S. Maugham (1.874-1.9675) fue uno de los más notables cuentistas en lengua inglesa. Sus historias mezclan elementos costumbristas con su característica genialidad manejando el suspense y la psicología de cada personaje. La carta es un elegante cuento de intriga con un desenlace magistral. Este fragmento narra la escena del crimen e invita a buscar el texto completo y disfrutarlo. Porque queda casi todo por decir. Feliciano F. González
La carta (fragmento) por Somerset Maugham
Entonces se tomó otro whisky con soda. Leslie se preguntaba si habría estado bebiendo antes. Había algo raro en él, y eso la hacía sentirse muy incómoda. Le observó servirse sin prestarla atención.
“No bebería más si yo fuera tú”, le dijo, todavía con un rasgo de humor.
Apuró la copa y la puso boca abajo en la mesa.
“¿Crees que te hablo así porque estoy borracho?” la dijo con rudeza.
“Esa es la explicación más creíble, ¿no?”
“Pues es una mentira. Te he amado desde la primera vez que te vi. Me he sujetado la lengua tanto como he podido, y ahora no puedo más. Te amo. Te amo. Te amo.”
Ella se levantó y retiró a un lado cojín del sofá.
“Buenas noches”, dijo.
“No ve voy a marchar”.
Por fin ella comenzó a perder la calma.
“Pero, pobre loco, ¿no te has dado cuenta de que yo nunca he amado a nadie más que a Robert, e incluso aunque no amase a Robert tú eres el último hombre por el que me interesaría?”
“¿Y a mí qué me importa? Robert no está en casa.”
“Si no te marchas ahora mismo llamará a los ayudantes para que te echen”.
“Están lejos como para oírte.”
Ella estaba muy cabreada ahora. Hizo un movimiento como para ir a la terraza desde donde con seguridad que el ayudante la oiría gritar, pero él la sujetó con fuerza por el brazo.
“¡Suéltame!,” gritó con furia.
“Ni hablar. Ahora te tengo.”
Abrió la boca y gritó “Mozo, mozo”, pero con un movimiento rápido él le tapó la boca con la mano. Antes de que supiera con que tramaba le había cogido en sus brazos y la besaba con pasión. Ella se revolvió, retirando los labios de su boca encendida.
“No, no, no,” gritó. “¡Suéltame, no quiero!”
Entonces se mostró confusa sobre lo que pasó después. Hasta ese momento recordaba todo con detalle, pero ahora las palabras le asaltaban los oídos en una mezcla de horror y pánico. Él parecía rogarle su amor. Rompió en exigencias pasionales. Y todo el tiempo la sostenía en sus brazos. Se sentía anulada, él era un hombre fuerte, poderoso y los brazos la cercaban los costados, sus esfuerzos por soltarse eran inútiles y sintió debilitarse por momentos, temió desmayarse y el aliento encendido contra su rostro la mareaba con intensidad. La besó en la boca, los ojos, las mejillas, el pelo. La presión de sus brazos la estaba matando. La alzó en el aire. Intento darle una patada, pero él la sujetó aún más cerca. Comenzó a transportarla. Ya no la hablaba pero sabía que tenía la cara pálida y los ojos ardiendo en deseo. La acarreaba al dormitorio. Ya no era un hombre civilizado, sino un salvaje. Mientras corría tropezó con un mueble que estaba en su camino. Su rodilla rígida le hizo que los pies le fallaran, y, con el peso de la mujer en los brazos, se desplomó. En un instante ella se desembarazó del hombre. Corrió alrededor del sofá. Él se levantó rápido y se lanzó hacia ella. Había un revólver en el escritorio. Ella no era una mujer nerviosa, pero Robert estaría fuera toda la noche, y por ello había tenido la intención de llevar con ella el arma al dormitorio al acostarse. Es por eso que el revólver estaba allí. Ahora la invadía el terror. No sabía lo que hacía. Oyó un gran ruido. Vio a a Hammond tambalearse. Él gritó y salió a la terraza. Dijo algo que ella no entendió. Estaba toda presa de un frenesí incontrolable, estaba junto a él, le siguió a la terraza, sí, fue eso, le ha debido seguir afuera, aunque ella no recordaba nada, le siguió disparando sin parar, disparo tras disparo, hasta que las seis recámaras se vaciaron. Hammon se desplomó en el suelo de la terraza. Se sumergía en un charco de sangre.
(fotografía de Feliciano F. González)
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