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El corazón roto by Diana González

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Alvaro estaba tercero en la parada central de Gran Vía. Después de repasar con una bayeta el salpicadero, el volante, los pequeños parasoles,  para finalmente guardarla en la guantera, salió del taxi y se quedó recostado en la puerta.

Mientras distraído escuchaba la radio del vehículo y mirando hacia Gran Capitán vio como una persona salía de un edificio arrastrando con dificultad y demasiado ímpetu dos maletas y dos bolsos grandes que llevaba colgados en cada brazo. Avanzaba por la vereda con decisión y dificultad, no parecía prestar atención a lo que estaba haciendo, indudablemente iba hacia ellos. El vehículo en primera posición se ocupó.

 

Carmen que apenas podía con su mudanza. Entre toda la ropa que llevaba encima, más la angustia que da sentir el corazón roto  y no tener más remedio que tener que volver a vivir con su hermana no vio la baldosa flota, ni el balandro en el que se engancharía una de sus maletas y fue sin más remedio a dar de bruces al piso.

 

Apenas un segundo antes que sucediera Álvaro supo lo que iba a ocurrir y sin dudarlo avanzó los cincuenta metros que lo separaban de aquella persona que luego de trastabillar había quedado desparramada por el suelo, rodeada de equipajes.

 

Llegó antes que nadie, en principio un par de bienintencionados transeúntes ayudaron, finalmente, solo quedó él sosteniendo los bolsos y las maletas y viendo como Carmen tras quitarse la capucha mostraba su cara a la luz de la tarde.

 

Tendría veinte, o veinte y poco— pensó — los ojos color miel más grandes del universo, la piel tersa, ni un solo gramo de pintura y la cara empapada por el llanto.

 

— Gracias, soy muy torpe. Iba a tomar un taxi —dijo sorbiendo lágrimas, sacudiendo sus abrigos e intentando, sin conseguirlo, dar un tono casual a su voz congestionada.

— Tranquila, no pasa nada. Te acompaño.

Y diciendo esto los dos avanzaron a la parada. Cuando estaban a poco menos de diez metros el auto en primera posición se ocupó. Sin dudarlo Álvaro avanzó hacia el maletero de su taxi cargó el equipaje de manera rápida y eficiente mientras Carmen ocupaba el asiento de atrás.

Ágil y atento tomó su lugar al volante y con su voz más cordial preguntó

— A dónde te llevo.

— Placeta Carvajales 31.

Su charla fue en principio sobre el clima, las anécdotas, lo sucedido recién.

Cosas casuales que uno charla con un desconocido —pensaba Álvaro.

Cosas que debería callarme y no hablar con un desconocido se censuraba Carmen.

Ni él solía ser un gran charlatán, ni ella entendía porque le contaba todo lo que le estaba contando a  aquel taxista. Se supone que tengo que estar amargamente triste. Se cuestionaba mientras llegaban a la calle cercana que daba acceso a la escalera que era Placeta Carvajales.

Álvaro se había enterado que allí vivía su hermana Andrea, que ella estaba regresando después de haberse jurado no volverlo a hacer y que por suerte Andrea todavía faltaría un par de semanas porque por trabajo estaba en Barcelona. Todo esto lo decía revolviendo en su cartera, en principio con tranquilidad para terminar haciéndolo con desesperación mientras volvían a enrojecerse sus ojos  y  por lo bajo se la escuchaba repetir

— ¡Mierda, mierda, mierda!

Álvaro no estaba ajeno a la situación pero continuó bajando las maletas que colocó sobre la acera.

Carmen estaba entre desconsolada e histérica. Él se acodó en la ventanilla y tranquilo le preguntó

— ¿Algún problema?

— No tengo la billetera, ni manera de pagarte.

Como toda respuesta él volvió a subir al vehículo, la miró por el retrovisor mientras  con los mandos cerraba todas las ventanillas, tomó la llave, se dirigió a abrirle la puerta y sonriente agregó

— Supongo que no tienes pensado huir del país ni estás por ser incorporada a un plan de protección de testigos.

Ella bajó del auto llorando e intentando sonreír a ese apuesto treintañero, alto, de cabello renegrido que desde que la había ayudado a ponerse en pié no había hecho otra cosa que reconfortarle.

—Vamos, te acompaño hasta la puerta, porque con estos chinos, empedrados y maletas no creo que tengas mejor suerte que frente a la parada.

— Si, gracias. Digamos que no tengo el mejor de mis días.

Ya en la puerta se dijeron sus nombres y se despidieron. Antes que él desapareciera por la escalera Carmen lo detuvo..

— Espera, no te vayas. — Le dijo mientras extraía un papel doblado en cuatro de una bolsa de cuero colgada a su cuello.

Él, un tanto sorprendido llegó a su lado. Ella en un gesto casi infantil le extendía su mano con un billete.

Es un décimo para navidad, por favor acéptalo, me voy a quedar más tranquila.

— No hace falta —se negó él— Además es casi el doble de lo que costó la carrera.

Sin dejarlo continuar ella se lo puso en la mano decidida.

— No, te equivocas. Es mucho menos de la mitad de lo que has hecho por mí.

 

Le había quedado grabada aquella frase —pensaba a los pocos días, mientras trabajaba y miraba cada tanto de reojo el billete que apenas asomaba del bolsillo de su visera parasol. .

 

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