La muerte rueda hacia Chichuahua.- Capítulo 2 por Carlos Cubeiro

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¿Y ahora?…

Marthasa logró incorporarse. Con los ojos vidriosos y las mejillas con una mezcla de lágrimas y polvo ocre del desierto comenzó a caminar hacia el lugar del accidente. El viento había aumentado de nuevo, las ráfagas hacían volar latas y restos de bocadillos resecos que alguien había dejado allí de forma desconsiderada. Caminaba muy despacio hacia el horror, como si no quisiera llegar nunca. No deseaba verlo, pero eran sus amigos, lo habían sido los últimos quince años y debía ir. El motor de un vehículo se acercaba a ella. Cada vez estaba más cerca y por su sonido no parecía aminorar la velocidad.

Marthasa miró de reojo hacia atrás con el tiempo justo de tirarse sobre los arbustos para apartarse de su trayectoria prefijada. Se preguntaba quién querría atropellarla. Los chirridos de las ruedas sobre el asfalto caliente la ponían en alerta sobre las reales intenciones del automovilista. Los gritos del conductor le encogieron el corazón, una sensación de impotencia recorrió todo su cuerpo en forma de sudor helado. Acababa de reconocer su voz.¡Tenías que estar dentro de la autocaravana!¡ Te he seguido y tenía razón al hacerlo, dicen que la mala hierba nunca muere! ¡ Pero de ésta no te salvas! vociferó aquel hombre. A través de la ventanilla, Marthasa pudo ver el doble cañón de una escopeta de caza. Si, allí estaba Nero su expareja, con las peores intenciones.¡ No me dejarás jamás!¡ Para mí o para nadie!, fueron sus últimas palabras antes de apretar el gatillo. Una tras otra salieron las dos balas de gran calibre usado en caza la mayor. La sangre salpicó todos los cristales de la pickup de color negro.

El grito de terror de ella asustó a una pareja de buitres que aguardaban que llegará su alimento. Quizás esperaban que Marthasa desfalleciera para dar cuenta de sus breves carnes. Quizás intuían algún desenlace mortal de aquel encuentro nada amistoso. El rostro del portador del arma aparecía ahora totalmente desfigurado con los ojos salidos de sus órbitas, sin nariz y con los dientes esparcidos por el suelo. Las dos balas habían rebotado en el único poste de hormigón en más de cien kilómetros, impactando de lleno en el rostro de Nero ante la incrédula mirada de la joven cantante
Marthasa.

@Carlos Cubeiro

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