By Santiago Angarita
I. EN EL CORAZÓN DEL HUMO
En la noche, las montañas del norte del Cauca parpadean como si estuvieran vivas. Son miles de luces clandestinas que simulan un segundo sol: invernaderos escondidos entre cafetales pobres, alimentando un imperio silencioso de marihuana de alta potencia. “Creepy”, le dicen, como si el nombre no bastara para narrar el miedo.

No hay cifras oficiales. Solo sobrevuelos policiales que hablan de 347 hectáreas sembradas, mientras los campesinos se ríen en voz baja: “solo en Toribío hay más de 900”. Las estadísticas flotan como el humo: se esfuman apenas se intenta atraparlas. Pero lo cierto es que aquí, bajo la niebla y entre pesebres de guadua y plástico, se produce entre 1.300 y 1.800 toneladas de cannabis al año. Es la mayor fábrica vegetal de THC de Colombia. Y es completamente invisible para el Estado.
Aquí el tiempo no se mide en estaciones sino en cosechas. Cuatro por año si hay invernadero, dos si no. Las laderas son laboratorios genéticos rurales: Mandarina, Uvita, Gorila, Tangelato, La Blanca. Cruces. Esquejes. Bombillos conectados ilegalmente a redes eléctricas que nadie osa cortar. Cada cultivo, un pequeño acto de alquimia que transforma tierra olvidada en billetes. Pero, como siempre, el oro verde se queda en manos de otros.
II. EL ENGAÑO DE LA ABUNDANCIA
A simple vista, podría parecer que hay prosperidad. Que la marihuana sacó a los campesinos del hambre. Pero en el fondo de las veredas el cálculo es más crudo: por cada libra, les pagan apenas $18.000 COP. En las ciudades, esa misma hierba alcanza el millón. De cada 100 pesos, el cultivador ve 5. El resto se lo tragan las mafias, los transportadores, los revendedores, los capos.
En los resguardos indígenas algunos intentan poner orden: 1.000 matas por familia, dicen. Pero nadie hace realmente las cuentas. Todos saben dónde están los invernaderos. Todos saben quién manda.

La paradoja es cruel: miles de familias sobreviven gracias a un producto que los mantiene en la ilegalidad. Trabajan de sol a sol para un mercado que los rechaza, que los estigmatiza, que los utiliza y luego los olvida. Y sin embargo, siguen sembrando. Porque el café no da. Porque el plátano no paga. Porque el Estado no existe.
III. LA GUERRA NO HA TERMINADO
Después de la paz con las FARC, vinieron los que no firmaron. El Frente Dagoberto Ramos, la Jaime Martínez, el ELN, la Segunda Marquetalia. Todos quieren su pedazo del pastel cannábico. Todos con fusil al hombro. Todos con listas de quién vive, quién muere y quién puede sembrar.

A los líderes indígenas que se oponen, los matan. Albeiro Camayo. Breiner Cucuñame. Miller Correa. Nombres que se repiten en murales tristes, en marchas sin eco. La Guardia Indígena resiste, pero está sola. Y la fuerza pública aparece solo cuando es demasiado tarde… o no aparece en absoluto.
Las rutas están claras: mula hacia Nariño, barco al Pacífico, camión por la Panamericana, container por Buenaventura. El Cauca no solo cultiva: exporta. A Estados Unidos. A Centroamérica. A Chile. A donde paguen más. Y en cada viaje, un porcentaje de muerte va incluido.
IV. LAS PROMESAS ROTAS DE LA LEGALIDAD
En 2016 dijeron que el cannabis medicinal sería la salvación. Llegaron empresas con logos verdes y promesas de licencias. Los campesinos formaron cooperativas, llenaron formularios, esperaron el milagro. Pero el milagro tenía precio: $39 millones para una licencia psicoactiva. Más de $200 millones para ser “legales”. Resultado: 2 cooperativas sobreviven, 80 campesinos logran licencias. El resto, al olvido.

La legalización recreativa avanza en Bogotá a paso de tortuga. Debates, reformas, rechazos. Mientras tanto, el norte del Cauca sigue iluminado por bombillos robados y sueños a medias. ¿De qué sirve la ley si solo regula al que ya tiene capital?
El presidente Petro promete una economía sin licencias, como sembrar papa. Pero en las montañas la esperanza ya no se cultiva. Aquí se sobrevive. Se fuma. Se calla.
V. UN FUTURO QUE NO LLEGA
¿Qué pasaría si se legalizara de verdad? Si las comunidades tuvieran infraestructura, si las licencias fueran gratis o subsidiadas, si el Estado comprara sus cosechas a precios justos, si los niños no crecieran entre fusiles y cogollos.

¿Qué pasaría si el “oro verde” dejara de ser clandestino? ¿Si la marihuana se transformara en fuente de orgullo, no de vergüenza? ¿Si los cultivadores del Cauca fueran los nuevos empresarios rurales del país?
Por ahora, es solo un sueño. Pero en las montañas, bajo la niebla espesa y los invernaderos de plástico, hay quienes siguen creyendo. Que un día, entre las luces artificiales, florecerá algo más que cannabis.
Florecerá justicia.
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