jueves, mayo 21 2026

Un ambiente lúgubre del que carecemos por Marina David

(Kairós Revista Literaria)

Nos resulta habitual reconocer que la cultura y la literatura de terror han entretejido una red más compleja y diversa en países cuyos climas son oscuros y tristes, espléndidos e inmensos. España, que con sus mesetas doradas, crestas rocosas y un litoral de ensueño, se ha nutrido de los padres de la literatura gótica, quienes se han valido del contexto, la cultura, al religión y el ambiente que les envolvía para crear piezas inimitables. Me refiero a autores como Edgar Allan Poe, Howard Lovecraft, Bram Stocker, entre otros.

Lo cierto es que es difícil encontrar literatura de terror con la más pura esencia española, pero con este artículo pretendo remontarme unos siglos atrás para recorrer el camino de una narrativa que se ha contorneado, adaptándose a espacio y tiempo, hasta nuestros días. 

Raíces de la literatura del terror española

La literatura de terror en España cuenta con antecedentes tempranos en autores como Lope de Vega y María de Zayas, coetáneos del Siglo de Oro. Lope publicó en 1604 La posada del mal hospedaje, un relato de fantasmas que el inglés George Borrow llegó a considerar “el mejor del mundo”, narrando la terrorífica experiencia de Pánfilo en un hospital de Guadalupe. Por su parte, Zayas incluyó en sus colecciones de novelas cortas elementos como cadáveres resucitados, pactos demoníacos y apariciones, a la vez que reivindicaba el papel de la mujer, pese a las críticas que recibió durante la Inquisición.

Estos ejemplos muestran cómo el peso de la religión católica condicionó profundamente el desarrollo del género en España: lo sobrenatural solía aparecer en fragmentos o escenas, más como recurso moralizante que como eje narrativo, en una época en la que la censura limitaba la experimentación literaria.

A diferencia del mundo anglosajón, donde el gótico y posteriormente el terror se consolidaron como géneros autónomos, en España el miedo quedó disperso en leyendas, relatos breves o episodios aislados dentro de obras mayores.

Así, aunque el país posee una rica tradición de supersticiones y folclore, la combinación de censura inquisitorial, prestigio de otros géneros “serios” y fuerte moral religiosa retrasó la consolidación de una narrativa de terror sólida. No será hasta siglos más tarde, con autores románticos como Bécquer, o ya en la contemporaneidad, con escritores y editoriales especializados, cuando el terror empiece a reconocerse como género propio en la literatura española.

Lo que marcó la dictadura

La dictadura española supuso la aplicación de la censura y estrictos controles ideológicos y morales, por lo que se limitaron las publicaciones. La literatura debía ajustarse a los valores católicos y nacionalistas, lo que condenó al terror a un plano que podría denominar semiclandestino. Mientras, se potenciaban otros géneros, como la novela realista, histórica, o la poesía. Tras la dictadura, en la transición, el género comenzó a abrirse paso, pero con una herencia precaria.

Ejemplos como Narraciones Terroríficas en los años 40 o Selección Terror en los 70 alcanzaron cierta popularidad, aunque eran vistas como “novelas del montón”, de tramas simples y autores poco profesionalizados.

En los años 80, con colecciones como la Biblioteca Universal de Misterio y Terror, el género encontró un espacio más amplio, incorporando clásicos internacionales (como Poe) y voces españolas (Tubau, Cano, Martín Iniesta). Sin embargo, la falta de continuidad editorial y la necesidad de publicar bajo seudónimos revelaban todavía la fragilidad del mercado. 

Retomar la noche

Desde los noventa hasta la actualidad, el auge de la tecnología ha permitido la conexión de información en cualquier campo y desde cualquier zona. La literatura se ha nutrido de la interacción entre los elementos de diferentes culturas y el propio Internet se ha convertido en el villano de muchas de las novelas que llenan las librerías y bibliotecas. Desde desapariciones a través de videojuegos hasta máquinas inteligentes que comienzan a generar cierta autonomía.

Los lectores, como consumidores, se han convertido además en el indicar de las editoriales, quienes reciben manuscritos a diarios con propuestas variopintas de todos los géneros. Guiadas por las ventas, las editoriales publican más y más libros cada vez que recogen situaciones cotidianas que se tornan en escabrosos episodios.

¿Y cuál es el papel de nuestra cultura en estas novelas? En primer lugar, el impulso que se le está dando a autores autóctonos tiene gran relevancia no solo en el ámbito nacional, sino también a nivel internacional. Obras como Carcoma, de Layla Martínez, retratan la España profunda en un tétrico ambiente en el que conviven espectros, la violencia y la represión heredada de la Guerra Civil, y un páramo de Cuenca. O la introducción de los zombis en la España del sur con la novela de Carlos Sisí, Caminantes.

El folklore vasco también ha encontrado un terreno fértil entre las páginas en el que cultivarse de nuevo. Historias de brujas, aquelarres y leyendas de seres mitológicos forman parte del imaginario oscuro de la tradición española, en un intento por recuperar el pasado reprimido y transformarlo en narrativa de terror contemporánea.

Aunque Internet ha unificado aspectos de la cultura y provocado un ascenso del interés en las extranjeras, algunos autores españoles escarban en los rasgos del pasados y plasman un pasado que forma parte de nosotros en sus novelas. La magia de la literatura (o en este caso las pesadillas) es el poder de reflejar nuestra identidad, rememorar nuestra historia, acogiendo también aquellas que nos llenan. Y aunque España sea demasiado brillante, hay novelas que son dignas de un ambiente lúgubre del que carecemos.

 

 


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