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El cerro del Oso by Awilda Castillo

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El cerro del Oso, así llaman a un empinado gran  trozo de roca apostado en todo el centro Del Valle de Los Pinos. A primera vista, nadie relaciona el nombre del Cerro con su aspecto, más bien parece familia de un ave delgada y larga, antes de tener figura de uno corpulento o robusto como el oso.

Sin embargo, su nombre no deriva del aspecto, sino de los habitantes que más proliferan en su interior, o al menos así era en los años en que se le puso el nombre.

Es una mañana más bien soleada, en la que el frío se despidió hace un par de semanas, Javier López, sale del  Valle de Los Pinos y se detiene a la falda de la pintoresca montaña.

—¡Caray, y pensar que debo subir todo este cerro, nada más para hacer entrega de este diminuto paquete! Y mientras dice esto, saca de su bolsa de cartero, un pequeño paquete forrado en un color rojo brillante, que solo tiene una descripción por fuera; el nombre del destinatario: Eusebio Fernández.

—¿Y a este tío, no se le ocurrió vivir más lejos? Mientras comienza a subir por el angosto y empinado camino, recuerda sus inicios en la oficina postal del pueblo.

Ya suman diez años dedicados a este oficio, ha llevado más cartas y paquetes que ningún otro cartero de todo el estado, por eso acaricia con frecuencia una insignia que lleva pegada al cuello de la camisa de su impecable uniforme color beige. Ese diminuto botón le recuerda que ha sido galardonado por su eficiencia y récord de entrega por tres años consecutivos. Tan es así, que está en la lista de los elegibles para quedar al frente de toda la oficina postal en el próximo verano, que es cuando sale por jubilación su jefe a cargo.

En estos diez años, tuvo oportunidad de casarse, y la bella Lisa, siempre tan comprensiva se siente orgullosa del trabajo que hace su marido. Todo el pueblo le conoce, y sabe que “si Javier no lo tiene”, es porque no ha llegado.

Su porte atlético le permite ir mayormente a pie a cada una de sus entregas, aunque tiene asignada una bicicleta que le permite hacer el recorrido de forma más expedita. Pero esta vez, prefiere ir pie,  subir con la bici a un terreno tan escarpado como este, es más retador que práctico.

Mientras va subiendo y a la vez admirando la  belleza del lugar, siente como el clima va cambiando, tan pronto se adentra en el interior del bosque que cubre el Cerro el Oso. Hay pinos y cualquier tipo de árboles silvestres, es una rica flora la que allí puede observarse y eso le hace ideal para cualquier tipo de fauna que quiera encontrar albergue. Piensa en eso y siente escalofrío de dolor, con tan solo imaginar la presencia de algún oso.

—Esas son solo leyendas para asustar, se dice, mientras sacude la cabeza y sigue de manera enérgica la subida.

Comienza a pensar en el destinatario de aquel paquete rojo. Eusebio Fernández; le parece increíble que alguien pueda enviarle algo a este señor. Él está aislado de todos. Desde hace unos cinco años, nadie le ve por el pueblo. Se sabe que existe porque todo lo adquiere por servicio delivery, pero hace ya mucho que nadie le ve.

Él era un hombre encantador, profesor de informática del Colegio más grande Del Valle de Los Pinos. Claro, solo había tres colegios, pero él, se ubicaba en el de mayor tamaño y prestigio de la zona. Muy  preparado en su área y conocido por todos. Un día, a la escuela llegó una nueva bibliotecaria y por afinidad en la lectura y temas informáticos, Eusebio enseguida hizo buenas migas con Sofía, la profesora nueva. Pasaron apenas seis meses y anunciaron su noviazgo y compromiso en la fiesta de fin de curso del Colegio. Eran una pareja envidiable que se veía muy enamorada. Él, con treinta y cinco años, no había dado lugar al amor hasta que Sofía apareció en su vida, siempre estuvo pendiente de lo que todos necesitaban, de lo que podían hacer desde su posición y llegado el momento, todo su ímpetu y atención se volcaron en su novia.

Al pasar el tiempo señalado del compromiso, se fijaron los carteles para el matrimonio; un veinticinco de Noviembre de hace cinco años, fue la celebración de la boda; con el único atenuante de que la novia jamás se presentó. Fue un día fatídico para Eusebio, todo su amor y esperanza de constituir una familia, se esfumaron tras la ausencia de Sofía.  Nunca entendió lo que ocurrió, ni mucho menos las razones que llevaron a su novia para desaparecer sin dar ninguna explicación. Las malas lenguas del pueblo decían: —que se había escapado con un viejo amante, pero eso nunca se corroboró. Entre tanto comentario y desacierto, Eusebio tomó como única salida, la de aislarse de todo el mundo.

Así que prefirió cambiar su domicilio, ubicado en una de las mejores calles Del Valle de Los Pinos, por la casa más aislada y arriba del Cerro del Oso.

Y hasta allá, iba Javier este día, a verle la cara a Eusebio después de tanto tiempo, y rogando en su interior que no fuera a parecerse ningún oso inesperado.

Luego de casi dos horas de subida, al fin se vislumbra la casa de Eusebio. Javier guarda la toalla con la cual enjugó su sudor durante todo el trayecto y se apresura a tocar a la puerta del destinatario. Los golpes secos en la puerta, resuenan como un eco en todo el Cerro, al punto  de sentirse caer como una lluvia de sonido que descienden en escaleras del aire hasta llegar al pie de la montaña.

Se oyen algunos pasos acercarse lentamente  desde el interior de la casa,  y la puerta se abre…

—¿Que se le ofrece? —dice al abrir, sin más.

—¿El Señor Eusebio Fernández?

—¡Claro! ¿A quién más esperabas encontrar aquí, Javier?

—Claro amigo, disculpa lo obvio, pero es el protocolo para entregar la correspondencia.

—¿Correspondencia? ¿Para mí? Ambos comparten el asombro, pero así es.

—Firma el formulario y dejaré en tus manos el paquete. El envoltorio rojo se deja ver y los ojos de Eusebio se abren con asombro.

—¡Sofía! ¿Fue ella, verdad? Y su voz al igual que todo su semblante se transforman, su mano al igual que su Arbilla tiemblan en un rictus que no puede controlar.

—No lo sé, amigo; el emisor es anónimo.

—¿Como que no lo sabes? Y al decir esto se abalanza sobre Javier tomándolo del cuello de su camisa, sacudiéndolo con mucha fuerza.

—Te agradezco que te calmes, Eusebio, estas agrediendo a un empleado del Estado y te aseguro que no querrás llevar las consecuencias que eso trae, contigo.

Eusebio sigue con los, ojos desorbitados, sin volver en sí. La mezcla de dolor y rabia, renacen ahora golpeándolo con fuerza. La situación parece no tener solución,  hasta que se oye un ruido ensordecedor.

—¿Estas escuchando lo mismo que yo?  Dice lentamente Javier, mientras que Eusebio va soltando sus solapas con lentitud.

—No te muevas, que si este sonido es un rugido… creo que lo que acabamos de escuchar… es un oso.

con tan solo

Desde

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