El paisaje, el arte y lo humano by Nacho Valdés

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La pequeñez del ser humano frente a lo natural puede entenderse como una constante cultural. Esta pulsión atraviesa épocas para llegar al presente con idéntica intensidad. Es más, buena parte de la reflexión se ha orientado a la comprensión de la magnitud de lo biológico frente a lo racional. Es decir, somos capaces de traspasar con la reflexión algo compuesto por innumerables variantes, casualidades, ciclos e interrelaciones. Algo, al fin y al cabo, incomprensible y caótico. La medida cósmica nos convierte en poco menos que motas insignificantes. No es necesario ir tan lejos, una simple tormenta, un temporal marítimo o la crecida de un río, que son fenómenos habituales, nos devuelven a nuestro lugar; una mínima esquina en la que desenvolvemos nuestras existencias. Deseamos, no obstante, capturar estas manifestaciones poderosas del entorno. Ofrecemos leyes y ciclos para comprender la realidad en un intento de antropomorfizar la magnitud inalcanzable de las fuerzas naturales. Si nos topamos con un orden, con una apariencia de regularidad, nos damos por satisfechos y nos empoderamos sobre lo ingobernable. Sin embargo, el simple estallido del trueno o el azote violento del viento nos empuja con determinación a la vulnerabilidad de la que partíamos. Volvemos a convertirnos en animales aterrados ante un espectáculo imprevisible y peligroso.

Humanizamos lo natural, lo apresamos con herramientas dúctiles y variadas. Una de las más apasionantes es el empleo del arte para la detención del torrente indescriptible que implica lo real. Este ha sido un medio fundamental a lo largo de la historia. Supone la expresión por cauces libres y emotivos. Implica la búsqueda de nuevos lenguajes y la necesidad de encontrar un sentido. Se trata, en definitiva, de una búsqueda condenada al fracaso, aunque el espectador y el artista sepan de lo fértil que resulta la ruta. Hemos hecho uso de pinturas, relatos o esculturas para establecer un orden humano ante lo indeterminado. Hemos creado dioses, ángeles y demonios para ofrecer consuelo. La poiesis nos ha concedido la oportunidad de romper con lo incomprensible y dar significado a nuestra condición precaria. Nos ubicamos en la profundidad de la infinitud y establecemos una cartografía sobre nuestras posibilidades. Seguimos recreándonos con la obra de artistas que nos ofrecieron su visión particular para dominar nuestras limitaciones. Esta es una hoja de ruta que nunca se agota cuando hay verdad en la estética. Rezamos a las divinidades que nos proyectan a la eternidad, aunque en el fondo sepamos que nuestras plegarias no serán escuchadas. Al final, quedan las historias, las narraciones y las representaciones. Variantes de una misma propuesta que persigue ubicarnos en el universo.

Esto es precisamente lo que consiguió César Manrique en Lanzarote. Frente al poder del fuego y la furia del volcán logró cimentar una dimensión humana sobre un paisaje único y majestuoso. Los ríos de lava, conformados por roca fundida y retorcida, devuelven su mirada para rebajar de inmediato nuestra condición. Enfrentamos los ciclos geológicos con la certeza de que podemos ser borrados de un plumazo. Un eructo de magma y desapareceremos. Somos conscientes de la violencia dormida y de la furia contenida, pero su contemplación es ineludible. El magnetismo de lo arbitrario y brutal nos hechiza con su embrujo. En un horizonte en apariencia inerte el artista nos educa para lograr observar con detenimiento y saber detener nuestra mirada en aquello que realmente importa. La orografía devastada encierra vida. Es más, la muestra de manera evidente, pero, como ha quedado dicho, necesitamos de la pedagogía del creador para saber orientar nuestros ojos. Entre las rocas ígneas y los vapores de la caldera surge algo de vegetación azotada por el viento. Bajo el sol canario descansan los insectos devorados por los reptiles y en medio de este poder se encuentra el hombre. Parece desvalido, aunque con la capacidad para usar el lenguaje poiético y así hacer partícipes a los demás de su propia visión. Un punto insignificante entre bloques retorcidos y mastodónticos. Algo infinitesimal entre la amplitud del cielo azul y el océano, un punto más entre las laderas rojizas y escarpadas.

Manrique logró dejar su impronta en la isla. Proyectó su propia condición que, al fin y al cabo, es la de todos nosotros. Consiguió aquello destinado a los artistas totales, a los seres humanos singulares capacitados para abrir nuevas veredas expresivas. De ahí la emoción cuando contemplamos su obra, cuando nos ubicamos durante un breve instante con su misma mirada. El cuerpo transmite la electricidad estática de las innumerables ideas que remueven la mente. Un gesto propio que logra transmitir mediante los fogonazos de su producción. Es artífice del chispazo que provoca la inspiración, que permite la cavilación frente a la enormidad. Su trabajo juega con las formas, con las texturas y los colores, pero contiene el aspecto familiar de lo que nace del volcán. Lo natural y lo artificial confluyen para la emergencia de una nueva realidad orgánica en la que los objetos, devenidos obra artística, capturan nuestra atención. El espacio se modifica y hasta el aire es capturado con sus esculturas móviles. Lo vegetal se funde con lo mineral y es tamizado por la mirada del receptor de la obra cuyos ojos son dirigidos por Manrique. Su espíritu se mantiene vivo entre material inerte que por obra de su intervención se transforma en el estímulo definitivo. Los detalles, los contornos y las nuevas realidades se funden, como el magma volcánico y la piedra negra, con nuestra mirada. Debemos detenernos para cavilar el impacto que produce, para asimilar un mensaje que nutre de vida la roca inerte. En el aparente páramo late el hombre, respira Manrique. Y nosotros podemos encontrarnos con él a través de su producción.


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