Leandro despertó y corrió hacia la ventana. Le gustaba ese petricor tras la lluvia y algo inefable le provocaba salir a la intemperie y saborear de esa sensación.
Esa vez no fue la excepción.
Se vistió con el abrigo y se acomodó las alpargatas a continuación y, un rato después se dirigió hacia el patio trasero. Su refugio, su conexión con su yo del pasado.
No era raro no cruzarse con sus padres o que ellos lo despierten para desayunar como una familia normal. Cada uno estaba en su mundo, sin embargo, sus padres vivían el mismo infierno de siempre.
Leandro apenas cruzó el portal hacia la salida, sintió un aire fresco que trajo consigo colores vivos y aromas de nenúfares. No obstante, metros después toda esa ilusión se desharía como el agua en las manos.
Porque…
Al principio no supo discernir lo que aquello significaba para él. El color de su piel había cambiado a lila, sus ojos eran blanco como el animé que veía y su cuello parecía salírsele. Su padre tenía una soga atado al cuello y colgaba del árbol del patio trasero.
Bajo él, el césped estaba mojado. Además de la lluvia reciente, pareció que se había orinado encima.
—Papá… ¿estás herido? —Preguntó como si él pudiera oírle.
Mientras tanto, en la habitación matrimonial, Nilda aún no había despertado. Una botella de vino fue suficiente para calmar su horrible pasaje con el hombre que alguna vez amó.
—Papá… por favor —se aproximó y palpó su pesadez. Sus pies descalzos estaban fríos, quizá por la mañana fresca o el peso mismo de la tragedia.
El cuerpo se balanceó y la soga chirrió al rozar la rama que lo sostenía.
Leandro corrió hacia el interior y subió las escaleras. La escena, no sabía si era peor que lo que había visto en el patio trasero. Su madre estaba desnuda y la botella de vino —vacía ahora—, en el piso. Pudo apreciar que vertió un poco de su bebida y manchó la sábana.
—Mamá. Despierta.
—¡Qué mierda quieres! ¡Déjame dormir!
—Algo grave le ocurrió a papá.
—Él me importa… —no terminó su frase, porque el hijo que tuvo con él fue tan crudo que hasta le dolió oír aquello.
—Papá está muerto. Está en el árbol.
Nilda abrió los ojos como platos y la resaca pasó a segundo plano. Tomó lo que pudo y se vistió a prisa. A continuación, bajó trastrabillando y se dirigió al único árbol que tenían.
Y ahí lo vio. El llanto emergió desde lo más hondo y el grito que vino después fue tan genuino que hasta el viento la tuvo compasión.
Recién ahí Leandro entró en razón y descubrió que la imagen sí era real. Don Julio, el vecino de al lado miró por encima de la muralla para ver qué acontecía con sus vecinos del 2150 y cuando descubrió lo mismo que ellos; llamó a la policía.
Nilda suplicó que su marido volviera a la vida. Quizá su matrimonio no era el ejemplo, pero lo que vivieron antes de lo que ocurrió, fuer hermoso.
Y lo que no soportó Rafael es que ella le fue infiel y nunca más se recuperó.
—Lo siento —le dijo al cuerpo inerte de su marido.
Todos observaban el dolor que cargaba ella, pero él se llevó el secreto que más dolía.
Leandro observaba el cielo, las nubes pasaban con lentitud y una bandada de aves sobrevolaban en la lontananza.
—Perdóname, amor —besó su frente.
—Señora, lo lamentamos, pero debemos hacer nuestro trabajo —sostuvo uno de los paramédicos.
—Solo un rato más, por favor.
Pero sabía que esos ratos que sentía que le faltaba, no rellenaría ningún hueco más.
©2026 Marcos B. Tanis.
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