“Me voy a hacer un rosario con tus dientes de marfil, para que pueda rezarlo cuando esté lejos de ti”, cantaba Juanito Valderrama en su canción “El emigrante”. A mi madre –hija y hermana de emigrantes- le encantaba esa canción, pero se reía de buena gana ante ese salvaje verso: mejor no tomárselo en serio, claro. ¡Me he acordado de la canción cuando he leído sobre la exposición “Holy pop!” organizada en Londres y que contiene, por ejemplo, el chicle que Nina Simone mascó y tiró tras un concierto y que recogió, fundió en plata y guardó con fervor un miembro de su banda o la rama del árbol contra el que se estrelló el coche de Marc Bolan en un accidente que le costó la vida. La comisaria de la exposición, Tory Turk, dice que trata sobre “la afinidad que se siente entre desconocidos cuando idolatran a la misma estrella” de la música, la literatura o el cine. Los medios lo definen como una muestra del fetichismo actual.
Imagen aportada por la autora
Fetichismo es una palabra que deriva de la portuguesa “hechizo” y que afrancesó y divulgó el erudito Charles de Brosses a mediados del siglo XVIII en una obra sobre las religiones africanas (“la Nigritie”, dice el título de su libro). Se define como la creencia de que ciertos objetos poseen y otorgan a su poseedor poderes sobrenaturales, pero a menudo se confunden fetiches con amuletos, talismanes u otros instrumentos mágicos que, supuestamente, hacen que llueva, que una mujer se quede embarazada o que no caiga sobre uno la mala suerte. Aunque un objeto que se crea que sirve para algo puede ser el punto de partida para sacralizarlo, no lo convierte en un fetiche, puesto que éste es un objeto de veneración tan inútil como el chicle de mi admiradísima Nina Simone.
Sí tiene mucho que ver, sin embargo, con la religión y ha sido una relación ampliamente estudiada por los filósofos y que es muy interesante porque algunos aseguran que la sociedad actual tiende hacia el fetichismo en detrimento de la religión, a pesar de que aún se dé a ésta una connotación positiva o negativa, en función de que se sea o no religioso, y al fetichismo sólo una connotación negativa, como algo relacionado con los pueblos primitivos o con una conducta patológica, pues la Psiquiatría llama así a una perversión sexual, sobre todo desde que Freud usó ese concepto para describir una forma de parafilia, en la que el sujeto amado es un objeto o una parte del cuerpo de una persona. Cuarenta años después del estudio de Freud sobre el fetichismo, Karl Marx, sin embargo, publicó “El capital” y allí lo define de una forma muy diferente, como uno de los componentes más importantes del capitalismo.
Mientras que otros filósofos, como Comte o Lubbock consideraron el fetichismo como una fase del pensamiento religioso –para Comte sucede al ateísmo y precede al politeísmo y, finalmente, al monoteísmo y para Lubbock es la fase “en la que el hombre puede obligar a las divinidades a cumplir sus deseos”-, Marx se remonta “a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencia independiente y relacionados entre sí y con los hombres” para hablar del fetichismo como una forma de religión: los seres humanos crean a los dioses a su imagen y semejanza (que no al revés) y luego éstos se emancipan y se convierten en fetiches, al igual que sucede con las mercancías. Gustavo Bueno, sin embargo, en su obra “Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión”, reivindica “una desconexión radical, que no excluye la posibilidad de eventuales entretejimientos sobre las múltiples ramas del fetichismo con otras no menos frondosas de la religión”.
Según Bueno, no es un impulso religioso contra otro impulso religioso sino uno religioso contra un impulso fetichista lo que llevaba a Santa Clotilde, por ejemplo, a destruir las estatuas de emperadores romanos en Las Galias. Es curioso, por cierto, que paganos romanos consideraran el cristianismo como un culto fetichista y, sin duda, hay un alto grado de fetichismo en el culto a las reliquias, ya sea el diente de Buda, el brazo momificado de Santa Teresa o… el chicle de Nina Simone. La Virgen del Rocío –señala este filósofo-, “funciona como un fetiche estético, como piedra miliaria en el tiempo social y psíquico de miles y miles de andaluces que encuentran en su simple contemplación el principio de su tranquilidad espiritual”.

Fetichismo y religión son, en todo caso, formas de control social y para Gustavo Bueno, en la actual sociedad post-industrial, mientras que la religión “apenas puede sostenerse por sí misma, si no es asociada a otros procedimientos de control social que poco tienen que ver con la religión genuina”, el fetichismo tiende a fortalecerse, pues las nuevas tecnologías se nos muestran envueltas en una racionalidad que “parece contener en sí el peligroso principio de una revolución permanente en lo que se refiere a la morfología de los objetos del mundo entorno”.
Nada, pues, de sorprendente, tiene la exposición londinense y aún menos que se lleve a cabo en un museo, tan emblemático, además, como el Somerset House, si tenemos en cuenta que un museo no es sino un recinto para la conservación de objetos intangibles, tabuados y sin utilidad práctica. Igual que los parques zoológicos son los lugares donde refugiamos a los númenes primarios, los museos de Arte son el refugio de los fetiches más característicos de nuestros días. No en vano, a menudo se les llama “templos de la escultura y la pintura”, pues contienen nuestros fetiches absolutos, a menudo ininteligibles y siempre intocables, distantes en sus vitrinas.

Y termino citando textualmente a Gustavo Bueno: “El arte abstracto, especialmente el no figurativo, al estilo de Picasso y sobre todo de Miró, podría considerarse, acaso, como el más genuinio alimento de las necesidades fetichistas de las sociedades urbanas contemporáneas, probablemente de aquellos grupos sociales que han perdido el interés por la religión. Ofrece formas o figuras sin significaciones obvias, pero formas que son custodiadas en edificios costosísimos, planeados con la finalidad de conseguir que esas formas se mantengan siempre intactas, y queden situadas en una atmósfera extra-económica en la cual esas formas pierden incluso su valor de cambio; son formas que precisamente por tener esas características, podrán adquirir la condición de valores supremos, en virtud de motivos literalmente incomprensibles (pues, aparentemente, un bulto de Miró, es, en sí mismo, enteramente trivial). Comienzan a ser «arcanos» fetiches. Visitarlos “ es una ceremonia fetichista, que educa a los ciudadanos en la conciencia de que existen valores concretos (físicos, perceptuales) que están por encima de ellos, que hay que acatar. Me atrevería incluso a considerar a muchos de estos museos como instituciones destinadas a ejercitar una especie de «crítica del juicio estético» paralela a la «crítica de la razón” (…) Es, por lo demás, evidente, que así como el culto a los númenes secundarios y terciarios, se refuerza y se mantiene de modo regular gracias a su entretejimiento con los intereses económicos de sacerdotes y políticos, también el culto fetichista de las obras de arte plástico se refuerza y hace posible gracias a su entretejimiento con los intereses económicos de marchantes y de inversores (pues el fetiche se convierte, con gran facilidad, en moneda diferida)”.
Esther Bajo
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