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EL CABELLO DE ANAÍS by Scarlet C.

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“Llena de contradicciones
bebo sedienta en la vid de la vida
escribiendo historias tras el reloj de lo que aún no ha sido,
¡Es roja la tinta roja que va emanando desde mi garganta! 

Del hervor ha brotado la inesperada necesidad
de devorar tus espejismos.”

Buscando en mis recuerdos, hallo a mis “ex”,  conforman parte de mi ser, aprendí, desaprendí, fulminé y continué, también me fulminaron pero sobreviví, no obstante, están aquí, algunos son meras sombras desdibujadas en la memoria, unos me marcaron, a otros marqué… No sé en cuál lugar me tienen en sus pensamientos ni es importante que lo sepa ¡Ya no nos pertenecemos! Compartimos el velo del pasado, somos tránsito de otros ríos, aguas que nunca volveremos a sentir como entonces. Desde la forma que los atiza en este instante, he creado una ficción de supuestos que posee la verdad de lo que no es cierto, pero a la vez, la certeza de lo que pudo haber sido, ideas que completan el crucigrama de una alucinación.

“¡Los mismos ojos se niegan a nevar!
Desnudan al pasado
y aún ciegos, inventan al futuro
posando gaviotas en las aguas del mañana.
¡Volar! ¿Por qué no?
La confianza despliega sus alas de nácar
y desnuda de luciérnagas,
deambulo extendiendo los dedos en la oscuridad
creando epopeyas tras la estela del silencio.”

¡Todo comenzaba en su cabello! Lo tomaba entre sus manos alzándolo muy lentamente dejando ver el brillo de su nuca desnuda, luego, lo desplegaba como si fuese una estampida de gaviotas cuyo plumaje, se posaba iluminando la desnudez de sus hombros ¡Sabía que él estaba observándola! pero en su mente simulaba estar sola, disfrutaba imaginando qué estaría sintiendo mientras ella actuaba como si la habitación estuviese vacía ¡Ese ritual la encendía! sentir los ojos de Immanuel perforándola al calor de sus dilatadas pupilas, recorriéndola silenciosamente mientras ella danzaba al ritmo del jazz. De su cuerpo emanaban razones propias de la inconsciencia ¡Se detuvo frente a su mirada! Immanuel la desvestía sin haberla tocado,  Anaís se despojaba de sus prendas con erótica suavidad y después, se frotaba con ellas, su piel respondía endureciendo los pezones tan sedientos de una boca, rotando la cintura entre sus muñecas como si fuese un satélite. En un impulso, él se levantó, tomó la cámara y la fotografío ¡Ahora le pertenecía! Ella sonrío y él, siguió haciendo planos ¡Foto tras fotos! Capturando en cada  instante del ímpetu a esos dedos recorriendo la fogosidad del sí misma. La música goteaba su cadencia al compás frenético de sus piernas ¡Se tocaba toda! Despegó los labios liberando las mismas palabras que la ahogaban cuando escribía, declamándolas ante un plató invisible.

— Siento dolor en la intensidad de este deseo, me arden los espacios que anhelan amoldarse a la explosión de tus ansias, senderos que no has penetrado con la intensidad de mi avaricia. Sufre mi sombra si tu ser no está cubriéndola,  me parte la espesura del delirio que aguarda tras el filo de tus labios, enfervorizando al pulsar de tus venas encendidas ¡Tus ecos me rozan! Son sonidos arrancados desde el fondo que te anhela, eres mi voz ¡Quiero morir ahora!        Necesito fallecer en tu agonía, pegarme al fuego de tus poros, ser la sangre que te recorre hasta deshacernos en mil.

Immanuel coloco una raya de coca sobre la mesa, Anaís la inspiró con locura, se aceleró y se hizo tormenta, su nariz impregnada del polvo de la gloria, Immanuel rodando por su espalda, el ardiente desenfreno devorándole la respiración ¡Esa sensación animal multiplicando su lengua!  El agua dividiéndose en los agujeros de su figura, libertinaje insaciable borrando la cansina monotonía del predecible sexo con su rico marido.

— ¡Quédate! Divórciate, tú eres para mí ¡Te amo con locura! Déjalo ¿Qué haces con él sí solo conmigo estás viva? Sus palabras incineraban las zanjas de la noche rebosándolas de gigantes exigencias, tan inmensas como la luna llena que se volcaba sobre ambos.

—¡No me ames! Solo penétrame, quiero tu entrega, que me destroces cuando entres, que te duela el miembro cuando ya estés en mí ¡Asfíxiame!  Immanuel puso las manos en su cuello y la fue apretando mientras sus muslos gritaban ¡Quería traspasarla! poseerla ya no era suficiente, necesitaba su ira, la furia de su mirada, el odio oculto en la fachada de su matrimonio ¡La quería completa! Sabiendo que era jamás lo amaría, que no existía un mañana con ella.

— ¡Hazme morir! Toma mi vida,  no es más que mortalidad… ¡Quiero ser infinita! Pasar el umbral y desprenderme de esos huecos rutinarios que tanto aburren, estoy cansada de permanecer intacta en la vulgaridad ¡Necesito más contaminación! Abusar de todo ya no basta porque todo es poco para mí.

Immanuel estaba más allá de este mundo, sus rítmicos movimientos parecían insuficientes en el frenesí de Anaís ¡Se entregaba absolutamente! Se apoderaba de él como si bebiera de su alma, quitándole hasta el éter del aliento.  Se ataron en una orgia de dos, metamorfosis que los hacía múltiples en un solo renacimiento. Immanuel la abrazo con fuerza, tanta, que Anaís fue solo aullido primigenio, instinto ausente de humanidad. Ahora su cabello sudaba, la sábana atrapó el líquido que devoraba su estallido ¡Se consumían! Fibras, arterias inflamadas, demencia invadiéndolos muy cerca del orgasmo.

—¡Muero en este beso y muero por ti! Anaís se extendió hasta meter la mano debajo de la almohada, tomó una daga y observando su brillo, se la clavó en el pecho justo cuando se corría sentada sobre Inmanuel. Su alarido silenció al corazón de la ciudad, el neón apagó al resplandor de misma luna, cuya nueva estela, se posaba sobre los párpados espantados de Immanuel.

—¡Desprende el caos y alucina! Borbotones de sangre salían disparados de su cuerpo llenando de horror el túnel impactado en la helada garganta de su hombre.

— ¡No soy lo que ves! Ahora soy eternidad ¡Fotografíame! Su piel expiraba con la tersura de la seda, las pupilas extinguían el hálito de su belleza y mientras la palidez tiznaba sus mejillas, murmuró…

—¡Córtame un mechón de cabello y lánzalo al viento!

“Los rostros arados se alejan
engendrando aletas en otros sueños
señales escritas en el aire
por el paladín de la muerte.”

 

Scarlet C

 

 

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