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Los Secretos del baúl By Conchi Ruiz

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Habían pasado muchos años desde la última vez que estuve en la casa de mi abuela, en mitad del campo, en donde cada amanecer era distinto y distintos los trinos de los pájaros, algunos se posaban en las ramas más cercanas para que su concierto fuera escuchado con nitidez y subían el tono de sus gorgogeos hasta alcanzar la máxima nota musical. Otros sin embargo y más atrevidos, se acercaban hasta el sillón de mimbre de la abuela y picoteaban en su delantal, sabían que algunas migajas de cualquier cosa estaban allí y además, no por casualidad. La abuela antes del amanecer, ya abría puertas y ventanas “para que entrara la vida” —nos decía, y bajaba un caminillo de piedra hasta llegar a un majestuoso y frondoso árbol que cubría su sillón, no daba frutos ni sabíamos su nombre, ella lo llamaba mi compañero. En el respaldo siempre había una toquilla que ella misma tejió y cubría sus hombros descuidadamente. Colgaba su mirada en un infinito imaginario y esperaba la salida del sol. Cuando los rayos todavía adormecidos la rozaban, abría sus manos exponía cuidadosamente, tres piedras preciosas en cada mano que, como una ofrenda, las elevaba al sol. Hecho esto sus labios se movían, nunca supimos de sus palabras ¿rezaba? ¿Alguna plegaria? ¿Algo mágico? Nunca pudimos leer sus labios. La abuela Concha era muy querida por todos, la gente le confiaba sus secretos, sus pesares y sus dudas, palabras que jamás compartía con nadie. Sus ojos grises y su pelo blanco, de un blanco con destellos de un cielo azul de primavera, siempre lo llevaba recogido en un moño bajo y elegante, por la noche lo soltaba y alisaba como para ir a un fiesta y en realidad lo era, sus sesenta y siete años su cara sin arrugas, tersa, sus labios suaves eran una caricia en cada beso, no apretaba, solo rozaba, como si esos besos se convirtieran en mariposas. El sueño para ella era una fiesta realmente, dormía muy pocas horas pero nunca tenía sueño, cuando me despertaba gruñía y la suave voz ¡Arriba, no pierdas la vida, está naciendo! Ahora, en estos momentos de contemplación y recuerdos, la veo sentada, la mirada perdida y una taza humeante en la mano, los pajarillos revoloteando a su alrededor. En los inviernos se envolvía un una gruesa manta hasta los pies y si no había sol, extendía sus manos y dejaba que sus piedras flotaran en las palmas ateridas mientras cerraba los ojos y sus labios tersos se movían sin prisas. Por aquel entonces yo tenía dieciséis años, empezaba a ver la vida de otra manera y a buscar contestación a todas mis dudas. Y me convertí en la sombra de la abuela que me escuchaba aunque no lo parecía porque no me interrumpía y seguía con sus guisos deliciosos a los que sí prestaba gran atención. De vez en cuando se sonreía y con sus ojos grises me dedicaba una caricia.

—Abuela, quisiera preguntarte algo pero no sé si me querrás contestar.

La abuela se secó las manos en el delantal y se sentó a mi lado mirándome atentamente.

— ¿Qué quieres saber hija mía?

—Verás, muchas veces en ese baúl que tienes en tu habitación, lo abres con esas llaves que siempre guardas en los bolsillos o escondes. Te veo leer y lloras, otras veces sonríes muy poco y vuelves a llorar, me gustaría saber qué guardas en él.

La mirada de la abuela se hizo más gris, la fijó en un punto que solo ella podría ver y se quedó callada, fija la mirada como si estuviera viendo la película más interesante del mundo. Escuché en el silencio que nos rodeaba sus monos mover las piedras preciosas en el bolsillo del delantal. De repente sacó una y la puso ante mis ojos, era de un azul celeste como un bello amanecer. Un rayo de sol se paró en los cristales de la ventana y el azul brilló como lo hacen las estrellas. Me cogió la mano, puso la piedra en ella y cerrando mis dedos me la apretó con una mezcla de firmeza y ternura.

—Es para ti, pero nadie lo sabrá, solo tú y es la joya más valiosa que te puedo dar. Llévala siempre contigo, toma también una de mis llaves del baúl, encontrarás muchas cosas de mi vida pero solo cuando yo falte, cuando esté en ese lugar donde todos despertamos a una nueva vida, donde podemos recoger los recuerdos, pero no los veremos como aquí, será con el placer de vivir de nuevo los felices, los demás, los que nos han hecho sufrir, esos se quedan aquí y esa piedra te ayudará a seguir adelante y sin olvidar un pasado, aprenderás que no tiene sentido darles vida sencillamente porque no están aquí y tratarán de hacerte sufrir.

—¿Por qué lloras con lo que guardas? ¿Son fotos? ¿cartas?

—De todo un poco cariño, pero hay unas cartas, muchas, con un lazo azul y sabrás de mi llanto, pero te repito que ahora no, cuando yo no esté, sé que puedo confiar en ti, que guardarás ese secreto y cuando pasen muchos años, ya sabrás lo que hacer con ellas.

—Gracias abuela, te quiero.

—Yo también a ti, mi pequeña.

 

Sigo sentada en el sillón de mimbre de la abuela y casi siento el calor tibio de su cuerpo, han pasado diez años desde que se marchó para siempre, mientras los recuerdos se agolpaban en mi mente apretaba en mi mano la piedra azul y un saquito con cinco más que encontré en el baúl, las he puesto todas al sol.  Durante tres días he estado leyendo las cartas del lazo azul, también he llorado por tan triste historia y el dolor y sufrimiento que toda su vida acompañó a la abuela Concha.

Las playas de Alicante eran por aquel entonces como el mejor sanatorio para la tuberculosis y allí veraneaban la gente adinerada con sus enfermos, sobre todo desde Cataluña, la Playa de San Juan en Torrevieja con sus bellas Habaneras. Y allí cada verano una familia barcelonesa muy rica con un hijo de alrededor de veinte años para buscar alivio a su enfermedad. Allí conoció a mi tía Concha, otra Concha en la familia, es muy común ese nombre por allí. Se enamoraron perdidamente, eran más o menos de la misma edad. Se escribían cartas de amor limpio, puro y generoso, pero habían saltado las alarmas y mi abuela para proteger a su hija no se las entregaba y al novio su familia hacia la misma estupidez. La tristeza los mató a los dos, a él ya no lo llevaban a veranear a la Playa de San Juan y mi tía pensó que no la amaba.  El murió de una dura hemoptisis  y mi tía dejó de comer y tomaba vinagre en ayunas para acabar con su vida. Y lo consiguió.

Hoy y cuando han pasado tantos años, he sacado a la luz un trozo de vida. El sillón de mimbre fue desapareciendo cada invierno al dejar el árbol de cubrirlo. Pero siguen incansables los pajarillos cantando en el amanecer y la lluvia corriendo por el caminillo de piedra—

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