Es curioso cómo cambian el tipo de actos sociales a los que acudimos cuando vamos creciendo. Empezamos con las fiestas infantiles, que en mi época eran en los parques, y ahora en los parques de bolas, disfrutando de la inocencia compartida de los primeros años. Han cambiado un poco desde mi época, porque cuando era chico lo único que querías es que vinieran tus amigos y ahora los padres se organizan en grupos de Whatsapp y buscan regalos que en ocasiones valen un pastizal y no son el objetivo.
Luego crecemos, y llegan para los creyentes celebraciones religiosas como las primeras comuniones o las confirmaciones, que ahora también las hay en versión laica, y que no logro comprender, puesto que parece copiar el celebrar pero sin causa, solo por imitación. Más adelante llegan las graduaciones (que en mi época no existían), bodas, y bautizos de amigos, y más tarde de primos y conocidos. De nuevo aparece en estas últimas el tema de los regalos, que en muchos casos parecen más importantes que lo que se celebra.
Y es que es verdad, porque pregunto a veces a niños por su primera comunión y me hablan de eso, de los regalos. Y hablas con los novios y les preocupa el convite, el viaje, la lista de bodas, el organizador, las fotos…y poco a poco se va perdiendo la esencia de lo que es ese acto. Un momento para juntarse, disfrutar de la alegría, verse y desearse lo mejor.
Pero claro, nos vamos haciendo mayores, y desde hace unos años los actos sociales al que más acudo son los hospitales y los funerales. Voy perdiendo referentes de vida, y nuestros mayores nos recuerdan con tristeza y dolor el paso del tiempo. Quizás por eso, en esos momentos en el que las palabras huecas es mejor dejarlas a un lado, y sólo quedan los abrazos, la compañía, el estar. No es momento de regalos.
Precisamente en un funeral hace unas semanas un sacerdote dijo que de esta vida te llevas lo que dejas. Parece un contrasentido y sin embargo creo que es una verdad como un templo, y que es justo eso que damos lo que nos llevamos en el corazón al partir.
Me viene a la mente el enterramiento de los faraones, con tanto boato y esplendor, siendo enterrados con toneladas de riquezas y alimentos, mientras el pueblo pasa necesidad. Y cómo se hacían enterrar con sus esposas, signo de que lo único importante en el fondo eran ellos mismos. Pero la carne se pudre, y la memoria ha enterrado a muchos de ellos tan profundo que ni la cúspide de la pirámide sirve de recuerdo.
Nos tiramos media vida acumulando y pensando en nosotros, buscando o pidiendo regalos y compensaciones por todo, ya sea por un acto social, lograr una meta, el esfuerzo en el trabajo… Pero al final nada de eso importa. En el trabajo vale más la satisfacción personal que el salario. En un cumpleaños vale más las sonrisas dadas y recibidas que los regalos que acaban en la basura al poco tiempo. Y en nuestras relaciones solo queda el recuerdo de los momentos en los que has amado, porque si no has amado, no has dejado nada.
Así que de esta vida te llevas lo que dejas. Si dejaste odio, te llevarás el desdén y el olvido de aquellos a los que odiaste. Si dejaste guerra, te llevarás las heridas de cada puñal que clavaste. Si sembraste cizaña, no te llevarás trigo para alimentarte en otra vida sino hierbas secas. pero si dejaste paz te llevarás la calma de saber que todo está en orden. Si dejaste amor, te llevarás el recuerdo imborrable en los corazones a los que te diste. Si dejaste sabiduría, perdurarán tus palabras aunque no estén escritas en un libro guardado en una biblioteca.
Si te das recibes. Si te entregas vives. Si los demás importan tanto como tú mismo entonces no dejarás egoísmo, y te llevarás el logro de haber sembrado un grano de esperanza. Nada quiero acumular por tanto en esta vida, salvo instantes compartidos que generen algo que merezca la pena dejar a otros, y como el café tampoco me lo puedo llevar, vamos a compartirlo aquí, en vida, para que al partir al menos hayas tomado uno conmigo, y no se olvide. ¿Café?
@Manu
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