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Cenizas de la Justicia Divina by Claudio Nigro

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Por aquellos años ya en los finales de los 70’,  la misma juventud que corría por nuestras venas, así como nuestros sueños de simplemente ser libres, se escurría por las alcantarillas de la miseria humana, la violencia era moneda común; nos violentaban los de arriba y los de abajo, disfrutar un día de nuestra etapa más linda de la vida era lo mismo que jugar a la ruleta rusa.

Recuerdo decir a mi Madre y mi Padre:

  • ¡Hijos! No se metan en ninguna, la vida no vale nada allá afuera.
  • Si “Viejos” no jodan, ¡no andamos en ninguna che! – contestábamos con fastidio.

No pasaba semana alguna que jugando en las calles del barrio o yendo a la escuela nocturna, nos zumbaban las balas por arriba nuestras indefensas almas.

Sólo nos quedaba echarnos al piso y rezar a un Dios que hacía rato no le creíamos, para que algunas de esas balas no nos pasaran al otro lado.

Teníamos odio y resentimiento acumulado, solo pénsabamos  darle al “fuego con fuego” para hacer justicia de alguna forma; pero obviamente ¿como matar un elefante arrojándoles piedras con las manos? – No había forma.

Estudiabamos en el nivel de tecnicatura de la especialidad mecánica, después de deslomarnos todo el día trabajando; nosotros íbamos a estudiar, ellos a buscar presas para llenar sus listas con muchos inocentes.

Cada 10 o 15 días religiosamente se metían con violencia y agarraban algún conocido, lo embolsaban para que no vea nada (y menos su destino) y se lo llevaban arrastrando y a puro golpe.

Recuerdo como si fuera hoy lo gritos desesperados, de uno de los tantos pobres cristianos:

  • ¡Que hice!, ¡que hice! – gritaba la presa previamente elegida.

Llantos, gritos, maldiciones y pedidos desesperados de ayuda y al final cuando ya su cuerpo desaparecía del lugar, se solía escuchar su último pedido desesperado:

  • Mamá…mamita, ¡ayúdame!

Nosotros impávidos y paralisados por el miedo, mientras veíamos aquellos Hijos de remil… mirando al público presente y blandeando sus armas automáticas tal película del lejano oeste, retirándose cual jauría de hienas.

Le dije a mi hermano en esos momentos, que cursaba en otros ciclos:

  • Negro, ¡así no tenemos futuro!, se están llevando a cualquiera.
  • Tenemos que saber quien carajo es el delator, hay entre nosotros algun hijo de puta que está infiltrado o comprado.

Mi hermano, que era mucho mas prudente y conservador, prefería hacer caso religioso al pedido de nuestros padres.

Pero mi odio podía más que cualquier instinto de autoconservación. Impulsado por este sentimiento junte aquellos fieles idealistas,  que sabía que estarían dispuestos a todo; digamos a algo más que apedrear un elefante.

Fue así que nos juntamos en varias oportunidades en el bar de una esquina frente a la escuela, a pergeniar un plan que nos sacara momentaneamente de ese infierno.

 

 

Ahí estaba la banda de segunda clase, los que teníamos todo tipo de sanciones por indisciplina, baja notas y ausencias reiteradas (acá lo denominamos Ratearnos), seríamos héroes anónimos o nada; juramos que, de por vida, esto no debía saberlo nadie núnca se debería mencionar, o estábamos todos muertos, así de simple.

Alli estábamos El Tarta, Oso Yogui, El Tano, La Muda, Mamita, El Negro (mi hermano) y yo (El Cabezón), sin armas, madurez aparente, endebles de la vida, pero con almas de soldados, o Kamikases; o tal vez fuimos sólo eso.

Lo cierto es que en las siguientes semanas, sin prisa pero sin pausa y en total silencio, después de repartir tareas específicas y según su especialidad de la vida laboral armamos la lista de tareas y herramientas necesaria para dar el golpe soñado.

Algunas cosas las “pedimos” prestadas a la misma escuela, según las denuncias a la policia hechas por el Director del instituto alguien se las habían robado; pero era cuestión de punto de vista.
Entre las tareas mas difíciles estaba conseguir una especie de justiciero para atender al delator; obviamente como yo había promovido tal patriada y además era el único que tenía un salario medianamente digno, no sólo negocie el trabajo sino también la paga.

Al susodicho le decían El Pistola, era el típico ser humano que no tenía nada que perder, vivía cada día como si fuera el último; hijo de padre ladrón y purgando condena por 25 años, madre prostituta para poder solventar los gastos alimenticios de una tropa de hermanitos menores que veían un plato de comida cada lluvia de estrellas.

Con dinero en mano para que viviera una semana y entrega total del territorio barrial (teníamos una disputa de barrios), solo atinó a decir:

  • Decime a quien hay que atender y terminemos con esto.

Sólo le dí las coordenadas y una foto, del “entregador de almas” ( este dato lo consiguió El Tarta y Mamita), ¿la foto? , muy fácil, lo invitamos a tomar unas cerveza y nos sacamos una foto todos juntos como para que no sospechara.

Días después titulaban los diarios de aquel entonces: “Joven apareció agonizando en la calle Salguero y Lavalle por feroz golpiza, se cree que fue por viejas disputas entre barras que aquejan al viejo y tranquilo barrio de Almagro, no hay detenidos. En realidad solo detenía a quien ellos les interesaba.

En rigor de verdad, El Pistola excedió nuestras expectativas, pero bueno no tuvimos ni un gramo de remordimiento.

Debido a esto, los paramilitares estaban enfurecidos y vinieron por más, pero por suerte no pasó de palos dados al azar a cuanto alumno se les ponía en su camino; cabezas rotas, moretones, alguna que otra arma automática colocada en la boca de los pobres inocentes y nada más; ciertamente todo era para amedrentar voluntades (la poca que nos quedaba).

 

 

 

 

 

 

 

 

Decidimos entonces adelantar la operación final, queríamos evitar el contínuo “faenado” de nuestros amigos y compañeros de estudios.

No debíamos arriesgar vidas inocentes, más que la del portero que era el primero en ingresar al edificio, que dicho sea de paso era otro cobarde entregador (tiempo después lo supimos).

Siendo las 23:45 hs del viernes 29 de junio de 1979, luego  que cerraran las puertas, con las herramientas “prestadas” y las que fabricamos en los talleres de la misma escuela, ingresamos al edificio forzando las viejas ventanas de madera.

Oso Yogui y El Tano se ocuparon de realizar los puentes eléctricos necesarios en el tablero principal de las instalaciones de 1930, carcomidas por ratas; llenaron las entrañas de aquel viejo armario con cuanto tarro de diluyente de pintura encontraron.
El Tarta, El Negro y yo, no es encargamos de juntar los archivos llenos papeles de todo el alumnado, los rompimos lo más que pudimos y los colocamos cerca del lugar donde el Dios del Fuego Kauil haría su ceremonia de redención.

Entre todos movimos dos tambores de 200 lts. llenos de kerosene, que justo habían llegado como donación de los militares agradecidos por la entrega de almas para sus ritos de sanación social.

Al Mudo lo teníamos de “campana”, no hablaba mucho pero era más sagaz y observador que una Suricata, por eso le dimos esta delicada tarea de protejernos las espaldas.

No se bien, si el miedo nos tenía anestesiados, pero todo pasaba como una película confusa que recién hoy en mi vejez puedo recordar algunos detalles con cierta claridad.

Era ya sábado 30 de junio de 1979 -06:45 am, estaba saliendo tenuemente el sol, yo me quedé para esperar los resultados de la titánica tarea de unos inconcientes idealistas; el resto, cansados y con miedo se fueron a dormir y esperar señales mías.

Siendo las 07:05 am ví como ingresaba el portero entregador, como todos los días de su asquerosa vida;  pero esta vez fue su último día, la justicia Divina a veces llega tarde, pero llega.

07:12 hs am, una brutal explosión aceleró mi ritmo cardíaco, el fuego rápidamente me concedió el último deseo y sueño.

07:30 hs am Manólo el dueño del bar cuando entendió la magnitud de lo que pasaba, intento deseperadamente llamar a los bomberos desde aquel viejo telefono publico de ENTEL que rara vez cumplía miserablemente su función. Mientras comía mis 3 medialunas de manteca que tanto amaba de ese lugar,  y observaba como el fuego devoraba todo, terminé mi café con leche, y me fui a dormir en paz.

¡No quedó nada de nada!,  sólo una cáscara betusta y derrotada de aquel viejo edificio; las sorpresas y sospechas entre la in-justicia, los militares y la policía se sucederían días posteriores.

Cuando caminaba hacia mi casa, viendo pasar infinidad de patrulleros y carros de bomberos, casi media hora después (por suerte para nosotros), me di vuelta y ví como el humo dibujaba figuras humanas que se dirgían al cielo parecidas a aquellos que nunca más vimos; el fuego hizo una sonrisa cómplice y ahí deje de llorar por ellos.

 

 

 

 

 

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