Archipielago

EN LA UTOPÍA NEGATIVA by Jesús Marchante Collado

Es difícil escribir ahora mismo, cuando una cierta primavera grisácea se cuela por el balcón de mi apartamento y me permite disfrutar de una fugaz puesta de sol tardía (sin su presencia), que sin embargo produce una infinidad de telarañas anaranjadas que irrumpen en la bóveda celeste de azules obscuros profundos, originando una luz extraña y perturbadora.

Pero no estriba en esta descripción la dificultad de la escritura. Ésta proviene de una razón, la mía, que intenta sobreponerse a este sueño negro. “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

El monólogo del príncipe Segismundo, cautivo como nosotros, lo aclara de manera brutal. Calderón, ya se había adelantado en 1635 en su obra La vida es sueño, sin dejar escapatoria a ninguna vana ilusión. No obstante, seguimos viviendo en la prolongación de un sueño del que, tal vez, no quisiéramos despertar.

En estos días de “cautiverio”, impuestos por algo abstracto y sin entidad, (un tal covid -19), vidéo, como diría el Alex de la Naranja mecánica Kubrickiana, dos pelis antiguas: Pasión, de Ingmar Berman, con una Liv Ullmann muy joven e inquietantemente bella y Blow Up, de Michelangelo Antonioni, con una Vanessa Redgrave también joven e irremediablemente guapa y sexy en su delgadez. En esas películas, profundas y densas en diálogos e imágenes, me digo que todo es posible, conducible, negociable, a pesar de los pesares emocionales de los seres humanos involucrados en esas historias. Es una realidad admisible, soportable. Sin embargo, cuando mi cabeza vuelve sobre mí y me asomo al balcón, me estalla el absoluto hegeliano. Y como siempre sucede, la realidad supera a cualquier ficción, por muy bien que esté construida ésta.

Casi nada me consuela, ni siquiera recorrer con Jenny y Karl Marx, el París de 1849 invadido de una epidemia de cólera asiática, desde el que K. le escribe a Engels: “París es deprimente. El cólera está haciendo estragos. Pese a todo, nunca la colosal erupción del volcán revolucionario ha sido tan inminente como en este París…” No, ni siquiera él (al que tanto amo) puede consolarme en estos días surrealistas y absurdos. ¿O no lo son?

Hace tan sólo unos meses, cuando las campanadas del último día de 2019 nos lanzaban a esta nueva década, quería pensar en aquella otra del siglo pasado, que daría paso a una explosión de creatividad plasmada en 1925 en la Exposition Internationale des Arts Dècoratifs et Industriels Modernes, en París (donde el pabellón ruso de Melkinov, supuso una dura bofetada en el rostro burgués bien pensante). Pensaba (con extrema ingenuidad) que íbamos a entrar en una década prodigiosa en este siglo XXI algo errático. No obstante, mira por donde, yo también (todos nosotros) íbamos a recibir una sonora  y particular “bofetada” en forma de virus. El planeta entero naufragando (con su modo de producción capitalista incluido) en un mar espeso que nubla la razón.

Y aquí estamos, menos libres que nunca. Sujetos pasivos, dominados por los “afectos” espinosianos, con mucho miedo y cargados de esperanza. Sin embargo, el viejo judío (de origen español) materialista sabía perfectamente que “sólo el hombre sin miedo y que nada espera…”, puede ser libre. Casi un imposible, porque estamos constituidos (y atravesados) por esas dos premisas, o al menos por una de las dos. Los revolucionarios lo sabían perfectamente. Sin miedo, pero con la esperanza en la revolución.

La línea del horizonte, pues, se desdibuja, desaparece. No hay futuro. O si lo hay, la razón no es capaz de atisbarlo. Las ciudades vacías y fantasmales son como un enorme cristal opaco que se interpone en el precario deambular. El absoluto hegeliano destruye esa línea de progreso ascendente en el que las sociedades del planeta entero han confiado durante muchas décadas. Nada tiene ya sentido. El principio de placer vírico derrumba el principio de realidad humano.

Ni siquiera el arte, en estos días sombríos, puede alzarse contra la precisión matemática de un enemigo invisible que se materializa cada día en miles y miles de contagiados, y también de muertos, donde podemos atrapar el rostro cruel del covid-19.  

La utopía revolucionaria se nubla y algo negativo se apropia de la vida del planeta. Se me impone la música y la voz femenina del final de la película de Stanley Kubrick: ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú, en medio de imágenes de explosiones nucleares y un sol radiante en blanco y negro con la voz al fondo que dice algo así como: “Volveremos a encontrarnos, no sé dónde, no sé cuándo…”

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