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La dieta by Mel Gómez

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Cuando Roberto llegó a su casa, justo en el momento en que estaba dando vuelta a la llave, escuchó el grito visceral de su esposa. Intuitivamente, tomó su arma de reglamento y entró sigiloso, fue a cada habitación de la manera en que había sido entrenado, pateando la puerta, apuntando y mirando hacia el frente y los lados, por si había algún intruso. No encontró a nadie por lo que temió, que, hiciera gritar a su mujer de esa manera, debía estar con ella. El corazón le latía apresurado, escuchaba el crujido de sus dientes, expectante, pensando lo peor. Cuando llegó a la recámara matrimonial, se encontró a su mujer desnuda frente al espejo, halándose los cabellos y con una pila de ropa sobre la cama.

—Pero, ¿qué pasa? —preguntó consternado.

—Estoy gorda… Nada me sirve… —contestó la mujer sollozando.

Roberto respiró aliviado de que no sucediera lo que en su película mental se había fabricado, aunque sabía que lo que venía luego de la frase «estoy gorda», era equivalente a un sunami. Todo lo que dijera sería usado en su contra.

—Margarita, solo estás pasadita de peso…

—¿Pasadita de peso? ¿Qué? ¿Me estás consolando?

—No, mi amor… Mira, tus curvas son solo un poquito más curvas…

—¡No tengo nada que ponerme! ¡Nada me sirve! —aulló la mujer.

Roberto presuroso buscó en su billetera y le entregó a su esposa los últimos cien dólares que le quedaban.

—¿Con esto crees tú que puedo comprarme un ajuar nuevo?

—Bueno, cariño… Tal vez puedas comprar algunas piezas y hacer una dieta para ver si te vuelve a entrar la que tienes ahí.

No terminó de decir la frase, cuando un cepillo voló por el aire, aunque lo pudo esquivar, otros proyectiles cruzaron el pequeño espacio, hasta que el tacón de un zapato le golpeó sobre una ceja. La sangre comenzó a salir a borbotones manchando de rojo su impecable uniforme. Margarita se asustó mucho y rápidamente buscó una toalla para cubrir la herida. Temió que le presentaran cargos por violencia doméstica. Al fin y al cabo, Roberto era un oficial de la policía y salir del embrollo le sería aún más difícil.

—Perdóname, Puchunguito. No quise hacerte esto. Te prometo que mañana mismo empiezo la dieta.

El esposo, que a pesar de todo la amaba mucho, la perdonó y le aseguró que su amor no tenía que ver con su peso y, si quería hacer una dieta, la hiciera por ella misma y no porque cambiaría sus sentimientos hacia ella.

Al siguiente día, Margarita se levantó temprano, agarró su MP3, se puso sus leggins—que parecían a punto de reventar por causa de su culo bomba—, y unos zapatos deportivos. Salió corriendo como alma que lleva el diablo. Dos minutos y medio después, con la respiración agitada y la lengua que le llegaba al ombligo, decidió regresar a su casa, vencida. Se dio un baño para salir al supermercado a comprar para la dieta.

Cuando entró, lo primero que vio fue panes dulces, pasteles y deliciosos postres. Empujaba el carrito, desesperada y alejándose de los manjares que tanto le gustaban, pero un espíritu diabólico —diabético— le susurraba al oído, jurándole que los comería por última vez. El otro —el bueno— le recordaba la promesa que le había hecho a Roberto. Un imán halaba el carro a la sección de golosinas, sin remedio. Enloquecida, trastornada, como demente, agarró una caja de donas glaseadas, que empezó a atracarse mientras seleccionaba los repollos, tomates y lechugas para la dieta. Cuando llegó a pagar, la cajera le hizo señales de que tenía el hocico lleno de azúcar. Sacó un pañuelo del bolso, se limpió y le pidió a la muchacha una Coca-Cola Zero calorías.

—Es que estoy a dieta —explicó.

La cobradora aguantó la carcajada que casi se le salía por las orejas. Margarita, orgullosa pagó y se marchó —meneando su culo bomba— contenta de estar tomando los pasos necesarios para bajar de peso.

 

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