Se ha quedado dormida entre las butacas de un nailon negro y triste como las horas de los días rutinarios. Descansa, así sucede todos los viernes, desde que decidió que esta costumbre era mejor que cualquier ansiolítico: espera que los grupos de escolares se dispersen y —en la sesión más propicia, que es la más solitaria— se cuela en la sala, con una bóveda que preludia minutos de cómoda e incesante disolución en el espacio.
Pero hoy se ha dormido, quizá fue la entrevista demasiado larga de aquella revista, quizá los cuentos más abultados de una amiga que no quería dejar de leer… El proyeccionista la ha visto entonces acomodada e inerte en su butaca y no ha dejado pasar la ocasión. De repente Alice abre los ojos y está viendo, moviéndose con toda su vitalidad de personaje, al tapicero de Madera estampado sobre la bóveda, ese que fue primero un pintor. Unos segundos y es Prue, o Prudence, la cleptómana que tapiza su vida dispersa y banal con hurtos brillantes, espontáneos. Luego, las familias con sus idas y venidas, destrozándose a un tiempo y amándose, para todo o para nada, mientras se suceden en sus infiernillos bolsas de té o posos de café.
Para el final el proyeccionista ha dejado la habitación de hospital donde su padre se encabrita en su agonía. Alice ya está despierta para entonces y sus ojos se desplazan por la bóveda celeste, por el pseudocielo donde busca casi con desesperación una salida. Sale. Y luego se pierde por las calles de Toronto, buscando acaso en el cielo de verdad, gris, con nubes bajas, de esa tarde donde está —o no está— la vida.
Alice Munro (1931-2024), cuentista de la que se habla como la Chéjov canadiense (yo la veo más cáustica e incluso más reflexiva), introduce en la literatura el principio de incertidumbre, pero, en vez de formular —como Heisenberg— con sus cuentos que es imposible conocer simultáneamente y con total precisión dos magnitudes físicas complementarias, nos habla de que es imposible acaso conocer la verdad que hay tras muchos de sus personajes, porque, entre otras cosas, toda comunicación es imposible. Para ello se vale de su maestría con la voz que narra, y de las variaciones entre las distintas publicaciones que realiza de sus relatos (un pintor de carteles se transforma en una versión posterior en tapicero, por ejemplo), lo que introduce la realidad del relativismo en su narrativa. Por todo ello —imagino— recibió en 2013 el Premio Nobel, para mi alegría. Aquí aparecen troquelados varios de sus cuentos de Las lunas de Júpiter, a mi juicio el mejor de sus libros.

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