Al salir de la escuela donde cursaban el último año de secundaria, Marcos le hizo una señal a Hernán. ¡Había llegado el día de ir a despertar a los chaneques! Fueron a dejar las mochilas a sus respectivas casas. Los adultos estaban en una peregrinación, y no regresarían en varios días.
Más tarde los muchachos se encontraron de nuevo en las afueras del poblado.
—¿Trajiste todo? —preguntó Marcos y Hernán asintió.
Salieron rumbo al sitio arqueológico, tomando un camino desconocido por turistas y lugareños.
—Esta zona no ha sido explorada y es perfecta —dijo Marcos, ilusionado.
Encontraron las ruinas de una pared de piedra. En el lugar había muchos pedazos de barro; les decían tepalcates. Era lo que quedaba de los utensilios usados por los antiguos pobladores.
—Mira, ese tiene buen tamaño, Hernán. Sobre él haremos el fuego y nos sentaremos junto a la muralla; esta nos ocultará de miradas indeseadas.
Hernán examinó el cacharro. Tenía forma irregular y manchas de tizne. Luego, dio una ojeada por los alrededores.
—Me siento como un profanador —dijo en voz baja.
—¡Tonterías!
—Hay muchas hojas secas. Limpiemos un poco, no vaya a ser que nos pique un alacrán o nos muerda una víbora.
—¿No te estarás arrepintiendo, verdad? —dijo Marcos, burlón.
—No —dijo Hernán, molesto—. Y se sentó muy decidido sobre la hojarasca, sin limpiar nada.
Desde chiquillos y de boca de los mayores, ambos habían escuchado la leyenda de los chaneques o duendes. Algunos eran buenos con la gente, cuidaban las milpas de cualquier daño. Otros eran traviesos o malvados y perdían a los niños o hacían bromas pesadas. Los más malos podían cambiar la forma humana por alguna otra, ya fuera animal, vegetal o mineral. El tono con el que hablaban los ancianos de estos personajes denotaba miedo y respeto. Alguien contó que a veces permanecían dormidos y se requería de un ritual especial para despertarlos; se pensaba que pagaban con favores inmensos a quien hiciera esto por ellos.
—Si logramos sacarlos de su sueño, pediré que me hagan rico. ¿Y tú? —preguntó Marcos.
—¡Que se arrepientan de dejar paralítica a mi tía abuela!—dijo Hernán con vehemencia.
—¡No creo que ellos lo hayan hecho! Ella ya es muy vieja. Ni se ha de acordar de lo que realmente le pasó.
—En cualquier caso, ellos la puedan sanar. ¡Eso pediría!
Se turnaron para cuidar el fuego, que no debía apagarse por nueve días y nueve noches. A ratos quemaban copal y semillas de cacao y maíz. Dejaron jícaras con agua alrededor de su pequeño campamento, por si los chaneques despertaban y tenían sed. Dormir era muy difícil por los ruidos nocturnos que hacían los insectos, sobre todo las chicharras y su molesto zumbido metálico. Los sonidos súbitos de animales abriéndose paso entre el follaje los desconcertaba, sobre todo a Hernán. Casi no tocaron la comida que llevaron, no sentían hambre y lo atribuyeron a la magia que realizaban. Conforme pasó el tiempo, fue evidente el costo que tenía en sus cuerpos y mentes el ritual: se veían demacrados, cansados. Marcos decía que ya estarían por la octava noche, cuando apenas iban en la quinta. Hernán tenía pesadillas. Soñaba con su tía abuela, que era niña y corría por un sendero de la selva perseguida por un chaneque. La pequeña se paraba en seco delante de un barranco y era empujada por el duende. Hernán se sentía cada vez más arrepentido de estar ahí.
En la séptima velada, Hernán recogió decidido sus cosas e inició el camino de regreso al pueblo escuchando de lejos las burlas de Marcos.
—¡Eres un cobarde!
Cuando las tinieblas de la novena noche cayeron, Marcos cayó en un sueño profundo. Le despertó un fuerte olor a hojas podridas. Abrió los ojos y frente a él estaba un chaneque. Tenía cuerpo de niño, pero su cara estaba surcada por profundas arrugas, como las de un anciano centenario. El hombrecillo le extendió lo que parecía ser un trozo de oro macizo. ¡La magia había funcionado! Cuando Marcos tomó feliz aquel pedazo de oro, sintió un latigazo en la espalda. El oro no era más que el pobre tepalcate de barro donde había ardido la fogata. El duende reía a carcajadas, sobándose la panza por el esfuerzo. Marcos no se sentía bien. Su respiración era muy rápida y su visión tampoco estaba normal, pues percibía todo en tonos azules y amarillos. En la penumbra, vio movimientos en la periferia. Era como si sus ojos estuvieran ubicados a los lados de su cabeza. Tardó en darse cuenta de que ya no era más un ser humano, sino un perro. Quiso gritar y de su garganta solo salió un lastimero aullido. Corrió despavorido en cuatro patas mientras aquella criatura se desternillaba de risa.
La desaparición de Marcos consternó al pueblo. Años después Hernán regresó a la zona arqueológica, lleno de remordimientos. Se encontró con un perro que, al verlo, ladró como si le conociera. Luego se acercó al joven y gimió bajito mientras le extendía una pata. Hernán lo acarició, pero algo en la mirada del animal lo inquietó. Nunca volvió a aquel sitio y siempre se preguntó por la suerte de su amigo. Con el tiempo se marcharía del pueblo, para irse a vivir a la ciudad.
Al perro Marcos lo adoptó un hombre que lo alimentó y lo cuidó. Siempre le intrigaría la inteligencia que tenía, pues solo le faltaba hablar. Pasaba los días a la entrada del antiguo asentamiento, y la gente se sorprendía al ver a aquel can subiendo y bajando por las ruinas con habilidad y soltura. Guiaba a los que se retrasaban y se aseguraba de que no se quedara nadie fuera de la hora permitida. Parecía muy contento cuando, al caer la noche, su amo lo encerraba en casa, a salvo y seguro de las travesuras de los chaneques.
Autor: Ana Laura Piera
Este relato es una versión revisada de otro que fue publicado en la Revista digital Masticadores el 23 de noviembre de 2021. Está inspirado en una visita a las ruinas de Toluquilla, en Querétaro, México.
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