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Amazonia by Paulina Barbosa

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Nos habíamos preparado para esto, tan sólo el viaje en sí nos había llevado dos semanas, entre hacer las reservas de avión, conseguir dos maletas estilo mochilero, comprar comida suficiente y ropa cómoda. Ahora apreciaba desde la ventana de la avioneta la imponente selva amazónica bajo nosotros, cuando hacia un año exacto había pensado que mi esposo había enloquecido al sugerir mudarnos a la selva en una misión divina, todo por un sueño, cambiar nuestras comodidades, la casa que recién habíamos remodelado, dejar el auto, la ciudad, todo por un sueño que marcó el corazón evangélico de mi esposo generando la necesidad de ir a predicar entre los aborígenes.

  • ¿Estás bien? No te habrás arrepentido, ¿verdad? – dijo apretando mi mano
  • ¿Serviría de algo? – le sonreí –. Bromeo, estoy contigo
  • Menos mal – lo notaba entusiasmado –. Ya verás que te gustará vivir entre los indígenas, el pastor James me contó que son personas de buen corazón y que aún se guían por sus costumbres, con poco conocimiento del mundo exterior
  • Suena… interesante – la avioneta comenzó a planear el aterrizaje

 

Mientras veía aproximarse el descenso no pude evitar pensar en las bellas playas de Copacabana y en el cosmopolita Río de Janeiro, dónde Dave me había llevado poco antes de comenzar nuestra aventura; en esos días realmente comencé a asimilar lo que se avecinaba y silenciosamente había entrado en pánico, probablemente si hubiera desistido ahora volaría de vuelta a Canadá, pero no, después de hablar por última vez con mi madre ella me hizo entender que mi deber como esposa era al lado de mi marido: , “en las buenas y en las malas”,    —había citado.

 

Después de aterrizar tendríamos que seguir a nuestro guía por el interior de la selva hasta llegar a la pequeña aldea de indígenas, un recorrido de un día por senderos difíciles, en aquel momento lo que más me preocupaba era la fauna; parte de nuestra preparación consistió en reconocer las especies venenosas y los depredadores a los que nos veríamos expuestos. En ese sentido sabía que estaba sola, pues Dave les tenía fobia a las serpientes y en casa era yo la que me encargaba de cualquier insecto intruso. Aún no comprendía como alguien como él había decidido internarse en la selva.

Carlos, nuestro guía, hablaba poco inglés, mucho menos francés, aunque era reservado, durante las primeras tres horas de camino sólo escuchamos la suave llovizna deslizarse por la vegetación que nos rodeaba, yo estaba agotada pero no dije nada, me concentré en los sonidos, insectos, más que nada como miles de cigarras a nuestro alrededor, una rama golpeó mi cabeza y me obligó a levantar la vista, sólo alcancé a divisar una larga cola, suspiré, miré a mi alrededor y no vi más a Dave o a Carlos, continúe caminando por instinto, por fortuna no se alejaron, unos metros más adelante los encontré.

  • Serpiente – susurró Dave— señalando un árbol. Tristemente esa serpiente engullía lo que hacía unos instantes me había lanzado una rama, encontré un pedazo de tronco para sentarme. – ¿Estás bien? Descansaremos – Miró a Carlos
  • Sólo unos momentos – dije – ¿Dónde estamos?
  • Cerca de la frontera con Perú – Carlos respondió—, casualmente Dave se había alejado – Ya nadie queda a donde se dirigen
  • ¿Nada? – asintió
  • Peligroso – en ese momento mi esposo volvió y Carlos aparentó beber agua
  • Podemos seguir – miré a Dave pero no dije nada, sólo me puse en marcha

Conforme avanzamos la selva cambió drásticamente, cada vez más espesa y peligrosa, en el camino Carlos sólo me dirigía la palabra cuando Dave no estaba cerca, casualmente a mi esposo se le desvanecieron los miedos, mutaba de la misma manera que el ecosistema que nos rodeaba, ahora tenía un aspecto descuidado que le confería rasgos poco familiares a mis ojos, se había dejado crecer la barba, su piel lucía requemada y tenía los ojos inyectados de un tono rojizo, todo en conjunto le hacía lucir como alguien peligroso.

Al atardecer llegamos a lo que parecían los restos de una aldea. Dave se alejó para examinar las chozas destrozadas, noté algunas flechas, acompañadas de jirones de ropa semienterradas en el lodo.

  • Extranjeros – miré a Carlos – muerte
  • ¿Aquí? – asintió – ¿Quién?
  • Nativos – no pude preguntar nada más, Dave me llamó desde una de las palapas, sostenía un arma que nunca le había visto

Pasaríamos la noche allí, aunque no creía poder dormir, así que me dediqué a unir las pistas que me había dado Carlos, mientras mi esposo y nuestro guía pasaban la noche en vela afuera de mi pequeño refugio de palma. Saqué mi diario de viaje de la mochila, pero no logré encontrar mi lapicero, probablemente se había caído en el camino, miré el equipaje de Dave y lo tomé en silencio, el lapicero que necesitaba estaba en un bolsillo lateral pero cuando lo saqué se deslizó su libreta. Antes de siquiera pensarlo mis manos ya estaban sobre sus hojas, entonces encontré la carta, sólo alcancé a leer unas líneas: “El pastor James y el hermano Simon murieron en una emboscada, será mejor que vuelvan, la misión fracasó”, tuve que contenerme para no gritar, no pude siquiera leer el resto.

Escuché pasos afuera y guardé todo como estaba, luego me tendí en la colchoneta aparentando dormir, Dave se recostó a mi lado y me besó la frente antes de abrazarme. Quería gritarle que era un mentiroso que podríamos morir, poco a poco sentí como se formaba un nudo en mi garganta que pedía salir pasaron unos minutos hasta que le escuché roncar suavemente.

Horas antes del amanecer me escabullí de sus brazos, agarré mi mochila en silencio, miré el arma junto a su mochila, no lo pensé, sólo la tomé y salí de la palapa. Carlos también guardaba sus cosas, no lo había notado pero no debía ser mayor que nosotros, le bastó mirarme para comprender.

 

  • Ahora o nunca – susurré, él asintió mientras se adentraba en la selva por el mismo sendero que hacía unas horas habíamos recorrido, le seguí sin mirar atrás.

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