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Banana by Paulina Barbosa

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Cuando la conocí recuerdo que pensé que parecía una niña pequeña, era menuda, flaquita, de baja estatura, resaltaban un par de ojos almendrados debajo de una capa de pelo lacio recto. Compartíamos carrera pero ella formaba parte de los próximos graduados, casualmente, en nuestro círculo de amigos todos coincidían en decir que si alguien de nosotros alcanzaba el éxito literario sería ella.

Le llamaré “Banana”, por aquel tatuaje con doble sentido que escondía en el vientre, la dualidad que se encontraba dentro de ella, por fuera en apariencia una niña y en todo sentido una mujer.

Siempre me pareció un ser sacado de aquellos mismos relatos que escribía con fervor en una vieja libreta, no me enamoré de ella inmediatamente, al principio me pareció algo orgullosa, quizá porque no conocía su historia. Su madre era coreana y su padre mexicano, divorciados, cuando “Banana” tenía tres años, desde entonces hasta los 15 había vivido en Corea del Sur con su madre y emigrado a los 16 a México para vivir con la familia paterna. Tenía cambios de humor constantes, pasaba del blanco al gris y finalmente al negro con tanta inconsistencia que nunca sabía que esperarme.

“Banana” era algo, por decirlo de alguna manera, era sumamente reservada pero en ocasiones no paraba de hacer bromas, parecía que dentro llevaba un volcán listo por hacer erupción, era dos cosas al mismo tiempo, y así llevaba dos vidas a cuestas, por un lado su legado coreano y por el otro su herencia mexicana. Lo nuestro fue una mera casualidad, hablábamos poco, incluso en aquellas tertulias entre amigos, pero fue gracias a una y a un exceso de copas que terminamos enrollados. El resto es historia, nos volvimos inseparables, aunque sabíamos de antemano que al cumplir 20 ella volvería a Corea.

Para nosotros era normal hablar de todo, quedarnos recostados en la cama mirando los picos del techo mientras charlábamos de la escuela, la vida y nuestros autores preferidos. Hacíamos el amor en pocas ocasiones, a veces, ella sólo escondía su rostro en el hueco que se formaba entre mi brazo y mi torso inhalando y exhalando hasta que finalmente se quedaba dormida, yo comprendí que era la manera en que ella relajaba la mente y se olvidaba del mundo, esa era mi función, yo estaba de acuerdo con el papel que ella me había asignado en su vida sin aspirar a nada más.

—¿Por qué eres tan flaco? – soltó una vez mientras pasaba su mano por mi piel contando las costillas

—No lo sé, metabolismo acelerado, supongo – soltó una carcajada

—Me gustan tus huesos – suspiró y se dejó caer sobre la almohada

—A mí me gustas tú

No respondió, cerró los ojos y en poco tiempo su respiración se volvió acompasada, había caído dormida. La miré con detenimiento, era muy flacucha, parecía tan frágil como una muñeca de porcelana, su pelo alborotado, sus párpados rosados, su nariz chata, el pequeño lunar escondido entre su nuca y la raíz de su pelo.

—Me gustaría que vinieras conmigo – soltó entre sueños y se acomodó en su costado, sentí como si me mirara a través de sus párpados, le quité el pelo de la cara y besé su frente.

Esa fue una de las últimas noches que pasamos juntos antes de que ella se fuera. Nunca mencionamos una relación en todas sus letras, al verla aquella noche tan frágil al tiempo que tan llena de vida por primera vez me dio miedo perderla, la idea de su ausencia me invadió de pronto como un vacío que nunca sería capaz de rellenar, así sin siquiera poder decirlo me di cuenta que estaba perdidamente enamorado de “Banana” y sólo podía aspirar a que ella me correspondiera.

Pero nunca me dijo siquiera un “te quiero” y así fue como la vi partir una calurosa tarde de verano. No hubo despedida, ella salió de mi vida y entonces pensé que no volvería.

Pasaron 10 años sin tener noticias de ella, los primeros meses su ausencia me golpeó de lleno, no podía siquiera escribir sin pensarle, así que muchos de mis relatos se llenaron de su esencia, luego con el éxito en puerta me ofrecieron una estancia en Londres y sin saberlo también me estaban ofreciendo el reencuentro con el amor universitario.

Cuando la vi entrar por aquella puerta, todos aquellos sentimientos que habían estado reprimidos dentro de mí volvieron con un golpe seco. Invierno, Londres, una librería de tantas y ella, mi “Banana”, aún tan pequeña, pero con los rasgos más definidos, parecía una muñeca de porcelana, su piel se había tornado aún más blanca que cuando la conocí, me quedé boquiabierto, y desee que no pudiera reconocerme, pero lo hizo, lo supe en cuanto me miró directamente, entre las personas que nos rodeaban, ella decidió mirarme a mí.

Dijo que había visto mi foto en un periódico escolar, lo cual era cierto pues desde hacía meses era asistente de un profesor de literatura, el artículo era sobre él, no sobre mí pero me habían fotografiado como parte de su séquito de alumnos de nueva generación o algo así, todo ello se lo expliqué a ella con un café de por medio, para mi sorpresa (o quizá no tanto) “Banana” ya era profesora de planta en su natal Corea aunque se encontraba de paso por Londres.

Ese primer café entre ambos después de años de ausencia me llevó a recordar los buenos tiempos que pasamos juntos en la universidad, las fiestas, las salidas turísticas por mi ciudad, las noches en vela, las cacerías de libros; recordamos todo ello, como si no hubiera pasado el tiempo platicamos largas horas hasta el amanecer recorriendo las calles de Londres.

Desperté mucho antes que ella, era medio día y la luz grisácea se colaba por la ventana de mi departamento, era sábado así que no tenía compromisos ese día, me quedé mirándola, absorto por esa inusual imagen, sentí que había vuelto en el tiempo, le besé el pelo y entonces advertí el reflejo de la luz sobre su piel.

Esa imagen se ha repetido muchas veces ante mis ojos. No supe la razón por la que “Banana” decidió buscarme, nunca le pregunté, pero después de reencontrarnos no nos volvimos a separar, ella se mudó a Londres conmigo.

De nueva cuenta sin siquiera planearlo decidimos invadir la vida del otro, ahora ya han pasado tres años desde aquel acontecimiento, aún me despierto cada mañana antes que ella sólo para comprobar que no estoy en un sueño, pero “Banana” sigue a mi lado.

 

 

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