ellos el aire, la luz de los faros coincidieron en algún silbido verde fluorescente que otorgó al momento un no sé qué de memorable.

¿Sutileza le habían aconsejado? Sutileza les estaba ofreciendo desde su nuevo marco.


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