miércoles, agosto 12 2026

Habitada, por Guadalupe Cisneros-Villa

Habitada, por Guadalupe Cisneros-Villa

Un cuento con una carga psicológica intrigante.

Inés llegó a su piso cansada. Tiró los zapatos sin mirar dónde caían y encendió la estufa para prepararse la cena. Esa noche se haría spaghetti. Puso música lenta y dejó que el vapor comenzara a elevarse desde la olla, prometiéndose que, al menos durante una hora, nadie la vigilaría ni le diría cómo hacer las cosas.

Su trabajo como bibliotecaria tenía días estresantes, y aquel había sido uno de los peores. Su jefa, meticulosa hasta la obsesión, supervisaba cada detalle con precisión enfermiza: enderezaba libros que ya estaban rectos, revisaba informes ya revisados y observaba a Inés como si esperara el error inevitable, como si desconfiara de su capacidad para hacer cualquier cosa sin supervisión.

Entró en la recámara para cambiarse y entonces lo notó. Sobre el peinador había objetos que no recordaba haber dejado allí: un collar negro con un dije en forma de luna creciente, pendientes largos y brillantes, demasiado llamativos para alguien que vestía tonos beige y gris, y frascos elegantes con etiquetas en francés, abiertos y usados, desprendiendo una fragancia dulce y densa que no le pertenecía.

Se quedó inmóvil. No recordaba haberlos comprado ni haber salido a comprarlos.

En los últimos meses habían ocurrido cosas extrañas en su piso: objetos movidos de sitio, cajones apenas entreabiertos, ropa doblada de una forma distinta y, sobre todo, la correspondencia. Cartas dirigidas a una tal Luna Delacroix llegaban con regularidad inquietante. Sobres oscuros, letras curvas, perfume persistente. Algunas eran simples notificaciones; otras parecían documentos laborales relacionados con cabaret, presentaciones nocturnas y pagos.

Inés no conocía a ninguna Luna.

Todo había comenzado después del robo. Recordaba el sonido de la cerradura forzada y el frío subiéndole por la espalda cuando abrió la puerta y vio sombras moverse dentro de su propia casa. Había gritado. Uno de ellos la empujó al huir y el golpe en la cabeza fue seco, brutal. Después, oscuridad.

Despertó en el hospital con una fractura leve y una conmoción que la mantuvo semanas internada. Los médicos dijeron que era afortunada, pero ella no estaba tan segura. Después llegaron las lagunas: horas inexplicables, cansancio al despertar y la persistente sensación de haber estado en otro lugar.

Y ahora aquello.

Se acercó al espejo, donde su reflejo parecía observarla con una intensidad nueva. Se inclinó un poco más y, por un segundo -solo un segundo-, le pareció que la sonrisa reflejada no coincidía con la suya. La música cambió: ya no era la melodía suave de la sala, sino un bajo profundo y vibrante que le recorrió el estómago y la sangre. Parpadeó y comprendió que ya no estaba en su apartamento.

Luces rojas flotaban en un humo espeso. Un murmullo grave de voces masculinas se mezclaba con risas densas y el tintinear de copas. Estaba sentada frente a un espejo rodeado de bombillas redondas, y el reflejo le devolvía una imagen que reconocía y desconocía a la vez: cabello suelto cayendo sobre los hombros desnudos, piel cubierta por un brillo dorado que capturaba la luz, labios rojos perfectamente delineados y un corsé negro ceñido a su cintura como una segunda piel.

Se llevó la mano al pecho. El corazón latía firme, seguro, sin miedo.

-Cinco minutos, Luna -dijo una voz tras la puerta.

El nombre no le resultó extraño.

Se puso de pie y caminó hacia la salida con la seguridad de quien conoce cada centímetro del lugar. El pasillo era estrecho y oscuro, impregnado de perfume y electricidad, y al final el escenario parecía respirar. La música comenzó como un latido grave.

-Con ustedes… ¡Luna Delacroix!

El telón se abrió y la luz roja dibujó primero su silueta: la curva precisa de la cadera, la línea firme de la espalda, la inclinación exacta del cuello. Durante un segundo fue solo contorno, una promesa suspendida. El público guardó silencio, y ella supo sostenerlo.

Dejó que el primer compás se expandiera antes de moverse. Cuando lo hizo, fue apenas un desplazamiento mínimo de caderas, tan sutil que parecía que el ritmo nacía dentro de ella. Deslizó una mano por su hombro con lentitud consciente y sus dedos descendieron por el brazo hasta la muñeca, disfrutando la tibieza de su piel bajo la luz. Los hombres se inclinaron hacia adelante.

Luna caminó alrededor del tubo metálico trazando un círculo pausado, casi ritual. Lo tocó con la yema de los dedos y el frío del acero contrastó con el calor de su piel brillante. Se impulsó hacia arriba con fuerza elegante; sus piernas se extendieron en el aire con precisión felina y giró suspendida lentamente, dejando que la tela capturara la luz. Un suspiro colectivo recorrió la sala.

Al descender no cayó: se deslizó. Sus pies tocaron el escenario con suavidad calculada. La música se volvió más profunda y seductora, y Luna arqueó la espalda con una lentitud que parecía estirar el tiempo. Cada movimiento era una invitación contenida; cada pausa, una caricia negada.

Desabrochó lentamente una prenda y la sostuvo unos segundos más de lo necesario. Sus ojos recorrieron el público sin detenerse… hasta que eligieron hacerlo. En primera fila, un hombre de traje oscuro apretaba la mandíbula.

Luna se acercó lo suficiente para que él percibiera el perfume dulce que la envolvía. Se inclinó apenas, dejando que su cabello rozara el borde de la mesa, y sostuvo su mirada con una sonrisa que no pedía permiso. No tocaba. No necesitaba tocar. El poder estaba en la distancia.

Giró de nuevo, y el brillo dorado de su piel capturó cada bombilla, cada deseo suspendido. Su respiración era medida; su control, absoluto. El escenario era suyo.

Entonces algo vibró dentro: un destello, estanterías alineadas, polvo sobre libros, un nombre susurrado con timidez. Su cuerpo vaciló apenas medio segundo. El público no lo notó. Luna apretó los labios.

-No ahora -murmuró.

La música alcanzó el clímax. Se aferró al tubo una última vez y dejó que su cuerpo descendiera lentamente, centímetro a centímetro, hasta quedar de rodillas. La cabeza inclinada, el cabello cayendo sobre el rostro, la respiración expandiendo el corsé.

Oscuridad.

Un segundo absoluto.

Luego el estallido: aplausos, billetes, voces pronunciando su nombre con hambre.

-Luna!
-¡Otra más!

Ella levantó el rostro y sonrió. No era una sonrisa tímida ni forzada, sino plena, consciente de lo que provocaba. Sabía que cada mirada estaba suspendida de su siguiente gesto. Durante ese instante no existía bibliotecaria alguna ni lagunas en la memoria, solo el pulso del escenario y la certeza del deseo contenido.

La música comenzó de nuevo y ella se dejó envolver.

Cuando abrió los ojos estaba otra vez frente al espejo de su apartamento. La olla hervía en la cocina y la canción suave seguía sonando. El collar negro descansaba sobre el peinador, pero ahora lo llevaba puesto. Bajó la mirada. En el suelo, junto a sus pies descalzos, había un billete doblado.

Y en el espejo, detrás de su reflejo, la sonrisa tardó un segundo más en desaparecer.

fotografía de Feliciano F. González


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