narrativa

Área de Servicio A-200 —02 by Paula Castillo Monreal

Puedes leer el cap. 01 aquí

Con apenas un hilo de voz Adela intentaba explicar a Ramón, que se iba solo por unos días:

–Me va a venir bien estar unos días en el pueblo.  Me siento rara, necesito salir.  Seguro que no estaré fuera ni una semana, pero ya no puedo más con esta opresión en el pecho y este ahogo, no hago otra cosa más que llorar. 

Se puso frente a él y se retorcía las manos al hablar. Ramón apartó por un momento la vista del televisor para mirarla y, sin decir nada, abrió una lata de cerveza que guardaba en la nevera portátil a los pies del sofá, y volvió a concentrarse en el partido de fútbol.

Con las lágrimas congeladas a ambos lados de la barbilla, Adela se dio la vuelta despacio, y salió de la sala de puntillas intentando no hacer ruido.  Apenas pisaba el suelo. Solo se escuchaban los golpes de su corazón ansioso de salir. Esa noche no volvieron a hablarse.

Salió temprano de casa. Con la taza de café sujeta entre los dedos bajó al garaje. Arrancó el coche y, desde dentro, accionó el mando que levantaba la puerta automática enrollable. Diluviaba. Dudó al meter la marcha atrás, pero necesitaba un cambio, no aguantaba más esa situación, ni a su marido inválido, ni su compasión, ni a su madre pidiéndole paciencia.  Tampoco a la madre de él, que le recriminaba cuanto hacía. Esa rutina de tristeza y amargura le había hecho demasiado daño. Estaba destruida.

Jamás había vuelto a conducir desde que se casó.  En su marcha atrás hasta salir del chalet subió varios bordillos que bordeaban el jardín, y tropezó con la cancela. Sintió miedo cuando los coches la adelantaban por la izquierda y se apartaba hasta invadir el arcén si se le echaban encima con prisa. Las manos agarradas al volante como para sujetar la vida que le quedaba temblaban.  Recordó los ocho años de incomunicación y de oportunidades perdidas. Toda su vida para él.

Inundada, salió de la autopista en el área de servicio que tantas veces había parado con Ramón. El camarero, que inmediatamente la reconoció, le puso un café con un pincho de tortilla. Ella, que por primera vez reparó en la suciedad del bar y en el olor a rancio, se apartó de la barra y se sentó en una mesa desde la que veía el coche. Consciente del silencio y la soledad a la que se enfrentaba fue incapaz una vez más de contener las lágrimas. Pagó, se despidió del camarero que le insistió en si se encontraba bien, y se dirigió al coche. Apoyada en la puerta del maletero encontró una maleta negra sansonite. Por un momento pensó que Ramón habría ido a buscarla en taxi, pero ellos nunca habían tenido una maleta sansonite. Entre sorprendida y asustada miró hacia los lados; el aparcamiento estaba vacío. También cuando llegó. Metió la maleta en el maletero y la abrió; un par de zapatillas, unas sandalias, dos vaqueros, unas cuantas camisetas y un vestido de seda rojo era todo el equipaje que encontró. Decepcionada sin saber por qué, entró de nuevo en el bar y le insistió al camarero que la maleta no era suya, estaba segura, le dijo, ella nunca hubiese metido el vestido de seda rojo para un fin de semana en el pueblo.

Con el pecho hinchado y los hombros abiertos de par en par, renovada, puso gasolina, se alisó el pelo hacia un lado y condujo muy despacio hasta el siguiente cambio de sentido.

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