El Nacimiento, por Ariel Azor

Estimated read time 4 min read

El escritor uruguayo Ariel Azor ha publicado una extensa relación de novelas, novelas breves y cuentos. Traemos aquí el titulado El Nacimiento. Un argumento trágico, de realismo explícito en un entorno social opresivo. El cuento es parte del libro Ácido (Ed. Croupier, Argentina, 2015). Feliciano F.González

El Nacimiento, por Ariel Azor

 Polidoro hace buches con aguardiente y los escupe con todas sus fuerzas sobre su antebrazo maldiciendo palabras en el idioma de sus antepasados, salpicando también el piso de la cocina, escapando de la pieza de al lado, donde el horror de los gritos y el olor a sangre y muerte se mezclan.

A veces, inclina la botella sobre su boca tragando el fuerte líquido hasta que le quema las entrañas y otras maldice en confusas palabras a la vez que sostenía con todas sus fuerzas cuando fue operada, en carne viva, para que su hijo naciera.

La desgraciada mujer, caída en el sueño de la fatiga y desmayo por tanto sufrimiento, ahora dormía. Su marido, enfermo y paralítico desde hacía tiempo en el catre de arriba, decidió cortar con su vida rebanándose la garganta.

El niño no para de llorar y las comadres no dejan de gritar rezando mientras limpian la sangre que está en las sábanas y en los colchones.

EL médico ya se había ido y, con él, se llevó el cuerpo del fallecido.

Todos sabían por qué el marido se había suicidado mientras el niño nacía, pero nadie decía nada. Tampoco vieron el momento en que lo hizo, todos tenían sus ojos puestos en la cama de abajo, en la joven india que gritaba, maldecía y mordía a quien la sostuviera mientras el médico trabajaba en ella.

Polidoro notó que los ojos apagados de su rival, desde la cama de arriba, no dejaban de mirarlo con odio mientras él sostenía, abajo, a la desesperada mujer, y también vio el brillo de su arma blanca escondida bajo las sábanas que le anunciaron el peligro que le acechaba, y procurando ser más astuto y rápido para que no fueran él, el niño o la mujer los que probaran el filo del cuchillo, sintió alivio cuando lo escuchó gemir y lo vio darse la vuelta recostando su cara frente a la pared, dándole la espalda a todo, salpicándola de sangre.

El doctor, con el niño dando sus primeros llantos, ante su quietud e indiferencia, apoyo su pie en la cama de abajo mostrándole que era un varón el recién nacido y lo encontró sin respuestas, ahogado en su propia muerte.

Polidoro apagó sus pensamientos y miedos de lo que había pasado, sacudió la botella mirándola y se tomó de un sorbo el resto de aguardiente. Su cara de cacique, parda, se puso pálida.

En la otra pieza ahora reinaba el confundido silencio del murmullo.

—Habrá sido para no ver a su mujer sufrir tanto— se escuchó decir a una de las comadres, que no quería decir lo que sabía.

Polidoro entró y tomó al niño en brazos. «No hay dudas», se dijo. Lo levantó tan alto como pudo, mostrándoselo al cielo, a las comadres y a sus antepasados.

—Es igual a su padre—, gritó. Lo apretó contra su pecho y lo besó en su calva y parda cabeza. La madre, ya despierta, dijo:

—Perdóname por haberte mordido; el dolor me obligó.

Llevó el niño hasta ella.

Míralo— le dijo míralo, es igual al padre y a la madre, los caciques siempre existiremos y ahora sí al fin podremos vivir juntos.

La mujer, susurrando, señalaba hacia arriba. Le preguntó:

—Y, ¿qué hay de él?

—Él ya no molestará más.

Las comadres se miraron sin decir nada.

fotografía de Feliciano F. González

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours