Una vieja historia por Ricardo Mazzaccone

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Helena, hija de Odiseo y Calipso, era la mujer más bella, inteligente y rebelde del antiguo mundo.
Consentida hasta el hartazgo, creció sin reglas, entre caprichos y desmanes. No conocía los límites,
no sabía cuándo detenerse, no respetaba ni los espacios ni las decisiones de los demás. Con su
vocabulario soez y procaz humillaba y deshonraba. Se sabía hija de un rey y de una pléyade y eso lo
volcaba orgullosa en una mesa o en una cama, donde fuera.

Paseaba su desnudez por toda la isla. Solo cuando estaba en el palacio se cubría con una túnica de
seda blanca, su único atuendo, a pedido de su padre.

Mientras la joven crecía desparramando su altanería y soberbia.

Una mañana, mientras Helena tomaba sol echada sobre una roca, un extraño barco de velas azules,
llegó al puerto.

Un bote con un solo tripulante se acercó. Era un hombre alto, de imponente aspecto y ataviado con
elegantes ropas, que caminó decidido hasta donde estaba la joven. Se quedó mirándola, extasiado.
Helena sabía que lo estaba haciendo y se sintió complacida. Minutos después le dijo.

—¿Haces algo más que mirar? ¿Hablas, ríes, tocas?

El hombre sonrió ante la insolencia de la muchacha.

—Si mi pequeña dama, miro, hablo, rio, toco, acaricio, beso, hago el amor ¿Tú sabes lo que es eso?
Helena se sintió desafiada y lejos de amedrentarse, abrió sus piernas y dijo.

—Ahora que lo pienso, creo que te estaba aguardando, hombre extraño. Reconozco que eres un
milagro pues en segundos, has prendido fuego a mi corazón mientras mi cuerpo se retuerce de
deseo. Ven que las horas son ligeras y no se detienen. Hazme tuya.

La reacción no se hizo esperar. El hombre desplegó sobre ella, toda su sabiduría en las artes
amatorias. Los gemidos de placer de la joven, se confundían con el graznido de las gaviotas y el
murmullo de las olas.

Se internaron en el mar y lo hicieron una y otra vez.

Agotados se acostaron sobre la arena y conversaron.

—Me conocen como el Corintio. Vengo del otro lado del mundo para amarte y morir. Déjame
contarte una historia; todo comenzó en una noche brillante, la luna se reflejaba sobre las olas y la
espuma blanca hacía girar las milenarias caracolas para dejarlas durmiendo sobre la arena. Yo
miraba la playa, melancólico, buscando respuestas hasta que de pronto, apareciste. Mi corazón
pugnaba por salir de mi pecho. Estaba sola, etérea, más bella que la Afrodita desnuda. En tus
cabellos se escondían haces de plata, tus labios tenían nubes de rubíes, tus ojos azules escondían
infinitos secretos del mar y tu piel era blanca como la nieve. Pero te fuiste como llegaste.

La hechicera del pueblo me había contado de ti, un día antes. Decidido a encontrarte, crucé mares,
desafié tormentas y monstruos milenarios. Y aquí estoy. Quiero que sepas que te amaré hasta
cuando no lo desees mi bella Helena. Tal vez hasta un día me olvides, pero yo seguiré amándote.
Ahora, te lo suplico, líbrame del tormento y cumple los deseos de mi corazón y los sueños de mi
alma—dijo y se puso de rodillas.

—Debo reconocer que estoy impresionada. Me siento amada como nunca lo sentí. Dejemos que las
horas nos enseñen el camino—le susurró al oído.

El hombre gritó el nombre de Helena y las gaviotas asustadas, se alejaron de la costa.

—Llévame a tu cama—dijo.

—¿Y tu ropa? —preguntó ella para luego lanzar una sonora carcajada.

Helena condujo a su amante a sus aposentos entre besos y risas.

Al llegar les pidió a sus criadas trajeran comidas, bebidas y que le prohibieran el paso a todo aquel
que osara interrumpir.

La entrega de los amantes fue absoluta. Nada los detenía, nada los complacía más que ser dos almas
en un solo cuerpo, unidas, atadas para siempre.

Cada día, ella recogía los suministros y cerraba la puerta.

Fueron sus padres los que se irritaron con la situación.

—¿Sabes su nombre al menos? ¿De dónde viene? ¿Qué hace? —le preguntó Odiseo a Calipso que caminaba de un lado a otro.

—Creo que ha traspasado los límites. Hace siete días que está encerrada con un hombre desconocido en su dormitorio. No sabemos nada de él.

Calipso, rio y dijo.

—Nuestra hija no conoce de límites. En veinte años no le hemos enseñado nada, amor mío.

—Pues creo que ya es hora, mujer.

Colérico, caminó con energía hacia el cuarto de Helena y al llegar, golpeó con furia la puerta. Pero no se abrió. Solo se escuchaban risas. Volvió a golpear, esta vez con los puños cerrados. Luego de unos minutos fue el Corintio que se levantó y abrió la puerta unos pocos centímetros.

Odiseo, con una patada la abrió de par en par, golpeando al hombre en la cara. Su rostro fue un
manto de sangre.

De inmediato, Helena corrió a ayudar a su amado, desnuda y ebria. Y comenzó a gritar.

—¿Qué haces padre? Eres un imbécil. Has lastimado a…— pero no terminó de hablar pues no
recordaba el nombre de aquel hombre.

Luego intentó ponerse de pie y no pudo.

—¡Helena! Debemos hablar. ¡YA! — dijo su padre.

Fue entonces que llamó a las criadas para pedirles bañaran a su hija, la vistieran y la llevaran a la
terraza para hablar.

Horas después, estaban frente a frente.

Se miraron desafiantes, pero en la mirada de la joven había locura y odio. Su piel olía a venganza.
Odiseo no llegó a decir palabra alguna. Helena se lanzó sobre él y le clavó una daga en el estómago.
Tenía los ojos rojos por la ira.

—¡Has enloquecido hija! ¿Cómo te atreves a atacar a tu padre? ¿Qué te ha hecho ese animal?

—dijo tambaleante y adolorido.

—¡Feliz me ha hecho! La felicidad era algo que no conocía con ustedes. Con él me iré muy lejos de
aquí y nunca regresaré. Los odio, te odio a ti, a mi madre, a todos en esta puta isla…

En ese momento entró Calipso con la cabeza del Corintio, dejando a su paso, un reguero de sangre.

—Te equivocas hija, no era un hombre. Su nombre real era Eris, hijo de Tánatos, dios de la muerte.
Este despreciable ser, recorría el mundo engañando a jóvenes como tú, para luego matarlas. Guarda
sus cuerpos y los enseña como trofeos a su padre y amigos. Puedes ir hasta el barco y verlo con tus
ojos. Hallarás decenas de jóvenes muertas. Y después de cortarle la cabeza, encontré entre sus
ropas, una extraña pócima: veneno que llevaba tu nombre.

—¡NO, NO, ¡es mentira! Eres una maldita— gritó desaforada. Ciega de ira se abalanzó sobre su
madre y le clavó la misma daga que había utilizado con su padre, en uno de sus pechos.

Los gritos atrajeron a los guardias que controlaron y maniataron a la joven.

La locura se había apoderado de Helena.

La calma llegó al día siguiente. Odiseo acordó con los dioses, el castigo divino para la joven.

Fue entonces que le pidieron al viento, ayudara al tiempo a envejecerla mil años y que el palacio
fuera su prisión.

La belleza de Helena se desmoronó, su cabello cayó, su piel se secó, sus ojos se apagaron y el
temblor de sus manos, la dejó al borde de la muerte, sin morir.

Allí se quedó, sola, triste, olvidada por el mundo, echada sobre la arena, llorando por su amado
Corintio, muerto por la asesina de su madre…

—Quizás algún día entienda.

—Tiene mil años para entrar en razón—respondió Odiseo.

@Richard


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