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Pasar la posta by Diana González

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Agnes sirvió dos copas de vino tinto. Romina tomó la suya entre sus dos manos. Ambas fueron a sentarse al balcón terraza que daba a los jardines. El atardecer estaba plagado de esa agradable brisa fría de los primeros días de otoño.

Agnes escucharía desde el fondo de su corazón y con todos sus sentidos bien predispuestos. Romina contaba con eso.

— Se llama Roberto.

— Bonito nombre dijo Agnes levantando un poco la copa como brindando.

Escuchaba atenta y sonriente. Sabía que Romina estaba dando vueltas, señal que algo le resultaba difícil contar.

— Rom, que soy tu madre.

— Tiene cuarenta años.

— Y qué  más.

— Que es muy buena gente.

— Lo que a mí me interesa es si vos lo querés.

— Con toda el alma.

— ¿Y él a vos?

— También.

— Bueno, entonces ya está. —Dijo esto y fue a la cocina, preparo un plato de queso y aceitunas, tomó la botella y llevó todo a la terraza. Romina la miraba hacer y de pronto dijo:

— Estás enojada.

— A ver Romi, cuando estoy enojada ¿No te das cuenta?

— Vaya, sí.

— ¿Parezco enojada?

— No.

— ¿Entonces?

— Creí que…

— Antes que digas nada. Si me opusiera, ¿lo dejarías?

— No.

—Entonces,   ¿para complicar las cosas?

Romi, el amor no se busca, se encuentra. No creo que hayas ido a una tienda a buscar por talle un hombre de cuarenta, creo que lo encontraste y él a vos, como todas las cosas que nos pasan puede salir bien o mal. Muy bien, o muy mal. Lo único que sé, es quiero estar ahí, al lado tuyo pase lo que pase.

— Ay Ma. No te pareces a nadie.

— Decime algo que no sepa. Vos tampoco te pareces a nadie.

A todo se aprende hija. A amar también hay que aprender.

—Y a vos ma. ¿Quién te enseñó?

—Todos y cada uno de los hombres con los que he estado. De todos he aprendido.

 

Han pasado los años, ha corrido mucha agua bajo los puentes y se han congelado muchas veces las estepas desde que yo empecé a aprender.

Él era de los que se sentaban al fondo, de andar taciturno y pocas muy pocas palabras. Delgado, pálido y con unos increíbles ojos de mirar profundo.

Cuando uno es adolescente las inocencias son ignorancia. Y lo que pensamos, aunque varíe al día siguiente, es una roca muy poco maleable. Uno ha heredado un mundo con sus normas, sus reglas y sus prejuicios, que suma a los propios. Contra todo pronóstico el mundo se nos va desvelando a fuerza de golpes y nuestra fuerza de voluntad. En aquellos tiempos yo no tenía idea de lo que era amar.

—Tu madre, hija, era una verdadera estúpida. Tenía apenas un par de años más que yo, pero él ya había aprendido  y no conmigo.

Porque a amar se aprende al lado de alguien que amó.

La vanidad de la juventud llevó a Agnes por aquellos años a odiar a la persona que había enseñado a Ramiro. Para un joven de apenas diecinueve, una mujer de treinta y cinco es toda una mujer.

Hoy Agnes lo sabe, sabe lo mal hecha que está la sociedad, tan llena de puritanismos, conceptos vacuos de humanidad, prejuicios. Tiempos y consignas para ser y hacer lo que sea, estudios, trabajos, parejas. Tan preñada de forzados reproches, que si te casas o no, que si tienes hijos o no. Que si la pareja o el marido. Que si otro hombre u otra mujer.

Y hubo una mujer, aquella que había amado Ramiro hasta seis meses antes de encontrarse con Agnes, Una mujer con una hija a cuestas, con una historia silente de dolor y lucha, una mujer entre miles de mujeres que deben hacer de padre, madre. Quién puede censurar que se haya enamorado, quién será capaz de levantar el dedo y culparla de algo.

La vanidad de una adolescente ignorante pudo. Ella trabajaba de camarera en un bar frente al complejo universitario y muchas veces, por necesidad,  hacía doble turno. Él comenzó a mirarla, a esperarla, a seguirla. Ella estaba muy sola y él también. Y surgió uno de esos amores efímeros que durarán para siempre en los rincones de las almas, Ella le enseñó y él aprendió.

Ella fue la primera.

Porque cuando un hombre y una mujer se encuentran no importa la edad, la situación, la circunstancia, solo importa el encuentro y ellos se encontraron, durante un año efímero fueron pareja, se acompañaron, se escucharon, se atendieron, se amaron.

No sé cuál fue el motivo de su separación, se que la sombra de ese amor traía a Ramiro malherido cuando lo encontré. En aquel egoísmo vanidoso que profesaba, sumergida en mi absolutismo por aquellas épocas creía que amarlo era hurgar en su vida.

Tenía en mí esa necesidad de poseer y pertenecer que nos carcome el alma. No había aprendido a dar sin ser dueña. .

La ataque, desde la sombra quise destruir su imagen, censuré su edad y su despropósito.

Porque la idiota adolescente que se atrevió a censurar y levantar el dedo contra ella fui yo, Y recibí mi lección.

Cierto era que Ramiro era un ser triste, yo atribuía esa tristeza a cualquier cosa que mi inexperiencia veía como válida, hasta que caí en la cuenta que su duelo era por haberse separado de ella. Entonces ella fue una sombra gigantesca entre él y yo. Sombra que me dediqué a alimentar haciendo preguntas, queriendo saber, fingiendo que no me importaba, yo era su amiga, podía escucharlo todo.

Un día como cualquier otro, él, convencido que podía confiar, ante una pregunta insistente, habló.

Qué es lo que más recordas de ella,

No dudó, se quedó pensando unos segundos como quien evoca y luego, con toda su sinceridad contestó lentamente.

Ella vivía en un piso muy pequeño de camino para mi facultad, no tenía televisión, así que a veces iba a estudiar a su casa, un día apareció con una radio que le había regalado una amiga. Fue como una fiesta.

¿De eso te acordas?

Si, me acuerdo que muchas tardes escuchábamos música los tres. Quien dice que porque terminó es menos hermoso.

Ramiro amaba a pleno. A paquete cerrado, con pasado, con hija y situación incluídas. Ramiro ya había sentido ese amor grande, profundo, bueno.

Él fue el primero.

—Hoy respeto mucho a los hombres que recuerdan haber escuchado música con una mujer a la que han amado. Y de verdad Romi, espero que vos también. Tratá de no ser estúpida, ni con él, ni con vos.

Romina se abrazó a su madre, aquella mujer que siempre la adivinaba.

— Y me has contado esta historia hoy y ahora, porque…

— Primero porque es verdad, segundo porque todavía estás aprendiendo y tercero porque un hombre a los cuarenta tiene de todo en su haber. Él tiene pasado, viene herido seguramente por alguien a quien no va a olvidar, quizá tenga hijos, o familia que lo compromete. Pero a pesar de todo eso tiene  que asumir la tarea de enseñar y aprender a tu lado. Porque amar es una responsabilidad, hay que querer a paquete cerrado, con  bemoles, pasado, tristezas, juventud. Hay que tener coraje y paciencia, aprender a quererse y a  quererle hasta lo que nunca se vaya a contar.

Agnes volvió a llenar las copas.

Romina no preguntó más, se quedó tomando su vino en la terraza y pensando que tenía razón su madre. Aprendemos a amar al lado de alguien que amó.

Agnes, sentada a la misma mesa que su hija miraba el cielo en el que comenzaban a aparecer las primeras estrellas. Levantó su copa y pensó

—Gracias Ramiro, donde quiera que estés.

 

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