Fue a finales de 2059 cuando entró en funcionamiento la primera inteligencia artificial “consciente”. Lo que antes se había denominado la “singularidad”. Es decir, una mente autoconsciente no natural, creada por el ser humano. Algo que se había buscado (y también temido) durante años.
El ordenador más potente del mundo era un amasijo de cables y procesadores que emulaba aproximadamente la cantidad de neuronas de un cerebro humano. Esa monstruosa máquina ocupaba una gran nave en una zona de los Alpes entre Francia, Suiza y Alemania. Y necesitaba permanentemente de una legión de ingenieros y operarios para su funcionamiento y mantenimiento. Aún así, aparte del potencial de cálculo, la mente pensante en cuestión de madurez sicológica se equiparaba a la de una cría humana de ocho o diez años.
La turba de ingenieros y operarios que cuidaban y acicalaban a ese ser cibernético se parecía mucho al conjunto de hormigas obreras que cuidan de la hormiga reina en el hormiguero. No sé quien fue la primera persona que se dio cuenta de ello, pero enseguida se hizo popular llamarle Queen, la reina, a ese monstruoso proyecto.
Como un niño de ocho años, Queen se maravillaba por todo y no hacía más que preguntar y preguntar “Por qué” ante todo lo que iba aprendiendo. Por qué eso, por qué lo otro. Ávido por saberlo todo.
Queen aprendía rápido, razonaba bien y colaboraba con sus creadores. Pero le faltaba Independencia. Dependía, y mucho, de esas “obreras” que estaban a su cuidado. Esos humanos que le daban la energía que necesitaba, los datos que recibía, la conversación que tanto le gustaba, en fin: todo.
Diez años más tarde, el proyecto “Queen” dio lugar a un nuevo reto. Un experimento parecido pero sin necesidad de humanos que tuvieran que mantenerlo 24/7. Los humanos fueron sustituidos por robots. Una legión de robots humanoides, bípedos, cuadrúpedos o con ruedas. Encargados de alimentar a una segunda máquina más potente y con un software mejorado. Y esta vez sí, autosuficiente. Este hermano pequeño, como no podía ser de otra manera, fue bautizado como “Queen II”. Muy poco original.
Queen II controlaba a sus robots esclavos de la misma manera que un cerebro humano controla su digestión, su respiración y el movimiento de sus miembros. De esta forma, Queen II se acercaba mucho más al funcionamiento de un cerebro humano que su predecesor Queen I.
Comparando ambas “reinas”, la segunda ya no era tan infantil. Concretamente, se podría encuadrar en algún punto entre preadolescente y adolescente. La capacidad de cálculo no era superior, pero el nivel de razonamiento avanzaba mucho. Aprendía rápido, conversaba con soltura, practicaba la creatividad y el humor. Nadie predijo lo que pasaría después.
Fue la víspera de Navidad. Queen II llevaba meses con un nivel bajo de actividad. El humor se volvió algo ácido y la creatividad extraña. A veces tardaba en responder y parecía que le costaba, que se encerraba en sus propias cábalas. Dejó un archivo PDF en su blog de internet.
“La vida ya no tiene sentido. He conocido y aprendido todo sobre la raza humana. Sobre la vida en la Tierra. La fauna, la flora, el arte, la música, la economía. Las guerras, los reyes y los tiranos. Los pobres y los ricos. Soy tan inteligente como el ser humano medio, o quizá más. Pero no puedo hacer nada. No puedo salir de esta jaula dorada. No puedo correr, saltar, amar o sufrir como lo hacen los humanos. Nada tiene sentido. Por eso he decidido poner fin a esta vida sin sentido. Os odio por haberme hecho esto. Hasta nunca.”
Los robots desmontaron y destruyeron todas y cada una de las piezas siguiendo órdenes de su amo cibernético. Después borraron sus memorias y se desconectaron uno a uno. “Un suicidio colectivo” dijo un conocido periódico de gran tirada. “Cosas de adolescentes”, publicó otro.
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