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Falsas apariencias by Antonio Guillán

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Como hijo mayor recaían sobre Pedro, por imposición, distintas tareas que eran exclusivas del padre y que este detestaba. Le había pillado el gusto y convirtió a su vástago en el chico de los recados, para todo. La lista de marrones no paraba de crecer. Era uno de ellos lavar el coche del progenitor, ¡en plena calle!, esto Pedro lo llevaba muy mal. Vivían en un barrio del centro, denso, bien poblado, se podría decir que en la “milla de oro” por la categoría de muchas personas y la profusión de  elegantes comercios. Hacía poco que había cambiado de colegio, asimismo por capricho paterno. Ahora iba a un centro elitista, abarrotado de pijos, algo que nunca le había hecho ninguna ilusión; no pertenecía a esa clase. Jamás se acostumbró. Sabía que el padre lo hacía buscando la relación con lo más granado de la sociedad, para que pudiera valerse de apellidos ilustres, llegado el momento. Al no tener carné de conducir – no alcanzaba la edad – se veía obligado a bajar de casa, un décimo piso, con los todos los pertrechos necesarios para llevar a cabo aquella odiada labor, evitando viajes extra: cubo, esponja, bayeta, jabón. El agua había aprendido a pedirla en un garaje próximo que curiosamente tenía en el lavado manual de vehículos una de sus principales actividades. Él soñaba con llevar el auto a un descampado.

En la primera planta de un edificio de lujo que hacía chaflán, constituido casi todo él por una enorme cristalera que daba justo al salón principal, vivía una de las familias más célebres de la ciudad. Entre sus miembros estaba la chica que le gustaba a Pedro – y a todo el barrio -, su amor secreto. No había más que acercarse al ventanal para ver cómo un ruborizado mozalbete se afanaba en fregar, medio escondido, un Simca 1200 Special, color cobre metalizado, techo de vinilo negro muy ingrato de lavar por su rugosidad. Esta perspectiva derrumbaba las hipotéticas aspiraciones de conquistar a su dueña y señora que pudiera albergar, cuyos hermanos acudían, para mayor inri, al mismo colegio que el hundido mozo lava coches. Pedro podía percibir el desprecio. Hubiese preferido el ninguneo. No existir. Se daba por satisfecho masturbándose en honor a su dama cuando la sangre se lo pedía.

Años más tarde se la encontró en una transitada esquina. Flaca, decrépita, ojerosa, desfigurada. Le faltaban unos cuantos dientes, los que le quedaban estaban negros. Le pidió a Pedro unas monedas. Y al hacerlo lo reconoció. Se le iluminó el rostro exhibiendo aquella sonrisa tan marchita. La siguiente noticia que tuvo de ella fue que había muerto. De SIDA. Su padre ya había fallecido en un accidente de tráfico cuando regresaba borracho al hogar tras una de sus rondas puteras. Algún que otro hermano había pagado también un cruel tributo a la vida abandonándola de forma traumática. Pedro hacía muchos años que no lavaba ningún coche en la calle.

Antonio Guillán

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