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Despedida con pesar by Frank Spoiler

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Me levanto extrañamente inquieto, he tenido una noche horrible, desasosegado, triste y cariacontecido. Miro alrededor, me siento tan solo… Mis pies se mueven casi sin querer hacia el armario de cuatro puertas acristaladas por espejos que me devuelven una imagen fantasmal y demacrada de mí mismo y una cama enorme pero, vacía y fría sin ella…

Al llegar a él lo abro y hurgo entre la ropa allí dispuesta y colocada sin orden ni concierto (el orden no está ni viene precisamente injertado en mis genes), por fin, en una de mis viejas chaquetas, hallo lo que con tanto ahínco buscaba, una carta, un ocho de tréboles de una baraja americana, una carta con la que gané su primer beso.

Con ella en la mano me dirijo hacia otro entrañable rincón, una vieja mesa escritorio donde una vez escribí preciosos poemas de amor para ella y que hoy serían testigo y herramienta de mis últimas letras.

«Mi adorada Sofía… Me gustaría saber cuál sería la mejor manera de empezar esta carta para que me entendieras… pero sé que no va a ser fácil, ni yo mismo me aclaro, ¿cómo hacer entonces que tú lo entiendas?

Pero sí tengo seguro que lo mejor que hice en la vida fue casarme contigo y tener a nuestros dos maravillosos hijos.

Sé que pocas cosas más habré hecho bien, seguramente ninguna o muy pocas.

Tampoco sé si por ello te debo de pedir perdón, pues si de algo no he de sentirme culpable es de ser como soy… ¿Tengo acaso que sentirme culpable por haber nacido siendo un ser  débil y endeble?, o lo que es peor. ¿Haberme convertido con el tiempo en un mueble, inerte e inútil?

Un mueble sí, porque al igual que éste, solo me muevo cuando algo  o alguien me arrastra.

Sé que es triste y lamentable que sea yo mismo quien me diga todas estas cosas pero, qué hacer, ¿no debo ser sincero conmigo mismo, si es lo que en verdad siento?

Te debo de agradecer muchas cosas, muchas, la primera: fuiste la primera mujer, (después de mi madre), que en verdad me amó tanto que, viví muy feliz contigo durante los primeros años. En realidad me hacías sentir un hombre importante, amado, respetado y querido. Tuve mucha suerte al haberte conocido, (cuando ya creía que nunca nadie se enamoraría de mi ni me amaría jamás).

Te he querido y he amado muchísimo, y aún me duele la boca del estómago cuando acuden a mí tus recuerdos, sobre todo, el modo en cómo te conocí, ¿cómo olvidarlo?… parecías una leona con tu media melena ondulada y pelirroja al viento…

Sé que te lo he dicho muchas veces pero, me dejaste boquiabierto y con el corazón pegando brincos y saltando de gozo, (aunque sé que lo disimulé muy bien, no quería volver a ilusionarme para después perder de nuevo).

Pese a todo, hice lo imposible por alejarme y olvidarme de ti, mi vida ya por aquel entonces era casi tan miserable como lo es hoy día, salvo por una sola diferencia, era más joven y no estaba tan achacoso como lo estoy actualmente.

También es verdad que estaba sin un céntimo, a punto de quedarme sin trabajo.

Asombroso e increíble, conocerte y quedarme en la calle fue todo en uno. ¿Qué podía hacer entonces? Los amigos tiraban de mí para que siguiera yendo de juerga con ellos y yo intentando convencerlos de lo contrario, que se olvidaran de mí.

No fue posible. Cuando ya creía que lograría que te olvidaras al no poder verme ni estar contigo, vino un amigo —Carlos, a pedirme ayuda, quiso que lo acompañara a tomar una cerveza, quería desahogarse conmigo, hablarme de su situación con Silvia, y volví a verte.

Y ya no pudimos separarnos. Incluso me tragué el orgullo, me lo guardé en las entrañas, lo encerré con llave y cerrojo y luego me tragué la llave, para que no se abriera jamás.

¿Qué comienzos, verdad? Si tus recuerdos son tan buenos como los míos… puede que no todo se haya perdido, siempre nos quedará los bellos momentos y… nuestros hijos.

Pero, en fin, lo que yo quería hacerte saber con esta carta no es otra cosa que, pedirte perdón.

Sí, perdóname… perdóname por no ser el hombre que tú creíste que era, por no ser tampoco el marido que esperabas. Y por no ser buen padre para nuestros  hijos.

Perdóname… por dejarte sola cuando más me necesitabas, por alejarme, sin pensar que, a nuestros hijos, la casa, la comida, ropa o estudios, no les llega por el aire.

Por ser tan cobarde… de no saber valerme ni saber cómo salir de todo esto, por mantenerme alejado, tal vez,  de la vida real Por ser un fantasma sin decisión, un pelele de la vida, o, un soñador, esperando,  un destino que cambie mi forma de ser o mi manera de pensar, un destino que, nunca llega.

Aunque no, más bien soy una nave sin timón esperando a que llegue la marea o sople el sotavento y la mueva.

Es posible que jamás llegues a leer esta carta. Ni siquiera confío en que tengas la sensibilidad suficiente para perdonarme, (son muchos años creyéndome incomprendido por ti) y no es un reproche, quizás soy demasiado complicado.

Si tuviera la certeza que mis hijos alguna vez pensaran en su padre,  lo hicieran con orgullo…

Sé que es muy difícil, no se gana uno el respeto de sus hijos solo con amarlos como yo los amo, hay muchas más cosas que no tienen de mi, por mi culpa.

Espero, si algún día ellos leen esta carta, sepan que, pese a ser un cobarde, un ser insignificante, poca cosa y que nunca llegaré a hacer por ellos lo que hace un verdadero padre, sepan que los amé con toda el alma y que los amaré siempre… esté donde esté.

A ti, poca cosa más tengo que decirte, tal vez que me voy de esta vida sin saber si aún te amo, aunque sí sé que amo tu recuerdo, los buenos recuerdos que vivimos juntos.

 

De todos modos sigo diciendo lo mismo…

Perdóname, Sofía…

Quédate con los mejores recuerdos, de ellos vivo yo.

Ojala que tú y mis hijos, si alguna vez pensáis en mí, no sea para maldecirme.

Diles que los amo con toda mi alma…

No poseo gran cosa, bien lo sabes, pero si al morir queda alguna posesión que sepas que todo será para tu disfrute y el de nuestros hijos.

Cuídate y cuida mucho de mis hijos… Ojala y esta carta nunca tenga que llegar a tus manos, y que la razón no sea otra que la de que yo haya enmendado mis errores y sea digno de vuestro amor y cariño. No te diré adiós, sino, hasta siempre…».

Con amor: Daniel.

 

Nota encontrada bajo la cabeza ensangrentada de Daniel Bárbate Pulido, por un disparo de una pistola semiautomática austríaca, la Glock 17 (modelo g17). Sofía jamás pudo llegar a leer la carta pues murió tres años antes debido a un cáncer de pulmón. Daniel nunca lo supo, obviamente.

 

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