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VAINILLA by María G. Vicent

Imagen tomada de Internet

No me apetecía entrar, pero tenía que hacerlo. Al abrir la puerta inspiré hondo y aquello fue un error. El olor a vainilla me llegó hasta el cerebro. Miré con cara de odio el frasco con las varillas que emanaban aquel aroma desde el escritorio del recibidor. Casi corrí  por el pasillo  intentando librarme de él. Me producía dolor, un dolor de ausencia. Vi que Diego desaparecía en la cocina. No quería cruzarse conmigo, hacía bien. Mientras caminaba, mi corazón se iba desmoronando poco a poco. La parte de mi cerebro que razonaba pensó en un cuchillo caliente que despacio corta la mantequilla. Así me sentía yo. Dolor y furia. 

Retrocedí de nuevo hacia la entrada y cogí el frasco, fui a la cocina y lo lancé con rabia a la basura. Diego me miró y vi reflejada en su mirada la tristeza que había en mis ojos. Unas gotas ambarinas salpicaron mi blusa como si aquel maldito aroma no deseara separarse de mí. Me la arranqué bruscamente mientras iba hacia el salón, pero allí seguía el olor a vainilla. Me senté y unos gruesos lagrimones corrieron por mi cara marcando surcos invisibles. Su sabor salado no me consoló. Sólo me recordó que ella ya no estaba. Aún no estaba preparada para pronunciar la palabra muerte. ¾Verás, María, que aroma más sutil ¾me dijo al dejar el frasco sobre el escritorio ¾será nuestro ambientador ¾. Y allí se había quedado año tras año perdido en el tiempo de nuestra amistad. Sí era el aroma de las dos, pero ahora ella ya no estaba.

Diego se sentó a mi lado mientras depositaba una taza de café frente a mí. Abrió los brazos y yo me refugié en ellos. Su colonia recordaba a la madera. Los efluvios de los dos olores, café, madera se mezclaron y consiguieron difuminar el olor a vainilla. Los recuerdos se precipitaron en cascada y me llevaron hacia aquellas tardes de verano en las que con un café recién hecho, delante de nosotras, ella recogía las flores de jazmín y madreselva para hacer pequeños pomos que distribuía por toda la casa creando una fiesta de aromas. Tardes felices de madreselva, jazmines y dondiegos. 

Las lágrimas seguían brotando pero una extraña serenidad me invadió. Los recuerdos aplacaron la rabia y la impotencia. Me separé de Diego, fui a la cocina y rescaté el frasco que me miraba indefenso desde el fondo del cubo. Lo limpié con cuidado le puse varillas nuevas y lo dejé de nuevo en su lugar. El olor a vainilla volvió a impregnar mi casa con intensidad, pero esta vez acepté que igual que ella, aquel aroma iba a formar siempre parte de mi vida. 

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