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Delirio mitológico by Verónica Boletta

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Pedro se retuerce en el camastro como si viviera una pesadilla. Sobre el colchón mugroso se recorta una figura delgada de extremidades fibrosas. No se adivina su edad  Largas jornadas de trabajo en la selva le han hecho hombre siendo joven. Quizás aún es joven. Ni él lo sabe. Su nacimiento no fue registrado por la autoridad. Sus padres tenían otras preocupaciones. El menor de siete hermanos llegó a este mundo de leyendas y pobreza en un lugar aún más duro que el infierno descripto por el cura que de tanto en tanto visitaba el rancherío.

A fuerza de no tener opciones el mundo se reducía a ese claro en la selva, abierto a golpe de machete de generación en generación, por gente como él, sin apellido.

Aún dormido abre la boca intentando llenar sus pulmones de aire. Es una tarea difícil. Requiere de todas sus energías. La atmósfera es viscosa, pesada, húmeda. La cercanía del trópico de Capricornio se hace sentir con todas sus fuerzas. El calor agobia. El único alivio es el agua y la hay en abundancia: el río Paraná en las cercanías, la lluvia casi constante y el rocío en las noches.

A pocos metros de los ranchos, la selva se alza compacta como una pared. El suelo rojizo es un buen nutriente para las raíces de los árboles. Crecen desordenados, mezclándose, invadiéndose. Las ramas pugnan por elevarse buscando un trozo de cielo libre, un poco de sol para hacer la obligatoria fotosíntesis. Es una guerra desatada por un elemento vital que lleva siglos. La inmovilidad de los contendientes la hace pasar desapercibida pero ocurre, invisible.

Todo allí es exagerado. El verde es más intenso. El calor, más sofocante. El agua, permanente.

A punto de boquear como un pez fuera del agua Pedro se incorpora del catre rodeado por el sopor que ralentiza sus movimientos. Se mantiene en pie con dificultad. Sus piernas flaquean. Pocas veces se ha sentido así. Alguna vez, de pequeño, atacado por alguna enfermedad de los gringos. No es dueño de su cuerpo. ¿Será frío eso que siente y lo hace temblar? Desconoce el frío. Vive en una única estación. Sólo sabe del día y de la noche.

Casi arrastrándose, afirmando la espalda en las paredes de adobe para sostenerse, llega al hueco tapado por una lona, la puerta que oficia de entrada o, en su caso, de salida. Moverse le ha sentado bien. La sangre entra en circulación, se despereza. Avanza unos pasos hacia el patio en común, el centro al cual miran las entradas de las otras taperas.

Es extraño. El sol cae a pique y allí no hay nadie; ni mujeres cocinando pescado, ni hombres clasificando los frutos recogidos, ni niños corriendo. Sólo hay silencio.

El sueño, como las ramas que bien conoce, lo tiene atrapado. Es una pesadilla pantanosa, una ciénaga de la cual no puede salir. Intenta hacer pie refregándose los ojos. Mira sus manos, extrañamente hinchadas y recuerda la jornada anterior, la araña pequeña, de brillante cuerpo rojo, hincándole el diente en la carne. Como en otras ocasiones no le prestó atención. Se limitó a matarla sin odio, sin sentimientos, una cuestión de sanidad y supervivencia. Aplastarla contra su mano no fue la mejor idea. Ahora sospecha haber empujado la ponzoña dentro, una venganza última y fatal.

Escucha voces. Aguza la vista, herida por el sol del mediodía. Prolonga sus cejas con la mano a modo de visera. Se acercan. O tal vez sus sentidos se exacerban. Escucha lenguas extranjeras, ni español ni guaraní. Sin embargo, las comprende. Tal vez el cura gringo tenía razón en eso de las virtudes y los talentos que proporciona el Espíritu Santo. A lo mejor, a los pobres también le llegan las bendiciones.

Presta atención, sorprendido. Una madre tapir indica a su cría:

—Apúrate, hijo. Bebe en pequeños sorbos pero no te confíes. Dicen que los yacarés no gastan energías en cazarnos pero hay que ser prudentes y no poner a prueba la tradición. Somos paticortos y pesados…

—… y no podemos correr rápido —concluye la frase el pequeño. Ya lo sé, mamá. Siempre lo repites.

—Son mis lecciones para cuando nos separemos, hijo. Estás próximo a los dos años, llegado a esa edad te independizarás. Y ahora date prisa, es tiempo de nuestra siesta.

Pedro se sorprende. Sabe de sobra que hay tapires en la zona. Es difícil ver alguno, sin embargo. Cambian sus hábitos diurnos en proximidad de los humanos. Los evitan. Son huraños aún entre los suyos y, por eso, descreen de las manadas.

Pretendiendo que notaran su presencia agita los brazos. No logra su cometido. Aplica más energías en la faena. Sus pies desnudos se alejan del suelo. Se eleva. Asustado continúa frenéticamente la tarea. Mira hacia un lado y descubre, con horror, que su brazo izquierdo es un ala brillante. Teme mirar hacia la derecha. No hace falta. Sabe que allí hay un ala, también. Empuja la nariz hacia adelante, como si fuera un timón, y planea hasta el río. Quiere verse, romper el hechizo. Se acerca al agua y allí, donde debiera estar su imagen, un tucán lo mira. Grita. Grazna. Chilla.

Un oso hormiguero suspende su actividad exploratoria. Mira hacia el cielo. Suspira a través del túnel de su hocico.

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